La pasión por Millonarios liberó la mente de Alan Jara durante su cautiverio

El periodista deportivo Ricardo Henao relata en su libro, "90 minutos de libertad", la historia de cómo cinco secuestrados por las Farc, a través de su pasión por el fútbol, sobrellevaron el encierro que sufrieron durante años.

Alan Jara el día de su liberación. / Archivo

Jara, el maestro azul*

El sábado 14 de julio de 2001, Alan Jara disfrutó el segundo triunfo de la Selección Colombia en la Copa América que ese año se desarrollaba en varias ciudades del país. En su casa de Villavicencio, el exgobernador del Meta aplaudió y celebró a rabiar el gol que el delantero Víctor Aristizábal le marcó a Ecuador en el estadio Metropolitano de Barranquilla.

Con todo, el festejo fue moderado porque al día siguiente debía encontrarse con varios funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas, ONU, y de la Presidencia de la República con quienes inauguraría el llamado Puente de la Reconciliación, construido sobre el río Guape, e iniciado durante su administración.

Tal como estaba previsto, Jara y los demás asistentes se dirigieron en seis camionetas hacia el sur del departamento, no lejos de los límites de la denominada zona de distensión donde el gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana adelantaba negociaciones de paz con el secretariado de las Farc. Sin embargo, a las 3:30 de la tarde y cuando el país todavía celebraba el triunfo de la Selección Colombia, guerrilleros   del frente 26 interceptaron la caravana en un retén que tenían instalado en el sitio Las Margaritas, entre los municipios de Lejanías y Granada.

En uno de los vehículos, un Nissan Pathfinder de placas YT-1331 adscrito a la ONU, se desplazaban Lars Franklin, coordinador residente de las agencias de la ONU en Colombia; Gloria Quiceno, directora de la oficina de Reinserción de la Presidencia; y Alan Jara Uzola, exgobernador del Meta. Los funcionarios regresaban de asistir a la inauguración del puente sobre el río Guape.

Los guerrilleros bajaron a Jara, le dijeron que se lo llevarían y que en uno o dos días regresaría con un comunicado para el Gobierno. En ese instante intervino el delegado de las Naciones Unidas y exigió hablar con algún comandante porque el grupo gozaba de inmunidad diplomática. No obstante la petición, los subversivos sacaron sus armas y respondieron que solo cumplían órdenes. Jara fue llevado hacia la selva sin saber que en ese momento empezaba un largo y tortuoso cautiverio de más de siete años.

Durante los primeros días y cuando era conducido a las profundidades de la manigua, donde el sol se escondía la mayor parte del tiempo, Jara vivió momentos de angustia porque sintió que no sería capaz de sobrevivir debido a su contextura física y a las limitaciones propias de una persona con piernas delgadas y muy, muy cortas. Los nervios lo dominaron y las extenuantes caminatas se convirtieron en un suplicio porque sabía que su esposa, sus hijos y su familia estaban cada vez más lejos. Acababa de cumplir 44 años de edad y se sentía impotente.

No estaba preparado para una situación tan complicada, pese a su larga trayectoria política y a las duras batallas que había tenido que enfrentar en la vida para educarse y superarse. Nacido el 17 de julio de 1957 en Villavicencio, estudió en una escuela pública y después de cursar bachillerato ganó una beca para estudiar Ingeniería en Kiev, antigua Unión Soviética. Pero la política le llamó más la atención que su profesión y fue así como logró ocupar altos cargos públicos, tras lo cual obtuvo la alcaldía de la ciudad capital y en tres oportunidades la gobernación del Meta.

Una semana después fue entregado a alias ‘Grannobles’, hermano del ‘Mono Jojoy’, quien le dijo que se tranquilizara porque muy pronto se encontraría con otros secuestrados que se pondrían felices de tenerlo en su campamento. Fuera de allí la opinión pública continuaba reaccionando con dureza contra el secuestro ejecutado por las Farc debido a que Jara gozaba de prestigio en su departamento y porque había sido plagiado en una clara violación de normas internacionales. Este acto significó otro duro golpe al proceso de paz del Caguán porque fue cometido muy cerca de la zona de distensión. Ninguno de ellos sabía que las acciones de las Farc llevarían al Gobierno a romper la negociación siete meses después.

