Nelly Mina ganó el 'Desafío' afrocolombiano

Historia de la vida y lucha de una mujer caucana que aprendió a ser negra en Bogotá.

Nelly Mina empezó a usar el turbante, como lo hacen las mujeres afro, para proteger a sus hijos de los eclipses. / Gabriel Aponte
Nelly Mina empezó a usar el turbante, como lo hacen las mujeres afro, para proteger a sus hijos de los eclipses. / Gabriel Aponte

—¡Mami! Córteme la cabeza y me pone una blanca.

Fue lo que le dijo su hija cuando tenía unos cinco años, después de sentarse a llorar por ser víctima de varios ataques de racismo. Entonces la madre la abrazó fuerte y sus palabras se convirtieron en un bálsamo para sus pueriles oídos que, poco a poco, comprendieron qué significaba ser negra, mujer y pobre en una sociedad como la colombiana.

Nelly Mina aprendió a ser negra en Bogotá. Porque, según dice, en su tierra, Puerto Tejada, Cauca, de donde se vino hace 29 años, igual era ser amarillo, negro o blanco. “Cuando uno llega aquí, lo hacen sentir diferente, pero gracias a esa diferencia soy quien soy: una mujer que se quiere como negra y que lucha por la identidad de sus hijos”.

En Colombia es difícil saber con exactitud cuánta población se reconoce como afrocolombiana. En el último censo del DANE de 2005, se registraron 4’316.592 personas. “La razón principal tiene que ver con la negación, efecto del racismo inventado por el europeo como reflejo de una supuesta inferioridad de los africanos e indígenas y la superioridad de la población proveniente de España”, dice Juan de Dios Mosquera, director del Movimiento Nacional Cimarrón.

Nelly no pertenece a la población afrocolombiana que —según datos registrados por la Asociación de Afrodescendientes Desplazados (Afrodes)— llegó a la capital a comienzos de 1997 de manera masiva, proveniente de Riosucio, Chocó, por los enfrentamientos entre los actores armados. “Yo soy desplazada por la economía, la falta de oportunidades y la calidad de vida”.

Cada miércoles se reunían Miguelina y Nelly Mina, Celmira Palacios y Luz Edila Cuéllar, con el ánimo de fundar la que sería “la primera guardería de niños negros ubicada en el barrio Britalia, de la localidad de Kennedy, en Bogotá”.

Se turnaban el cuidado de los niños y, para no perder las tradiciones ancestrales, gastronómicas y culturales, los alimentaban con pescado, plátano, yuca, papa china y rascadera —“otra especie de papa que no se ve en Bogotá”—. “En celebraciones importantes hacíamos champús con unas 14 libras de maíz y lo servíamos en plato, porque así es que nos enseñaron a comer en nuestra tierra”.

Como los mapas que tejían las esclavas en sus cabezas con trenzas para indicar el camino, Nelly trazó su ruta de vida: una que reivindicara sus derechos y el de sus hijos a ser reconocidos dignamente en la sociedad colombiana, y para ello decidió rescatar sus raíces palenqueras.

Fundó el grupo musical Palenque y Palenquito, en el que participa su nieta de seis años que ya canta y hasta toca el guasá, un instrumento característico del contexto musical de la costa Pacífica, utilizado en los conjuntos de marimba y en las ceremonias sacras denominadas arrullos.

Desde 2000 se vinculó a la Red Nacional de mujeres Afrocolombianas Kambirí, asociación que nació con 14 coordinadoras y hoy, en cabeza de la señora Aura Dalia Valencia, le apuesta a “visibilizar los aportes que a través de la historia ha hecho la población afro en este territorio y en las Américas, y el empoderamiento de la participación política de la mujer”.

Kambirí es un término africano que significa “permítame entrar a esta familia”. Tal vez eso era lo que esperaba escuchar Nelly Mina cuando, recién llegada a Bogotá, empezó a sentir el rechazo y la discriminación, esa misma que no existe en el artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del 10 de diciembre de 1948, y que dice que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Nelly Mina no será popular, que mueva masas, que sea identificada en las pantallas o editoriales, como los grandes personajes de la humanidad que cambiaron la historia de una nación: Malcolm X, Nelson Mandela, Maurice Bishop y, si se quiere, el presidente de EE.UU., Barack Obama, pero sí es una mujer que ha hecho su propia lucha y con eso basta.

Sin ser necesario inventar un “desafío” o irse hasta la mismísima África a buscar “el origen”, Nelly Mina ya es ganadora del desafío afrocolombiano. Porque aunque no es una famosa cantante como Miriam Makeba, Nelly canta mientras cocina —“ingrediente principal para la buena culinaria”— y rescata su tradición gastronómica y la multiplica. Ganó escribiendo los poemas que permitieron emanciparla y ganó sabiendo que hay un reto con la afrocolombianidad, que es vigente y que es el motor para continuar su lucha.