“No quiero ser recordado como un gran padrino”

William Rodríguez Abadía, quien lideró el temido cartel de Cali entre 1995 y 2001, revela detalles de su paso por la delincuencia, de la negociación con la justicia americana y de cómo transformó su vida.

William Rodríguez Abadía, hijo de Miguel Rodríguez Orejuela. Archivo Particular

William Rodríguez Abadía es hoy en día un próspero empresario del sector de la construcción en los Estados Unidos y hace un par de semanas publicó en Colombia un libro en el que revela cómo fue su vida durante los tormentosos años en que estuvo al frente del cartel de Cali.

El próximo 31 de julio cumplirá 50 años, pero hace dos décadas, entre junio y agosto de 1995, su vida dio un vuelco que lo habría de marcar para siempre: su padre y su tío, Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, caían en manos de la justicia colombiana, que los perseguía por ser los fundadores, amos y señores del temido cartel de Cali. La organización criminal, dedicada al tráfico de cocaína, para 1985, cuando cumplió su primera década de existencia, amasaba una fortuna calculada por las autoridades en 12.000 millones de dólares.

Hace 20 años, William asumió el mando del cartel de Cali y por esta razón fue víctima de un atentado, al que sobrevivió de milagro luego de recibir ocho tiros. Tras recuperarse y en medio del escándalo por la financiación de la campaña de Samper a la Presidencia con dineros del cartel, debió asumir el liderazgo de la estrategia de sobornos que desplegó la mafia caleña en el Congreso colombiano para intentar hundir la extradición y la ley de extinción de domino.

Pero la traición de los aliados políticos de la organización que aprobaron las dos leyes y la guerra desatada contra el nuevo cartel del norte del Valle, dieron al traste con los planes de los hermanos Rodríguez Orejuela y obligaron a que William pasara a la clandestinidad. Durante cuatro años se escondió y se mantuvo como un soldado firme, hasta que vio por la televisión cómo su padre y su tío eran subidos a un avión y extraditados a los Estados Unidos.

En ese momento decidió entregarse a las autoridades americanas para lograr una negociación benigna que le permitiera recuperar el control de su vida y, tal vez, volver a ser un padre amoroso para sus dos hijas y un esposo atento para María, su abnegada compañera. De esa vida azarosa, de sus pasiones y de los delitos que confiesa en su libro, habló con El Espectador.

¿De dónde surge el título de su libro: “No elegí ser el hijo del cartel”?

Hace referencia al hecho singular de que tengo un padre biológico, Miguel Rodríguez Orejuela, y un tío que me crío, Gilberto Rodríguez Orejuela, quienes fundaron un cartel de las drogas.

Este libro mezcla datos históricos y reflexiones suyas sobre las cosas que vivió por ser el hijo y el sobrino mayor de dos capos del cartel de Cali. ¿Escribirlo fue para usted una especie de exorcismo?

Fue más una reacción ante tantas verdades a medias que contaron otras personas que publicaban libros sobre mi familia. Un día en las montañas de Colombia, mientras estaba prófugo de la justicia, tuve el tiempo para leer y analizar lo que se publicaba sobre los Rodríguez. Los autores eran personas que más o menos investigaron o que conocieron sólo una parte de la historia. Pero esos libros estaban llenos de imprecisiones y me cansé de que me tildaran de una cantidad de delitos que nunca cometí. Entonces, tomé la decisión de contar mi verdad y mis vivencias dentro de la familia y la organización. También pensé en que mis hijas merecían conocer mi versión de lo que hice o no hice, esa fue la motivación más grande.

Al final del libro, cuando firma el acta aceptando su culpabilidad por los delitos de lavado y corrupción ante las autoridades norteamericanas, dice que también aceptó otros delitos que no cometió e incluso en el acuerdo fueron incluidas unas empresas que no eran suyas. ¿Se arrepiente de haber confesado y negociado con los gringos?

Nunca me he arrepentido. Es la decisión más inteligente que he tomado en toda mi vida. Tomé un riesgo para recuperar el control de mi vida. Estuve prófugo por cuatro años, perseguido por los americanos no por los delitos que había cometido, sino por ser el hijo de Miguel Rodríguez. Me vi enfrentado a una situación que dejó de ser jurídica y se convirtió en política, había que dar un ejemplo a la sociedad y los Rodríguez fueron los elegidos para ello. Por eso cerré los ojos y acepté lo que me pusieron por delante, pues supe que era la única opción que tenía.

