Amar a Colombia es

Ordenar la casa para cuidar el jardín

Carolina Gil es una de las mujeres que se han empeñado en proteger los bosques de la Amazonia. El reto que Colombia tiene por delante sólo se puede enfrentar con muchas manos. Su apuesta es por el trabajo colectivo, por una selva sin héroes.

Carolina Gil, directora de la ONG Amazon Conservation Team Colombia. Gustavo Torrijos - El Espectador

En la última Conferencia contra el Cambio Climático, en Bonn (Alemania) el año pasado, un grupo de indígenas latinoamericanos viajaron a entregar un mensaje: ellos son los guardianes del bosque. Después de eso, decenas de estudios científicos han sido publicados confirmando el papel protagonista que tienen las comunidades indígenas en la protección de los paisajes. “Los recursos naturales se conservan mejor en territorios indígenas”, dicen los titulares

 

Hace años, el paradigma era otro. La “conservación” era un concepto marginal. Los recursos del Banco Interamericano de Desarrollo o del Banco Mundial eran invertidos en infraestructura y no en ese lejano bosque de la Amazonia, inacabable, que visitaban un par de locos y que se creía indómito. La conservación no tenía nada que ver con el desarrollo.

Antes de que la Amazonia se volviera mediática por cuenta de las 144.417 hectáreas arrasadas en esa región del país, de las amenazas mineras y de la ciencia que empezó a explicar su importancia en la regulación del clima global, Carolina Gil, directora de la ONG Amazon Conservation Team, conoció la otra cada de la conservación, que estaban impulsando otros pocos: conservar un territorio sin tener en cuenta a la gente que vive en él era la fórmula para el fracaso.

“Son las comunidades las que pueden garantizar que un bosque esté saludable, con los medios de vida que ellas necesitan”.

Aunque estudió derecho y fue abogada de Parques Nacionales por un tiempo, la vida la llevó a trabajar en Corpacot, una organización que barajaba los fondos de Cooperación Internacional, del gobierno de Holanda y otros grandes financiadores de la lucha ambiental en Colombia. Luego llegó al Fondo Patrimonio Natural. –que a la fecha es financiada por 34 entidades públicas y privadas y se dedica a gestionar los recursos para la conservación de las áreas naturales del país–. 

“La estrategia de conservación de los últimos años, ahora que sabemos de la importancia de las comunidades que habitan los territorios, particularmente de los indígenas, fue legalizar sus tierras, pero no era suficiente”. Desde el gobierno de Virgilio Barco, cuando entregó a los indígenas uitoto las 5.000 hectáreas de lo que alguna vez fue la Casa Arana (y que hoy conocemos como el Resguardo Predio Putumayo), a la fecha, hay 27 resguardos indígenas y 18 áreas protegidas dentro de la Amazonia. “En el Amazon Team entendí que la conservación no es asunto del Estado o del centro del país. Son las comunidades locales quienes tienen el rol fundamental en la salud de los bosques y del medio ambiente”.

Indudablemente, para defender la Amazonia, que comprende el 48 % del país y es de difícil acceso, tiene los índices de pobreza más graves de Colombia y amenazas más inminentes, se necesitan recursos. Y si algo sabe Gil es cómo poner la plata de la conservación a funcionar. En ese aprendizaje lleva los últimos siete años, cuando asumió como directora de la ONG Amazon Conservation Team. Pero es enfática en un punto: “Esto no es de héroes, sino acción colectiva”.

Ella, entonces, se encarga de que la acción colectiva no sea la suma de las partes, sino de que sea un ejercicio de diálogo juicioso, con todos los actores.

“Es irónico que los espacios en donde distintas instituciones, sociedad civil, privados, públicos y comunidades estén apenas floreciendo. Hay más ciencia, información en tiempo real, posibilidad de tomar acción, más seguridad. ¿Por qué nadie se coordina? El Amazonas no aguanta más discurso”, dice.

Por comentarios como ese, y por su blazer negro, cabello corto y maquillaje discreto, Carolina tiene fama de seria. Sus zapatos plateados dicen lo contrario. Es más bien una tenaz observadora.

Se pilló esta, y lo dice enfática: “No creo que la conservación de la Amazonia sea cuestión de una sola persona. En los temas de conservación en los bosques amazónicos no hay héroes”.

Para esta abogada de la Universidad de Antioquia hay mucho discurso con cartilla, pero poco más allá. ¿Qué es lo que Gil ha hecho diferente con respecto a la otra veintena de directores de ONG amazónicas? Juntanza. Ha sabido entender que ningún hombre es una isla. , que sólo el trabajo mancomunado entre comunidades, instituciones públicas y privadas puede cambiar las cosas.

Buen ejemplo de este cambio de paradigma es lo firmado esta semana. Después de cinco años de trabajo, los indígenas amazónicos lograron que se reconociera el derecho de los pueblos en aislamiento voluntario a permanecer en “estado natural”. El equipo de ACT propuso una metodología que se aplica, con sus variaciones, en Perú y Brasil: hacer que los vecinos de estos pueblos cuiden que nadie entre a los 17 territorios en donde, se cree, existen estos pueblos.

“El proceso que me parece mejor ejemplo de esas pequeñas victorias de la acción colectiva es cuando se logró la ampliación del resguardo Inga de Yunguillo, en mayo de 2015. Siempre nos decían que no se podía y era medio cierto: no funcionaban los diálogos, los estudios no eran conclusivos”. Después de más de 30 años de lucha solitaria, los ingas de Putumayo lograron que en pleno piedemonte amazónico, una zona de interés minero, se les reconocieran casi 20.000 hectáreas más de territorio. ¿Por qué? Porque durante dos años, desde 2013, el Incoder, Parques Nacionales, comunidades indígenas, topógrafos, historiadores y funcionarios del Ministerio del Interior empezaron a jalar para el mismo lado. Se sentaron, por fin, a conversar.

“Qué importa quien lideró los procesos. Aquí son los indígenas quienes van a tener ese título a perpetuidad, a favor y en beneficio de todos. Eso es lo que importa. Si no, ¿quién más protegerá esos bosques, esa historia?”.