En el diálogo para este libro, Jara reconoce que no estaba preparado para asumir una situación como esa y por eso recibió un severo golpe anímico que por varios días lo mantuvo encerrado en sí mismo. En medio del desconsuelo pensaba a qué lugar sería llevado, en qué condiciones encontraría a sus compañeros de infortunio. Pero solo escuchaba las palabras de Grannobles, quien le dijo a un guerrillero que corriera a contarles a los policías y militares secuestrados que llegaría el ‘muelón’, el apodo que le pusieron a Jara en la selva.

En realidad el exgobernador ya se encontraba en predios de la jaula, el estremecedor lugar en medio de la selva construido por las Farc para evitar la fuga de cerca de 30 policías y militares que representaban un alto valor estratégico frente a un eventual intercambio humanitario.

Sin entender qué sucedía, cuando lo llevaban hacia donde estaban los secuestrados escuchó una gritería, muchos aplausos y risas. Estaba totalmente desconcertado. Cuando divisó el grupo, sucedió lo increíble: era un interminable canto de gol, el gol que Víctor Aristizábal acababa de marcarle a la selección de Honduras en las semifinales de la Copa América. El encuentro se realizaba el jueves 26 de julio de 2001 en el estadio Palogrande de Manizales. Ese día, Colombia se impuso 2-0 con goles de Gerardo Bedoya y Aristizábal, quien habría de coronarse goleador del campeonato con seis goles.

Ante semejante algarabía, Jara les preguntó a sus carceleros qué estaba sucediendo. —Están celebrando su llegada —respondió un subversivo, sonriente. La emoción por el primer tanto del partido derivó en un gran abrazo de Jara con sus nuevos compañeros. Fue el primer momento feliz que vivió once días después de su secuestro. Y sucedió gracias al fútbol, un deporte que con el paso del tiempo se convertiría, como para los demás, en el elemento vital que los ayudaría a mantenerse con vida.

Desde muy niño, Jara —un liberal de trapo rojo en campaña— tenía el corazón azul porque su equipo era Millonarios, del que se hizo hincha para llevarle la contraria a su papá. En su familia, además de su progenitor, sus nueve tíos eran fanáticos de Santa Fe, pero aun así terminó en las toldas del principal rival del cuadro afín a su parentela más cercana. Jara quiso a Millonarios desde muy pequeño y creció disfrutando de sus pequeñas victorias, de partidos memorables, de campañas con buenos balances, con cuatro estrellas vividas en las tribunas. Pero desde 1988 habría de soportar una larga espera de 24 años para verlo de nuevo campeón.

Una vez identificado como hincha de Millonarios, Jara fue invitado rápidamente a ver un partido de fútbol. Ocho días después de su llegada a la jaula el coronel Enrique Murillo, otro gran aficionado azul, se acercó y le dijo: — ¿Quiere ir al estadio? Incrédulo, Jara lo miró fijamente y le dio a entender con el gesto que no había entendido nada. A su alrededor solo había alambre de púas y varias construcciones en madera. No había posibilidad de que en ese sombrío lugar hubiese un escenario deportivo. Ese día Millonarios jugaba y Murillo necesitaba un buen hincha que lo acompañara. —Vamos a ir a occidental porque otros ya se fueron a norte y a oriental —explicó.

Caminaron unos metros y, en efecto, ese día era día de fútbol. Cuando llegaron a un pequeño espacio abierto, Jara observó que los secuestrados guardaban un gran respeto por las posiciones en la tribuna. Y muy pronto entendió que las graderías eran formadas por la imaginación de cada uno. La radio era la cancha y a su alrededor se ubicaban los aficionados citados para la ocasión. Lo que más sorprendió a Jara era que sus compañeros de cautiverio sabían de sobra a qué asistían y que todos tenían claro que la radio era la cancha y los costados eran las tribunas que los recibían para vivir un momento especial. Ese día Alan Jara aprendió una de las mejores e inolvidables lecciones de la selva: ver fútbol por radio.