Durante el tiempo que estuvo prófugo esperando que su padre y su tío resolvieran sus líos con la justicia, ¿en qué pensaba y cómo cambió la visión de su vida esa experiencia?

Cuando estás en ese mundo a veces te ciegas, caminas por el aire, pero cuando eres tocado de verdad, como me ocurrió a mí: primero por un atentado en el que recibí ocho tiros y luego perseguido sin cuartel, daban dos millones de dólares por mi cabeza, estuve cuatro años prófugo y tuve tiempo para pensar, para entender que me había equivocado, que seguí falsos ídolos. No me refiero a mi padre y mi tío, a quienes respeto y quiero, estoy hablando del dinero, el poder y el reconocimiento, porque eso fue lo que perseguí por mucho tiempo y al final me di cuenta de que no valió la pena y que tenía que enderezar mi vida, buscar un cambio porque me olvidé de lo más importante para cualquier ser humano: su familia, en este caso mi esposa y mis hijas. Esperé durante cuatro años, como un soldado leal, a mi padre y mi tío, hasta que los montaron en un avión para Estados Unidos y ese día supe que perdieron esa guerra que libraron por 20 años y ya no los podía acompañar más, era una situación desesperada, se me estaban acabando los sitios donde esconderme y ahora tenía que pensar sólo en mí.

En 2006, una vez decide confesar y negociar con la justicia, pensó que su padre y su tío jamás lo perdonarían. Tengo entendido que se reunió en 2013 con su padre, no sé si también pudo hablar con su tío. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Qué le dijeron?

El único perdón que he buscado ha sido el de Dios y creo que lo he obtenido porque logré un gran cambio de corazón en mi vida. Con mi tío no tengo ninguna comunicación, no sé de su vida. Con mi padre me reuní en dos ocasiones, hablamos sobre muchas cosas, pero nunca nos vamos a poner de acuerdo. Él tiene una forma de pensar y yo tengo otra, respeto su posición, es un hombre que cree en el silencio y mantener la imagen de hombre serio, leal, que no habla de nadie y para mí esa postura nos ha traído muchos más perjuicios, pues nos volvimos cómplices de los corruptos y hemos ayudado a que Colombia sea lo que es hoy: un país que está carcomido por una anaconda muy grande que es la corrupción. No me voy a entender con él porque yo no quise ser ese tipo de persona, quiero ser recordado en la vida como un hombre que se equivocó, que dio su testimonio a través de este libro no buscando excusarse de lo que hizo, sino para mostrar que una persona se puede equivocar, pero también tiene la oportunidad de hacer lo correcto y cambiar su vida. Así quiero ser recordado, no como un gran padrino de ninguna organización.

Personas que se beneficiaron directa e indirectamente del poder y el dinero que su padre y su tío amasaron gracias al comercio de la cocaína durante casi 30 años gozan de libertad y algunos siguen vigentes en la política. Me refiero a personajes como Ernesto Samper, hoy secretario de Unasur; Horacio Serpa, senador liberal; Ignacio Londoño, a quien usted se refiere como “el gordo de Cartago”, y tantos otros funcionarios de la Rama Judicial y la Fuerza Pública que usted aceptó haber corrompido. ¿Qué siente cuando los ve libres y en la primera línea del acontecer nacional?

Pienso que es la mayor muestra de la doble moral que vive Colombia. Pasaron los grandes capos del narcotráfico… Pablo, los Rodríguez, pasó el norte del Valle, luego los paramilitares, pasó Comba con toda su gente y si analizamos, en la política siguen los mismos o sus herederos, no pasa absolutamente nada, la justicia está en su bolsillo, son los que manejan el establecimiento y siempre se han excusado en las historias de los narcos para esconderse de sus responsabilidades. Y aunque el narcotráfico es un delito deplorable, pienso que es por esa doble moral que mi familia y yo hemos sufrido esta persecución que no tiene fin, pues es más fácil echarle la culpa al otro, al que tiene mala imagen, que aceptar responsabilidades históricas. En todas las entrevistas siempre me piden que diga nombres y vuelva a tocar el tema del 8.000, pero no estoy seguro de que eso sirva de algo, porque nadie quiere contar la verdad ni aceptar su parte de culpa. Ojalá eso cambie ahora con el proceso de paz.

