A propósito de su proceso de beatificación

Miguel Ángel Builes: ¿un siervo de dios?

El anuncio del Vaticano del comienzo del proceso hacia la beatificación del obispo divide opiniones entre quienes lo exaltan como propagador del catolicismo y quienes lo califican como un fanático político que enardeció la guerra partidista desde el púlpito.

Miguel Ángel Builes nació en Donmatias (Antioquia) el 9 de septiembre de 1888 y murió en Medellín el 29 de septiembre de 1971. / Mauricio Cardona M- Dominio público, Wikipedia

Nadie puede negar que fue un auténtico defensor del Estado confesional católico proclamado en la Constitución de 1886. Que constituyó cuatro comunidades religiosas, ordenó a más de cien sacerdotes y creó más de veinte parroquias. Esas credenciales fueron las que, tal vez, tuvieron en cuenta en el Vaticano para que esta semana el papa Francisco firmara un decreto para iniciar su proceso de beatificación. Sin embargo, los detractores de Miguel Ángel Builes prefieren recordarlo como un obispo incendiario que también dedicó su vida a combatir el comunismo y, desde el púlpito, declarar como pecado que las mujeres usaran pantalones o escucharan radio.

Aunque Miguel Ángel Builes nació en el municipio de Donmatías (Antioquia) en 1888 y hacia 1914 ya era sacerdote tras haber pasado por el Seminario Mayor de Santafé de Antioquia, fue en el municipio de Santa Rosa de Osos donde empezó a escribir su historia. En los registros de la iglesia se dice que desde que llegó a esta diócesis en agosto de 1924 en calidad de obispo, a través de largas visitas pastorales hasta los más distantes caseríos, asumió un disciplinado ejercicio como misionero católico. Sus opositores agregan que también desde esa época mostró sus dotes para moverse en otra de sus pasiones: la política.

Los registros cronológicos de sus 44 años en la Diócesis de Santa Rosa de Osos advierten las dos facetas. Así como en abril de 1926, por ejemplo, expedía una circular para que las limosnas de mayo se destinaran a la construcción de una capilla para adorar la Santa Cruz, en el mismo año enviaba telegramas a Miguel Abadía Méndez o al general Pedro J. Berrío, por sus nombramientos como presidente o gobernador de Antioquia, o les escribía a los congresistas de su departamento para reclamarles acción para que, lo antes posible, fuera aprobada una ley para cerrarles las puertas al socialismo ruso o a la masonería en Colombia.

Por eso, la noticia de que, “por sus virtudes heroicas”, el Vaticano emprendió el camino a su beatificación, ya tiene a los historiadores escarbando evidencias desde ambos frentes de batalla. Sus defensores para referir que el obispo Miguel Ángel Builes con la fundación del Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal, la Comunidad de Misioneras de Santa Teresita del Niño Jesús, la Congregación de las Hermanas Contemplativas o la Comunidad de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, constituyó un gran ejército de operarios para trabajar incansablemente por el reino de Dios y la salvación de la humanidad.

Desde la orilla contraria, se recuerdan sus diatribas contra el liberalismo, que calificaba como “error religioso, filosófico, social y jurídico”; o su resistencia a la libertad de expresión bajo la convicción de que “de esa licencia ilimitada de hablar y escribir nada puede salir sagrado”.

El mismo obispo que recorría los pueblos más pobres del nordeste antioqueño para llevarle comida a la gente, consideraba inapropiado que las mujeres utilizaran pantalones o montaran a horcajadas en los caballos, consideraba “comedia bufa y carente de seriedad” la elección de reinas, calificaba el cine como “la peor escuela de robos, asesinatos y deshonestidades”, pensaba que el mambo era un pecado de “horrenda corrupción” y decía que los libros y novelas eran “una inundación de fango que anega las almas”.

Sin muchos argumentos para situarse en alguno de los dos bandos, en Santa Rosa de Osos, una fría población a 77 kilómetros de Medellín, la gente prefiere no asomarse mucho a la historia: la posibilidad de tener un beato en el pueblo es un privilegio que puede hacer milagros. Justamente ese es el siguiente paso de quienes impulsan su beatificación. Se requiere un milagro debido a su intercesión. Y si aparece el segundo, incluso podría llegar a ser santo de la Iglesia católica. Lo cierto es que, desde la Congregación de las Hermanas Misioneras de Santa Teresita del Niño Jesús, principal promotora, la expectativa es optimista.