Aquello que parecía irreal, para Jara era un hecho palpable, inobjetable. El imaginario permitía ocupar una banca en un sitio privilegiado del estadio: los de oriental se sentían en oriental y quienes llegaban al frente, es decir a occidental, se sentían allí. Lo mejor es que ese instante de ficción los trasladaba de estadio a estadio y quienes querían ir al Campín lo podían hacer, así como también lo podían hacer quienes se querían sentir en el Pascual Guerrero de Cali o en el Metropolitano de Barranquilla. Como todos, Jara entró en el juego de la fantasía.

Este espejismo era posible gracias a los relatos de los narradores y los comentaristas deportivos. La descripción les permitía transportarse al sitio deseado, dimensionar lo que ocurría a miles de kilómetros de allí, en los estadios de las grandes, medianas y pequeñas ciudades del país. Allí aprendieron a dibujar en sus mentes los sonidos que salían del parlante de esa cancha de ficción que era el radio. En cada fecha le robaban noventa minutos al secuestro. En esos momentos no sentían las cadenas, desaparecían los maltratos y entraban en un relajante descanso. Eran 90 minutos de libertad. En realidad era una sensación muy difícil de explicar, pero cuando se vive tanto tiempo en ese encierro, cuando los segundos son interminables, los minutos infinitos y las horas eternas, romper la cadena del secuestro a través de ese estadio virtual producía una sensación íntima muy especial.

Jara recuerda que esos fueron momentos felices, incluso cuando Millonarios perdía. Su secuestro se extendió durante siete años y medio, una época en la que se privó de mundiales de fútbol, de muchos torneos importantes, de Juegos Olímpicos. Es un tiempo muy largo en el que en el mundo exterior todo seguía sucediendo, pero en el secuestro todo se detuvo y solo pasaban los años, nada más.

En el nuevo escenario en el que empezó a desenvolverse, Jara no pudo abstraerse de las apuestas, ingrediente obligado para disfrutar el fútbol plenamente. Eso de lavar las ollas luego de una derrota se hizo cotidiano, al punto de que esos utensilios se volvieron muy importantes pues no solo los usaban para cocinar alimentos sino que eran objeto de puja en los partidos: el que perdía una apuesta sufría el castigo de la derrota de su equipo y estaba obligado a dejar impecables las ollas, pese a que no había jabón y en muchas ocasiones el agua escaseaba.

Jara recuerda que los policías y militares que estuvieron con él eran muy diferentes. Algunos eran introvertidos y distantes, a otros se les veía golpeados por el dolor que produce estar privado de la libertad y porque la mayor parte del tiempo pensaban en su familia; pero también había otros más extrovertidos, los amantes del fútbol, con los que tuvo más afinidad.

Pese a su contextura física, Jara jugó fútbol en el campamento. En el pasado había sido un gran aficionado pero nada bueno en el campo de juego. Lo suyo es el tenis de mesa, donde se destacó en varios campeonatos. Sin embargo, se armó de valor y muchas veces entró a la cancha. Eran partidos de 20 o 30 minutos —el tiempo dependía del estado de humor de los carceleros— con pelota facilitada por sus captores. Como el tiempo sobraba y no había mucho que hacer, Jara les propuso a sus compañeros la opción de convertirse en su maestro. Ellos aceptaron y con el correr de los días terminó de profesor de inglés, de geografía, de historia y hasta de ruso, idioma que aprendió en su juventud. Los militares asistían puntuales a las charlas de Jara en una improvisada aula. Las clases generaron una notable cercanía entre los secuestrados. La formación humanística del exgobernador lo convirtió en una especie de líder, querido y respetado. Pero cuando se trataba de fútbol sus opiniones y sus comentarios tenían el mismo valor que las de los demás, pues allí salía a relucir esa verdad sabida y aceptada según la cual en Colombia hay 44 millones de técnicos de fútbol.