Personajes como Horacio Serpa lo han tildado de mentiroso y delincuente, negando todo lo que usted narra en su libro sobre su participación en la ayuda que le dio el cartel de Cali a la campaña de Ernesto Samper a la Presidencia en 1994 y que usted tasa en diez millones de dólares…

Me tilda de delincuente para intentar disminuir el impacto de mis testimonios, pero ellos de día se ponían una corbata y se mostraban como señores de bien, pero de noche se reunían con los delincuentes para que nosotros hiciéramos el trabajo sucio. La diferencia entre Serpa y yo es que ahora soy un exdelincuente, estoy libre y ya pagué por mis errores, él todavía no los ha confesado ni los ha pagado, pero estoy seguro de que si existe otra vida, allá sí los va a tener que pagar. Lo único cierto que ha dicho el senador Serpa en los últimos 20 años es que el 8.000 es un refrito pero, como dice Pastrana, un refrito no investigado. Ellos han logrado tapar su participación en el auxilio que le prestaron al cartel de Cali porque todo el mundo debe tener algo claro: ninguna organización criminal llega hasta donde llegamos sin la ayuda de una parte de la sociedad y del establecimiento. Si pudiera tenerlo enfrente le pediría que diga la verdad. Es que el mayor daño que el escudero del elefante (Serpa) le hizo al país no fue dejarse sobornar, sino su falta de valor civil y moral para aceptarlo. Tal vez si lo hubiera hecho, Colombia sería un país muy diferente.

En el epílogo del libro usted reconoce que “el crimen no paga”. Siendo esta su postura de vida y sabiendo que en el pasado ha colaborado con la justicia colombiana para esclarecer crímenes como el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, ¿está dispuesto a entregar su testimonio cuando se lo requiera para que quienes cometieron este y otros asesinatos sean llevados ante la justicia?

Primero, debo aclarar que no tengo información directa sobre el crimen de Álvaro Gómez. A las autoridades de Estados Unidos y Colombia les expliqué la participación y asociación que tuvimos en algún momento con algunos sectores políticos del país. En medio de esas alianzas los políticos nos pedían favores, pero ni mi padre, ni mi tío ni yo mismo participamos en ese magnicidio. Es muy triste, porque rendí mi testimonio ante la Fiscalía en un proceso que consideré serio, pero desafortunadamente mi declaración terminó publicada en los medios de comunicación a través de un hurto que hizo una periodista, violando la reserva del sumario, lo cual es un delito. Esa señora cometió un acto irresponsable que puso a mi familia en peligro escudándose en esa armadura que es la libertad de expresión. Por eso ahora lo pensaría dos veces antes de volver a colaborar con la justicia, pues los testigos no tenemos garantías y eso es muy lamentable.

¿Se siente traicionado por la Fiscalía?

Gracias a Dios nunca tuve que lidiar con la Fiscalía colombiana. Me entregué a la justicia americana y conseguí unos beneficios para mi familia. Luego mi padre y mi tío asumen el manejo de esta negociación, pero ellos ya estaban muy arrinconados porque su estrategia fue estirar la pita lo más que pudieron y eso no les dio margen de maniobra para mejorar sus condiciones. Para mí es un error que la Fiscalía no firmara ese pacto, pues aunque el mismo agente Edward Kacerosky, que fue quien llevó todo el proceso en nuestra contra, aceptó que Colombia sí participó de la negociación, luego de que mi padre y mi tío aceptan que dineros del narcotráfico ingresaron a Drogas La Rebaja y demás empresas legales que teníamos, la Fiscalía incumplió su palabra: no solo no firmó el convenio, sino que algunos funcionarios, desconociendo el acuerdo avalado por un juez de los Estados Unidos, cuya sentencia convierte esto en cosa juzgada, arbitrariamente y violando el principio del doble juzgamiento y el debido proceso, abren una investigación en contra de seis o siete de mis familiares a los que están a punto de condenar a 10 y 20 años de prisión por delitos que ya fueron confesados y aceptados anteriormente en una negociación que se ha cumplido al ciento por ciento.

¿Quiénes están detrás de estas maniobras?

