"Mi papá es Miguel Rodríguez, pero yo soy Miguel Andrés"

Después de sufrir un “cáncer social” por pertenecer a la familia de uno de los narcotraficantes más poderosos del país, hoy preso en una cárcel de Estados Unidos, este joven abogado decidió reinventarse. Ahora dicta conferencias a los reos a quienes les habla del “lavado de conciencia” y las “rutas del éxito”.

Miguel Andrés Rodríguez Moreno asegura que el día que capturaron a su padre descansó al saber que lo podría volver a ver. / Fabio Posada

Miguel Andrés Rodríguez Moreno muchas veces tuvo que firmar usando sólo su segundo apellido, medida que se vio obligado a tomar por ser el cuarto hijo de los ocho que concibió Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los capos del cartel de Cali.

Sin embargo, este abogado y consultor decidió dejar atrás el estigma de su familia y dar testimonio de lo que ha sido su vida, “para inspirar a otros a que encuentren su propio camino”, explica. Desde hace un año, Rodríguez Moreno comenzó a dictar charlas en algunas cárceles del Valle y en universidades de Cali. Sobre las dificultades que enfrentó en su vida por la sombra del narcotráfico, sobre el perdón y la evolución de la que ahora habla, dialogó con El Espectador.
Describa los primeros años de su vida.

Fueron muy difíciles porque a los dos años me diagnosticaron un tumor de Wilms, que es un tipo de cáncer que ataca a los niños en el riñón. Una vez superé esa afección, recuerdo una infancia tranquila en un hogar normal formado por Fabiola Moreno, mi madre, y Miguel Rodríguez Orejuela, mi padre. Tengo dos hermanos de ese núcleo familiar y otros cinco hermanastros. Ocupo el cuarto lugar entre los ocho hijos que en total tuvo mi papá.

¿Cómo superó ese cáncer?

No tengo recuerdos de ese episodio de mi vida, sino más bien las cosas que me han contado. Sé que me trataron en un hospital de Estados Unidos y, por razones que con el tiempo comprendí, mi padre nunca pudo visitarme. En ese momento de desgracia quien me pudo visitar fue mi tío Gilberto, y eso sirvió para unir a la familia alrededor de mi dolor. Eso fue lo que me salvó. Creo que mis padres pensaron que esa sería la única tragedia que su niño tendría que afrontar en la vida y sí, vencimos un cáncer físico pero luego vino el cáncer social.

¿Cuándo tomó conciencia de que su padre y su tío eran los jefes del cartel de Cali?

La imagen que mi padre nos brindó a sus hijos fue la de un gran empresario y un mecenas del fútbol. Eso me dio muchas alegrías, por ejemplo, a los diez años conocí a los ídolos de mi equipo favorito: América. Mi padre nos diseñó una rutina exigente. De lunes a viernes salíamos muy temprano para el colegio, luego regresábamos a casa para hacer tareas. Llegado el viernes, salíamos del colegio con mis hermanos directo para la finca en el kilómetro 26 de la vía al mar. Me di cuenta de cómo tildaban a mi papá cuando estaba en décimo grado, porque nos aumentaron la seguridad y los medios de comunicación empezaron a hablar de la guerra entre carteles. A mis hermanos y a mí nos escondían los periódicos y no nos dejaban ver los noticieros. Hasta que una noche, en casa de un amigo, alguien prendió el televisor y me tocó ver el extra de la llamada entre Miguel Rodríguez y Alberto Giraldo, en donde se hablaba de un supuesto dinero para una campaña a la Presidencia, que es cuando estalló el proceso 8.000 y la persecución garrafal del Estado contra mi familia. En ese momento mi vida cambió para siempre.

¿Cómo lo afectó esa situación?

Hubo una reacción social y algunos amigos dejaron de invitarme a sus fiestas por temor a que llegara la Policía o a que los señalaran de narcotraficantes. Pero lo más difícil fue en la familia, no sólo porque fuimos víctimas de allanamientos; la Policía nos hizo inteligencia y seguía nuestros movimientos, incluso cuando íbamos para el colegio. Siempre trataron de capturar a mi papá y mi tío a través de sus hijos. Mi padre, por supuesto, desapareció; no fue fácil volver a verlo. Las fechas especiales dejaron de tener un día exacto. Celebrábamos el Día de la Madre en cualquier fecha de mayo o la Navidad antes o después del 24, al igual que el año nuevo. Siempre en sitios improvisados que ninguno de los familiares conocía, a veces sólo por 15 minutos para evitar los riesgos. Eso fue así hasta el día que lo capturaron.

¿Qué recuerda de ese día?

Que descansé. Al levantarme esa mañana del 7 de agosto de 1995 encontré en la sala a mi mamá, mis hermanos y mi abuela llorando desconsolados. Pensé que a mi papá lo habían matado, y cuando me enteré de que lo habían capturado traté de ver el lado bueno y pensé que lo podía volver a ver, a abrazar. A los tres días la esposa de mi papá en ese momento, Marta Lucía Echeverry, nos llevó una carta en la que él nos tranquilizaba, nos pedía paciencia y nos decía que pronto íbamos a poder visitarlo, que estaba preparando su defensa y que todo iba a mejorar. Fue en ese momento cuando en realidad me di cuenta de quién era mi padre y cuál era su poder.

