Mujeres, a la calle

Juliana Toro, una estudiante de antropología de Medellín, ganó una convocatoria con un documental en el que la protagonista es su mamá. Las dos llaman la atención sobre las agresiones sexuales que sufren las mujeres en las ciudades.

Juliana Toro y su madre Gilma Jiménez, protagonista del documental “Mujeres”, producido por su hija. / Juan Gabriel Salazar

Las historias que su mamá le contaba cuando se estaba convirtiendo en adolescente fueron calando fuerte en la cabeza de Juliana Toro. En ese momento la niña no era consciente de que su madre la estaba preparando para que se defendiera en ese agresivo mundo de las calles de Medellín. Más tarde, cuando creció y decidió hacerse comunicadora social y antropóloga, fue entendiendo el valor de esas escenas.

“Mi mamá llegó de 19 años a Medellín, venía de Barbosa, su pueblo, porque quería estudiar. A ella le habían advertido que se cuidara mucho, pero a pesar de tomar muchas precauciones fue víctima de piropos ofensivos, tocadas impúdicas en el transporte público y hasta amenazas por andar sola de noche en la calle”, relata Juliana, de 25 años.

Esas amargas experiencias quedaron engavetadas en su cabeza, reconoce Juliana, y sólo cobraron vida cuando se enfrentó al reto de hacer el trabajo de grado de antropología. Siempre tuvo la inquietud de investigar sobre la violencia contra las mujeres, pero se decidió cuando conoció la muerte de Nataly Palacios, una trabajadora social de 26 años asesinada por su novio en Medellín el año pasado y cuya madre murió en circunstancias similares a manos de un exnovio.

En su investigación encuestó a varias mujeres e incluyó a su mamá. “Ahí me reencontré con su historia, fui consciente de lo fuerte que fue su experiencia, porque tuvo que sufrir varios tipos de violencia. Muchas mujeres se pueden ver reflejadas en ella”.

Cuando tenía su trabajo de grado adelantado conoció la convocatoria para una Beca de Producción de cortometraje documental que promoviera los derechos humanos de las mujeres y previniera las violencias basadas en género. Se presentó y ganó entre 39 personas de 15 regiones del país.

Gracias al premio, las entidades convocantes —Programa de Derechos Humanos de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), el Ministerio de Cultura, la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer, Señal Colombia y el Centro Ático de la Universidad Javeriana— la asesoraron y acompañaron en la producción de su documental llamado Mujeres, a la calle.

El resultado se vio anoche en el Centro Ático de la Universidad Javeriana, durante la premier de la cinta. En el documental, doña Gilma Jiménez, bajo la dirección de su hija Juliana, revivió las historias que la estremecieron 30 años atrás: “Mis papás me habían dicho que la ciudad era peligrosa, que robaban mucho, que violaban a las muchachas y yo vivía muy asustada. Me daba miedo ir al centro, pero con el tiempo me arriesgué a salir, tenía que conocer y aprender a caminar, a ubicarme. Me pasaron muchas cosas feas”.

Doña Gilma tiene hoy 57 años y sacó adelante a dos hijos trabajando como vendedora, secretaria, auxiliar administrativa, cajera y otros oficios. Cuando llegó a la ciudad tenía el sueño de ser abogada y con mucho esfuerzo entró a estudiar de noche mientras trabajaba de mañana. Un día encontró debajo de la puerta en su casa, en el barrio La Milagrosa, una nota en la que les advertían a las mujeres que no podían vestirse con escotes ni faldas cortas, ni estar solas en la calle a altas horas de la noche.

Como ella no hizo caso, una noche, unos hombres la pararon en una esquina para demostrarle que la amenaza iba en serio. “No me hicieron nada, pero me tocó salirme de la universidad”. Se resignó a estudiar en el Sena y a sufrir, como miles de mujeres, más y más agresiones. Varias veces la tocaron mientras iba en el bus; alguna vez un hombre le eyaculó encima; en otra oportunidad, mientras caminaba por la calle, un sujeto la agredió a tal punto que le rompió la ropa interior.

“Algunas veces la gente intervenía, en otras ocasiones no. Yo sólo gritaba, pero me daba mucho miedo. No sé por qué sigue pasando, hay gente que tiene mal corazón; son personas enfermas”, concluye. Para ella es necesario que todas las personas se pongan en los zapatos de las víctimas y piensen en que tienen mamás, hermanas, hijas, y que ninguno quisiera que las agredieran de esa forma.

No fue capaz de contar ante las cámaras todas las historias que vivió, pero su hija reseña algunas, como el constante acoso sexual en los sitios de trabajo y hasta la discriminación, porque cuando quedó en embarazo por segunda vez (de Juliana), la despidieron bajo el argumento de que a partir de ese momento “sería menos productiva”.

Juliana juntó tres historias más de mujeres jóvenes que han vivido experiencias similares y cuenta cómo las mujeres dejan de frecuentar lugares por miedo a ser agredidas. “No es justo que perdemos hasta la libertad de caminar por nuestra ciudad”.

Además de la beca y de que su documental será exhibido en un festival latinoamericano, para esta jovencita lo mejor del trabajo fue afianzar lazos con su mamá y haberla ayudado en un ejercicio de memoria, de reconstrucción del imaginario con el que crecen las mujeres, en el que les dicen qué pueden y no pueden hacer, cómo vestirse y a dónde y cómo ir.

“Con el documental quiero decir que ningún tipo de violencia es normal. Las hay muy sutiles; otras muy directas. Quiero que los hombres entiendan que no nos gusta que nos digan cosas, mucho menos que nos toquen. A las mujeres les digo que no se queden calladas y que es hora de actuar, de resistirnos. Lo principal es no sentir miedo ni sentirnos culpables por la ropa que usamos o por el lugar que caminamos. Si se calla, se legitima la violencia”.

 

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