“No queríamos que otra persona muriera y lo logramos”

El trabajo de los médicos fue fundamental para que los seis sobrevivientes del accidente del avión de Lamia pudieran ganarles la batalla a las heridas y que su historia se consolidara como un milagro de vida.

Los sobrevivientes llegaron a  las clínicas de La Ceja, Somer y el Hospital San Vicente Fundación. / EFE
Los sobrevivientes llegaron a las clínicas de La Ceja, Somer y el Hospital San Vicente Fundación. / EFE

La noche del 28 de noviembre de 2016 marcó la vida de miles de personas en Colombia y en Brasil. Una de ellas, Ferney Rodríguez, director médico del Hospital San Vicente Fundación de Rionegro. Recuerda que se enteraron desde temprano de la emergencia por medio de las alarmas que se generaron desde el aeropuerto internacional José María Córdova. El jefe de urgencias del hospital activó los protocolos internos para esta situación y se dispusieron a esperar a que llegaran los heridos. Llamaron a más personal, que de inmediato subió desde Medellín para estar alerta a la llegada de los sobrevivientes.

Rodríguez coordinó incrédulo la emergencia, “la primera reacción cuando me enteré, fue de que era una broma. Después entendí que estamos en una zona cerca del aeropuerto y, claro, eso siempre será un riesgo, y empecé a pensar en que era el equipo que iba a jugar la final de la Suramericana y en que era una tragedia que estábamos viviendo”.

Apenas unos meses atrás, habían realizado un simulacro de la caída de un helicóptero, pero nunca, hasta ese 28 de noviembre, se habían enfrentado con esta realidad, ni el hospital, ni él en sus siete años de médico, cinco de los cuales como internista. “Teníamos demasiada información: Que eran 30 heridos, que 20, los rumores iban y venían. A las tres de la madrugada nos informaron que venía Jackson Follmann. Ahí supimos que sí había sobrevivientes, porque uno como médico sabe que un accidente aéreo es de alta letalidad en campo abierto. Esa noche fue difícil para todo el personal. A las 3:15 a.m. por fin llegó Jackson”.

Por la gravedad de las heridas, Jackson ingresó de inmediato al quirófano y los especialistas realizaron los procedimientos necesarios para salvarle la vida, entre ellos, amputarle la pierna derecha. Su situación era extremadamente delicada y con un alto porcentaje de probabilidad de morir.

Camino a cuidados intensivos, la mañana del 29 de noviembre, el doctor Rodríguez reflexionaba, como médico y como ser humano, lo frágil que es la vida, “es un impacto muy duro, porque es un muchacho que venía con todas las expectativas a jugar un partido y nadie, ni él, se imaginaba que iba a terminar en un hospital con 71 personas fallecidas, con todo su equipo, sus compañeros, y uno dice en ese momento que definitivamente la vida no la tenemos comprada, no sabemos cuál es el futuro próximo de una persona.

Jackson tiene 24 años, cualquier momento es para morir y para vivir y hay que disfrutar, entonces se tienen reflexiones alrededor de lo que es la vida y su valor”.

Buscar a su familia para informarle que estaba en el hospital y su situación de salud, fue una prioridad, “cuando les dijimos que había perdido la pierna y que no íbamos a decir nada a los medios hasta que ellos nos autorizaran, nos dijeron: ‘digan que Jackson perdió la pierna pero no va a perder la vida y va a trabajar para salvarse’”. Recuerda cómo lo impactó ese momento, al igual que la reacción de Jackson al enterarse: “él recordó el vuelo y nos decía muy claro que prefería haber perdido la pierna y no la vida, ese fue el costo de estar vivo”.

La llegada de los otros heridos, Alan Ruschel, Rafael Henzel y Helio Neto, incrementó la responsabilidad de los galenos para salvarles la vida, “siempre tuvimos la certeza de que estábamos peleando con la posibilidad de que murieran. Jackson, porque conocimos lo crítico que estuvo; Alan y Rafael, porque sabíamos cómo habían estado, Helio Neto tuvo días en que estuvo a punto de morir, eso nos hizo trabajar más arduamente, porque decíamos ‘ya regresaron 71 cadáveres y no queremos que regrese ninguna otra persona muerta’ y finalmente lo logramos”.

El doctor Rodríguez asegura que este episodio marcó la vida de todos en las clínicas Somer y La Ceja y en el Hospital San Vicente Fundación. “Uno como médico y más como internista está muy cercano a la muerte, he acompañado a morir a muchas personas que uno sabe que es el momento, porque la vida es un momento y la muerte es un momento de la propia vida. Muchos que por su enfermedad o ancianidad el cuerpo ya está diciendo voy a morir, pero cuando la muerte llega tan intempestivamente para 71 personas, uno dice que es posible que la muerte para mí también sea pronto, eso me marcó para decir que hay que cultivar todas esas cosas que engrandecen la vida”.

Fueron días de trabajar 20 horas, pero no sentían cansancio porque sabían que iban a marcar la vida de los sobrevivientes, una experiencia que los fortaleció como equipo médico, y como “quedan muchos aprendizajes, la medicina es más de medios que de resultados, pero aquí era muy importante el resultado, porque eso implicaba que ellos llegaran vivos a Brasil, no valía de nada poner nuestro esfuerzo si ellos morían. Entonces aquí el resultado era un gran reto, eso nos fortaleció como equipo”.

Cuenta que el equipo médico que llegó desde Brasil quedó sorprendido con el trabajo de los especialistas y de la infraestructura que encontraron. Aseguraron que si el accidente hubiera sido en Chapecó no habrían tenido la misma capacidad de respuesta, ni para atender a los heridos ni para el transporte de los cadáveres. Fueron respetuosos con las decisiones médicas del equipo de profesionales. “Hacíamos discusiones médicas buscando alternativas, uniendo visiones médicas muy distintas, porque aquí la mayoría nos hemos formado en la Universidad de Antioquia, en la Policlínica, que es un hospital de guerra donde vemos a diario traumas muy difíciles y sabemos manejarlos, y ellos vienen con una formación muy alta, como el hospital Albert Einstein, que miramos con ganas de tener muchas cosas que ellos tienen. Poner a conversar esos dos conocimientos fue muy interesante”.

Durante los 14 días de hospitalización, muchas personas se acercaron para brindarles su apoyo a los heridos. Por los riesgos de infecciones que podrían comprometer sus vidas no permitieron visitas. Cuando ya cada uno de ellos estuvo consciente, autorizó a quienes querían ver, principalmente aquellas personas que los rescataron la noche del accidente.

Enviarlos con vida a Brasil deja la satisfacción del deber cumplido, del mayor reto que han afrontado el hospital y los médicos. Pusimos todo nuestro esfuerzo médico, humano, técnico, pero tuvimos detrás a todas nuestras familias orando y eso también fue lo que logró que gracias a Dios este reto se haya logrado y estos cuatro sobrevivientes sean un milagro de vida”.

Pese a los buenos resultados, hay algo que sigue rondando la cabeza de Ferney Rodríguez: “han sido momentos duros de pensar en esas vidas que se perdieron por circunstancias humanas que no debieron haber sucedido y eso lo pensar a uno sobre lo vulnerables que somos cuando nos montamos en un carro o un avión y que la vida puede estar en riesgo por decisiones no correctas de otras personas”.