Aclaro que son algunos funcionarios y unos políticos inescrupulosos que por ambición económica se quieren apoderar a toda costa de una empresa que hoy vale más de 300 millones de dólares y que no han podido extinguir; ellos como siempre usan al establecimiento en contra nuestra. Ese era el patrimonio que también construyeron con su iniciativa mi padre y mi tío, un emporio legal que da trabajo a miles de personas en todo el país y paga impuestos, generando riqueza para esta Nación. Pero nosotros al entregarnos y al negociar el acuerdo renunciamos a ese legado y a la posibilidad de defenderlo. Hicimos un acto político y simbólico: entregamos todo para tratar de vivir tranquilos el resto de la vida, lo hicimos de buena fe pero fuimos traicionados por un puñado de corruptos entre los que aparecen cuotas políticas de algunos personajes como Holguín Sardi, que es el hombre que más se ha beneficiado de nuestro patrimonio, y también de Vargas Lleras, cuyos grupos políticos manejaron tan mal la Dirección Nacional de Estupefacientes, que hoy está en liquidación debido a los escándalos que allí se generaron con propiedades y empresas legales que mi familia entregó al Estado colombiano y que este no fue capaz de salvar de la garras de los delincuentes.

Una de sus primas, Alexandra (hija de Gilberto), purga una condena en la cárcel de Jamundí porque, según la Fiscalía, extorsionó junto a su esposo al propietario de una finca cerca de Palmira. Ella niega que esto sea cierto y argumenta que esa tierra quedó por fuera del acuerdo con los gringos, que se la habían usurpado y que estaba intentando recuperarla como es su derecho legítimo. ¿Usted qué sabe de este caso y qué opina al respecto?

Los hijos de personas con problemas con la justicia como nosotros somos un blanco fácil de atacar. No estoy enterado de los detalles del caso de mi prima, pero le creo a ella. La conozco, es casi como mi hermana, una gran profesional que trabajó en el MÍO, entre otras empresas, una excelente madre y un miembro muy importante de nuestra familia. En mi cabeza no cabe que ella haya cometido ese delito. Hay personas que se aprovechan de nuestra situación para evitar pagarnos lo que nos adeudan y creo que eso fue lo que sucedió en su caso. Lamento mucho lo que está viviendo, en especial por sus hijos y su mamá.

¿Qué opina del manejo que hoy dan al equipo América de Cali sus actuales directivos, comenzando por Oreste Sangiovanni?

Como usted sabe, ese es el equipo de mis amores. Mi familia luchó por 30 años para convertirlo en el equipo más importante de Colombia y uno de los mejores del mundo (En 1997 la FIFA lo consideró el segundo en su ranquin mundial). Estuve al frente del equipo hasta 2001, no quiero hablar de las personas porque considero que sería irresponsable de mi parte pues no estoy al tanto de muchas de las cosas que han pasado después. Creo que desde que América cayó en desgracia, quienes están al frente se han dejado llevar por la ansiedad de llevarlo a la primera categoría y no han planificado bien. Deben pensar en un proyecto a medio plazo, tres o cuatro años, buscar un técnico serio que les aporte experiencia a los jugadores jóvenes y no estarlo cambiando cada seis meses al vaivén de los resultados. Sé que ha habido malos manejos en la institución después de que en el año 2008 Comba y su lacayo Jahir Cortés sacaran a mi familia del equipo a punta de pistola. Y allí comenzó la desgracia del equipo y ellos siempre les echaron el agua sucia a los Rodríguez.

Se dice que los resultados de América fueron comprados…

En un principio, en 1979, mi padre apoyó al equipo regalando unos jugadores. La estrategia suya siempre fue traer los mejores jugadores del continente e invertía fuertes sumas de dinero. Pero luego yo comencé a fomentar las divisiones inferiores del equipo, tomando el modelo del Ajax de Holanda y el Barcelona de España, y logramos los títulos de la década del 90 con un grupo de jugadores que en el 80% eran salidos de la cantera. En las tres décadas que siguieron se obtuvieron 13 títulos nacionales, cuatro finales de Copa Libertadores, ganamos una Merconorte (la precursora de la Copa Sudamericana) y no sé cuántas veces fuimos subcampeones de Colombia.

Tras haber pagado la deuda con la sociedad, ¿cómo es su vida y qué sueños persigue ahora?

Vivo tranquilo porque hice lo correcto. Me entregué voluntariamente, pagué la deuda con la sociedad y cambié la forma de ver mi vida: ya no corro detrás del dinero o el poder, ahora busco la tranquilidad y disfruto de mi vida en familia. Mi mayor sueño es ver crecer a mis hijas, que sean profesionales, mujeres echadas para adelante como mi esposa y estar apoyándolas en todo momento para que consigan lo que se propongan en la vida.