Mi papá, el rector de la Universidad Nacional

La hija del rector de una de las principales universidades públicas del país recorre la vida de este matemático sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de una educación de calidad para miles de colombianos.

Paula Mantilla estudió matemáticas como su padre. Dice que su papá le ha dedicado toda la vida a la Universidad Nacional. Cortesía
En días pasados, durante la sección “Pequeñas preguntas, rápidas respuestas” de su entrevista con Yamid Amat, le pidieron al rector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, que asociara su nombre con una o dos palabras. Respondió, Universidad Nacional. Como hija, no me sorprendió. 
 
La universidad ha sido el gran escenario de su vida. En ella estudió su pregrado y maestría, y ha trabajado desde su regreso de Alemania, donde cursó el doctorado. Pero su conexión con la institución va más allá de su formación académica. Fue en la universidad donde, hace ya casi cuarenta años, siendo ambos estudiantes de matemáticas, conoció a mi mamá, con quien desde entonces ha compartido su vida. También fue en el campus de Bogotá, más exactamente en la austera capilla donde funciona la capellanía universitaria, donde se casó con ella hace treinta y dos años. Sin embargo, a pesar de que le ha dedicado su vida a la Nacional y siente un inmenso cariño por ella, Ignacio Mantilla es ante todo un padre de familia. 
 
Y no lo es únicamente por el hecho de tener dos hijos, sino por su compromiso con la educación y por el valor que para él representa la familia. Su formación como matemático ha determinado en gran medida su carácter, convirtiéndolo en una persona esencialmente racional, lo que para nosotros, sus hijos, se ha traducido en una crianza en un ambiente de libertad, donde toda decisión o llamado de atención – tanto de él como de mi mamá– se fundamenta en un argumento válido. En casa no ha habido nunca apelaciones vacías a la autoridad sino, ante todo, diálogo. El sincero deseo de mi papá por demostrar todas sus afirmaciones, tan esencial para su trabajo, encuentra expresión en casa en una apuesta por la educación a través del ejemplo. 
 
Quienes lo conocen saben que no es particularmente emotivo ni de muchas palabras, pero saben también que nunca habla por hablar, y que sus actuaciones siempre son la mejor expresión de sus ideas y sentimientos. Lo mismo puede decirse de su compromiso con la familia. Puedo decir que su ejemplo y cariño han tenido una influencia tan grande en mi hermano y en mí que, hasta cierto punto, nuestra relación con él y, naturalmente, con mi mamá, nos define. 
 
Del mismo modo, sé que su carácter no sólo está cimentado en su formación académica sino también, en buena medida, en su niñez. Siendo el menor de siete hermanos y habiendo perdido a su papá a los escasos dos años de edad, tuvo la fortuna de contar con una madre visionaria, que le dio absoluta prioridad a la educación de sus hijos y le permitió a él y a sus hijos, mis tíos, introducirse en el mundo de la academia. Inspiró en ellos una genuina vocación docente. 
 
Amante de los problemas curiosos, mi papá suele proponer pequeños retos lógicos que  disfruté desde muy pequeña, de modo que fue a través de él que las matemáticas me conquistaron, llegando a convertirse en mi profesión. Gracias al impresionante repertorio de analogías para explicar conceptos básicos que ha logrado reunir a lo largo de su vida académica, crecí descubriendo ideas y experimentando la maravillosa emoción que despierta entender algo nuevo. Por supuesto, no lo conozco como docente, pero no hay otra persona con quien disfrute más hablar de matemáticas. 
 
Más allá de su gusto por las matemáticas y los acertijos, mi papá es un amante de los animales. Salvo en sus años de estudiante en Europa, siempre ha tenido mascotas. Aún hoy puede pasar largas horas jugando con su perro, en cuya compañía también disfruta de caminatas ecológicas los fines de semana. Y es que para mi papá siempre ha sido importante permanecer ocupado. Para él, el descanso no es la ausencia de actividad sino el cambio de actividad. Los fines de semana disfruta de su tiempo cocinando (es un excelente asador), retocando el jardín, leyendo o tomando una copa de vino al calor de una chimenea. 
 
En nuestra familia tomamos el día del padre como una oportunidad para compartir con él en familia y permitirle ser, al menos por ese día, el centro de atención de la casa. Dedicarle este día es justo porque, con él como papá, todos los demás días parecen ser el “día del hijo”. Finalmente, aprovecho la oportunidad para desearle un feliz día del padre a todos los papás que, como el mío, han hecho de su familia la más importante de sus prioridades.