¿Usted participó alguna vez en las actividades ilícitas de su padre y su tío?

No, nunca. Cuando capturaron a mi padre iba a cumplir 18 años. No me educaron para ese fin. Mis actividades han sido educarme y trabajar para aportarle a la sociedad. Todo el mundo recuerda el lado negativo de la familia Rodríguez. No podemos tapar el sol con un dedo. Mi padre y mi tío se equivocaron y por eso pagan una pena en la cárcel. Pero creo que en medio de esos errores no podemos olvidar que hicieron cosas positivas, crearon empresas que hoy siguen vigentes y producen riqueza, dan empleo a muchas personas. Jamás voy a descalificar mi origen, porque fui concebido con amor en el marco de una familia, con un padre que mientras estuvo a mi lado siempre me formó, no digamos para el bien porque no me gusta esa ambigüedad, sino para ser alguien en la vida con principios y valores, aunque suene irreverente, transgresor. Pude darme cuenta de la doble vida que él llevaba, pero soy un hijo como cualquier otro, que ama profundamente a su papá, lo extraña y le perdona lo que hizo mal, no comparte sus errores, rescata las buenas enseñanzas y no lo juzga, ni es su verdugo.

¿Sufrió consecuencias por las acciones de su familia?

Esa fue mi vida, no me quejo, aunque durante muchos años tuve rabia por las cosas que me pasaban, como por ejemplo cuando quise ingresar a una universidad y me rechazaron por el estigma. Lo mismo me sucedió en varias ocasiones, cuando ponía el nombre de mi padre en las hojas de vida que mandaba buscando empleo. También sufrí en el plano económico por estar incluido durante 15 años en la lista Clinton, desde los 16 hasta los 31 años. Hoy tengo 37 y decidí no tener miedo al estigma de mi familia. Lo acepto, pero creo que si muestro quién soy y lo que puedo hacer como abogado y consultor, tarde o temprano la gente deja atrás sus prevenciones y me pone atención.

¿Cómo manejó el dolor y la rabia que le produjo la caída del emporio familiar?

Esos sentimientos surgieron cuando estaba muy joven. Cuando me volví padre reflexioné y dije: “Mi vida no está acabada”. Desde ese momento comenzó a operar en mí la sanación. Entonces me tomé la vitamina R, que no es la vitamina de los Rodríguez, ni de La Rebaja, ni de América, ni de la rabia o la revancha, sino de la reinvención personal. No fue fácil porque estaba acostumbrado a ser señalado como el hijo de un capo, y ese cambio me exigía salir del anonimato para poder mostrar que mi padre es Miguel, pero yo soy Miguel Andrés.

¿Cómo describe Miguel Andrés a Miguel?

Realmente conocí a mi papá en la prisión. Mi papá ni siquiera conoció el mundo por estar trabajando. Siempre nos decía: “Estamos ocupados, estamos resolviendo”. En eso vivía él, haciéndole favores a todo Cali e incluso a personas de otras partes de Colombia, gente de todos los estratos lo buscaba, y se olvidó de vivir. Pero entre 1995 y 2005, mientras estuvo preso en Colombia, pudimos compartir desde una cena sencilla hasta leer un libro cada uno y luego llegar un sábado a comentarlo. Fue el momento para aprender de fútbol y política, de relaciones públicas, porque él era muy bueno para manejar su networking: en cada fecha especial sacaba su agenda y se pasaba varias horas haciendo llamadas a sus contactos y amigos.

¿Cuál es el mensaje que ofrece en sus conferencias y por qué las dicta en las cárceles?

Nunca estuve preso ni espero estarlo, pero lo fui de manera pasiva diez años. Hoy todavía voy a visitar a familiares que están en la cárcel, primos, primas, hermanos, entiendo lo que un prisionero y su familia sienten. A esas personas se les apaga la llama de la vida. Las ganas de vivir se extinguen y se deprimen. Comienzan a pensar que no se puede. Mi historia es para convencerlos de que si fui capaz de dejar atrás el estigma del narcotráfico, el mayor flagelo junto con el conflicto armado que ha tenido Colombia, para todos existe una segunda oportunidad sobre la tierra, como bien lo dice García Márquez en el final de Cien años de soledad. La gente espera que les hable del cartel de Cali y yo les cuento sobre el cartel de posibilidades en sus propias vidas; creen que les voy a contar de lavado de activos y a cambio les hablo sobre un lavado de conciencia; piensan que manejé rutas del narcotráfico y lo que les enseño son rutas para alcanzar el éxito.

¿Y la gente le cree? ¿Qué le dicen?

A veces pienso que comienzan a escucharme con algo de morbo y amarillismo. Luego se sorprenden cuando conocen al hijo y el sobrino de dos grandes capos de la mafia, un tipo sencillo que les habla sin pretensiones. Muchas veces quieren saber sobre las empresas multimillonarias que perdimos en la familia, pero que siguen vigentes dando empleo y produciendo. Una de las mayores alegrías que me ha dado la vida es poder subir a una tarima o entrar a un salón de clases y compartir el testimonio de mi evolución. Si ese mensaje lo escuchan cien personas y le cala a una, para mí ya ese día valió la pena.

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Fabio Posada, Cali

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