“No duermo tranquila si llueve”

Así lo expresa una de las sobrevivientes de la tercera peor tragedia natural de Antioquia, después de Villatina y Salgar: Calle Vieja de Bello.

María Jaramillo frente a la cruz que recuerda a las víctimas. Leonardo Gaitán Zuluaga
María Eliza Jaramillo vive en el quinto piso del edificio Familia Ríos, el único que existe en el sector de Calle Vieja del barrio La Gabriela, en el municipio de Bello. Desde la ventana de su habitación se observa una colina baldía que hace cinco años rebosaba de vida. “Las casas llegaban hasta la parte alta” –recuerda María-, casi al borde de la autopista Medellín-Bogotá.
 
Sin embargo, ese conjunto de casas se desprendió de esa montaña la tarde del 5 de diciembre de 2010. El alud se llevó la vida de 82 personas y dejó 310 familias damnificadas. Hasta la madrugada del pasado lunes esta era, después del deslizamiento de Villatina que cobró la vida de más de 500 personas en 1987, la segunda tragedia con más víctimas en la historia de Antioquia y la segunda que golpeaba a Bello en cinco años.  
 
A María Eliza Jaramillo se le hizo extraño que al medio día de ese 5 de diciembre 2010 el cielo en Bello estuviera despejado. Por esos días, el país soportaba la temporada de lluvias más intensa de las últimas décadas. “Le dije a mi mamá –recuerda María– que menos mal ese día no iban a haber damnificados”. Pero a eso de las 2 de la tarde de ese domingo el edificio en el que viven se sacudió. “Yo creí –asegura María- que era una explosión y mi mamá gritó: Es el fin del mundo”.
 
Al sentir el estruendo, María recordó que Juan David, su hermano menor, se encontraba en la tienda. Corrió por las escaleras para ir a buscarlo, pero en el tercer piso una nube de polvo la detuvo. Regresó por su hermana y su madre, que estaba conmocionada, para evacuar la vivienda. Solo cuando llegaron a la puerta del edificio, comprendieron que el estruendo fue provocado por una avalancha de tierra y piedras que se desprendió de la colina sobre la que, en los años 90, se había establecido el sector Calle Vieja.
 
Las tres mujeres corrieron calle abajo para salvar sus vidas. En el caos trataban de ubicar a Juan David, pero con la magnitud del derrumbe imaginaron el peor escenario. Al término de dos horas, el adolescente apareció sin un rasguño, entre sus manos traía los alimentos que había comprado instantes antes al desastre.  María advierte que  hay problemas sociales, como la pobreza, y necesidades insatisfechas, como el acceso a la vivienda, que son determinantes para que las personas decidan asentarse en espacios que la naturaleza después reclama. 
 
El edificio en el que viven se construyó con refuerzos antisísmicos que, probablemente, ayudó a que la edificación soportara la fuerza de la avalancha y, después de dos años de estudios y reparaciones, pudo ser habitado nuevamente. 
 
Han pasado cuatro años y medio desde que Calle Vieja conmovió al país, entre otras cosas, porque decenas de niños que celebraban una primera comunión fueron atrapados por el alud. María todavía espera que el gobierno, por lo menos, cumpla con la promesa de construir un parque en memoria de quienes fallecieron.  
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