Los Builes tienen su propia visión. En Medellín vive una de sus sobrinas, Leticia Builes, quien salda en una frase las peleas: “Él en su época promovía muchas prohibiciones, pero nosotras nunca le hicimos caso”. Leticia asegura que él no era bravo, pero sí muy franco para hablar, y que una vez le escribió una carta a su papá porque la gente decía en el pueblo que ella junto a sus hermanas daban mal ejemplo vestidas de pantalones entre las fincas y Santa Rosa. “Mi papá tampoco era que fuera muy suave y le respondió que lo sentía mucho pero que él mandaba en su diócesis, pero no dentro de su casa, y que, además, nosotras no pertenecíamos a la diócesis de Miguel Ángel, sino a la de Medellín”.

Leticia Builes cuenta que su tío sí decía muchas cosas sobre el liberalismo o los masones, pero que, al mismo tiempo, era muy amigo de grandes personajes liberales. “A pesar de que una vez le pusieron un petardo en la ventana o de que unos tipos disfrazados de monjas lo iban a atacar, la gente en Santa Rosa de Osos siempre lo quiso mucho y lo defendió”. Eso sí, insiste, “nunca se arrepintió de todo lo que dijo. Siempre que hablaba había pensado muy bien lo que iba a decir. Yo creo que fue un hombre muy visionario: vio venir la corrupción de los políticos y la inseguridad”, por eso sus pastorales también pasaron a la historia.

No obstante, son precisamente los historiadores quienes no lo favorecen. El catedrático y escritor, Mario Arango Jaramillo, por ejemplo, en su obra Masonería y poder político en Colombia, dedica un capítulo a lo que denominó sus “campañas difamatorias”. En dicho escrito, anota que más que fruto de la mentalidad cavernícola de un obispo de la lejana provincia, las posturas de Miguel Ángel Builes hacían parte de una política de la Iglesia y algunos conservadores contra los gobiernos de la república liberal. Builes siempre pensó y dijo que la masonería era “la encarnación y el instrumento de Satanás”.

Otros autores que han recogido sus escritos recalcan que, en criterio del obispo Builes, el aumento de los problemas en Colombia se debía a “las garras del marxismo”. Incluso, como supuestas “pruebas del diabólico complot”, el jerarca de la Iglesia incluía la ideología comunista como la decimoprimera persecución histórica contra la Iglesia desde los tiempos de Roma a partir del año 64. Ese análisis mundial le permitía enmarcar a Colombia en un escenario crítico. En su opinión, aunque la penetración del comunismo empezó en los años 20, fueron “las leyes anticristianas y ateas de 1936 las que causaron indecibles estragos”.

Obviamente, monseñor Builes se refería a las reformas impulsadas por el liberalismo en los años 30. Sobre la reforma agraria decía que era un abuso de las autoridades contra el derecho natural de la propiedad. En torno a la libertad de enseñanza, incluida en la reforma de 1936, llegó a decir que todo era provocado por “unos rojos españoles importados” por el Ministerio de Educación que enseñaban que el hombre no era más que un producto biológico; o que, entre los desafueros en esta materia, estaba la imposición a los educadores de directrices de inspectores “de pésima laya, marxista, perversa y también atea”.

La lista de sus incomodidades era larga. En su sentir, hasta los cuadros del muralista antioqueño Pedro Nel Gómez eran soeces y los definía como “verdaderos pegotes sin jota de arte, pero con abundancia de inmundicia”. La radio no era más que uno de los tantos vasos comunicantes de Satanás, y leer periódicos como El Tiempo o El Espectador, no era otra cosa que incurrir en pecado. Pero lo peor de todo, lo peor para Miguel Ángel Builes, era ser liberal. Aquellos obispos que no le copiaran su ideal tenían su propio apelativo, no eran más que “perros echados o adormecidos” que no cumplían con su labor de atacar desde los púlpitos a la apostasía roja de las ideas liberales en Colombia.

En contraste, sus dardos o proclamas políticas estaban a la orden del día. “La cuarta nación del mundo escogida por la secta judío-masónica para hincarle el diente y destruir el reinado de Cristo en las almas y la civilización cristiana es Colombia. Contra el Evangelio se alzan los actuales gobernantes y su lema de la Revolución en Marcha socava los cimientos de la sociedad cristiana”. En la antesala de unas elecciones, un 3 de mayo, en la celebración del día de la Santa Cruz, para llamar al combate a sus fieles expresó que el “ideal del liberalismo izquierdista colombiano era abatir las cruces, aplastar a Cristo y eliminar la religión”.

A pesar de que uno de los principales blancos de sus catilinarias fueron las reformas liberales de los años 30, en los años 50 se convirtió en un opositor absoluto del plebiscito de 1957 que le abrió camino al Frente Nacional. Según él, esa consulta no era más que “una celada de la masonería y el comunismo mancomunados para nuevas hazañas”. Incluso, insistió en que la separación Iglesia-Estado derivada de la misma iniciativa, no era más que imponer el ideal masónico de la abolición del Concordato, y la imposición de las escuelas laicas, el divorcio, el matrimonio civil, la libertad absoluta de prensa y la propagación de las sectas protestantes.

Lo paradójico es que, al evaluar sus documentos personales, se advierten peculiares momentos en su trato con las autoridades políticas. Por ejemplo, después de un encuentro con el general Gustavo Rojas Pinilla, le comentó a uno de sus condiscípulos: “En el momento de subir al carro, ofrecí al Sagrado Corazón treinta misas para que me iluminara para hablar con prudencia”. Años después, cuando Rojas quiso volver al poder en 1970, manifestó que a última hora había adherido al comunismo, y por eso iluminaba las mentes de sus amados diocesanos para que votaran por el Frente Nacional, única esperanza contra ese comunismo y sus secuaces.

Su sobrina Leticia Builes recuerda que en sus últimos años —vivió hasta los 83 y falleció el 29 de septiembre de 1971— comenzó a perder la memoria. “Se volvió como un niño chiquito y tocó llevarle una bebé de una señora que trabajaba con él para que lo entretuviera. Se la pasaba diciendo que iba a hacer un seminario en el patio y tocaba cerrarle la puerta porque decía que se iba para el Concilio”. Ella lo acompañó en su enfermedad y lo recuerda sonriente. “Una vez me dio una novena de la Virgen de la Misericordia y a los días le dije: ‘vea, yo se la voy a devolver porque es muy larga y muy bonita pero no le hace milagros sino a usted’. Él únicamente se reía”.

“A mí me da lo mismo que lo santifiquen o no. En nada se beneficia uno o se perjudica. Yo creo que él hizo bien su trabajo, las fundaciones me merecen todo el respeto y en estos tiempos las vocaciones se están acabando y ya son poquitos los misioneros”, puntualiza Leticia Builes, quien sabe que su tío fue un hombre polémico y muy político, pero nunca las regañó. Además, su papá era del mismo genio y no se dejaba. “En el fondo lo suyo fue la caridad y llevar la palabra de Dios a todas partes. Por eso recorrió el Bajo Cauca, sin miedo, siempre a caballo o en lanchas. Era una época muy distinta y en Santa Rosa lo siguen queriendo mucho”.

Por ahora, exaltando sus “virtudes teologales y cardinales”, y su larga contribución al desarrollo de la Iglesia católica en Colombia, los promotores de su beatificación están de plácemes. Ya monseñor Miguel Ángel Builes es reconocido como un siervo de Dios, lo que sigue es que un comité de expertos evalúe si ya es un hombre de milagros para volverlo beato y, de alcanzarlo, podría llegar a la santidad. Sus defensores insisten en que el Espíritu Santo le dio un carisma de fundador que debe ser exaltado. Sus detractores señalan que el día que se dé, deberían acompañar el acto banderas rojas, parejas gais y muchas mujeres vestidas de pantalones y minifalda.

*La autora del texto tiene ascendencia familiar de monseñor Miguel Ángel Builes.

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Camila Builes / [email protected] @CamilaLaBuiles

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