El primer Mundial que se perdió Alan Jara por cuenta del secuestro fue el de 2002, que se disputó en Japón y Corea del Sur. Pese a que Colombia estuvo ausente de ese certamen, el furor universal que despertó también se sintió en la selva. Y de una manera muy particular. Aparte de escuchar los partidos, el Mundial les propició una distracción adicional a los secuestrados. La selva no fue ajena a la fiebre de los álbumes con las estampas de los integrantes de cada Selección mundialista. Los secuestrados inventaron sus propios álbumes, claro que sin las fabulosas pretensiones económicas de quienes promueven estas prácticas cada cuatro años a nivel mundial. Fue así como reservaron algunos espacios de los cuadernos que les suministraba cada seis meses la guerrilla para tomar apuntes de las clases que dictaba el profesor Jara. Así que al lado de los datos de las batallas importantes de la II Guerra Mundial, o del verbo to be o del niet ruso, estaban las notas del fútbol, que incluían, además de los detalles del campeonato nacional, las nóminas de las selecciones que competirían por el trofeo del mejor equipo nacional a nivel universal. Esas nóminas eran completadas gracias a las transmisiones radiales, que escuchaban con atención para tener el mayor número de jugadores titulares de los equipos. El listado era construido poco a poco, solo con nombres. Ni pensar en fotografías, como las de los álbumes de Panini.

El juego consistía en completar el mayor número de equipos. Entre los secuestrados se intercambiaba esa información: el nombre del defensa central del Japón por dos titulares de Corea del Sur o el volante de armado de Brasil por el lateral izquierdo de Alemania. La información nunca era regalada, la canjeaban. Era un ejercicio bastante complicado y de mucha dedicación. Por ello era normal ver muchas personas en todos los rincones, concentradas en sus apuntes. Con el paso de los días esa dedicación rendía sus frutos porque en vísperas de la iniciación de la Copa ya conocían las formaciones titulares de los equipos, sabían cuáles serían las variantes habituales y hasta los clubes de origen de cada jugador, así como los datos de su trayectoria deportiva. El jueguito resultó tan entretenido que se repitió en la Copa América y hasta en las competiciones europeas.

La rivalidad deportiva desaparecía cuando jugaba la Selección Colombia. Eran momentos de unión entre todos, de sumar fuerzas en torno a un solo equipo. El fútbol generó amistades, creó vínculos estrechos entre los seguidores de la misma camiseta, al igual que ocurría en la libertad: se compartían los mismos objetivos y se disfrutaban los triunfos y se asimilaban las derrotas. Abrazos, celebraciones y apuntes jocosos proporcionados por un gol hacían olvidar discrepancias surgidas en la cotidianidad de la desgracia colectiva.

Pero también había momentos difíciles. Era el caso de Jara con el teniente Donato. El primero hincha de Millonarios y el otro de Nacional. Forjaron una amistad grande, pero el sábado, en vísperas del enfrentamiento entre los dos equipos, se distanciaban, como por arte de magia desaparecía su cercanía y se interrumpía la comunicación y la buena energía. La normalidad retornaba el lunes siguiente, al margen del resultado de la contienda deportiva. Claro que no faltaba uno que otro apunte con tinte irónico o burlesco.

Jara era de los más eufóricos hinchas de Millonarios. En varias ocasiones se encargó de llevar las estadísticas de los partidos, de anotar las alineaciones, de llevar un registro de los resultados y de actualizar las tablas de posiciones. Esa era una información básica para un tema que era del diario vivir en el cambuche. Una función que, de todas maneras, no era exclusiva de uno solo de los secuestrados sino que la rotaban. En ocasiones la desempeñaron el patrullero García, el coronel William Donato y el coronel Enrique Murillo. Este último era tan apasionado que muchas veces comunicaba las transferencias de los jugadores a otros equipos. Le dedicaba muchísimo tiempo a escuchar los comentarios radiales de lo que pasaba con los jugadores; estaba pendiente de todas las negociaciones y del desarrollo de las carreras de los futbolistas. En algunos momentos, no muchos, hubo bonanza de pilas y hasta dispusieron de un poderoso radio multibandas en el que escuchaban partidos de ligas de otros países y seguían los pasos de los jugadores colombianos en el exterior, así como de las nuevas figuras que iban surgiendo en otros rincones del  mundo.

Disponer de un buen radio y de pilas suficientes les permitió ampliar el abanico de opciones deportivas. Como el automovilismo. Eran los tiempos en que la Fórmula 1 alcanzó inmensa popularidad en Colombia gracias a las buenas actuaciones de Juan Pablo Montoya. Jara recuerda que de un momento a otro se volvieron expertos, conocían los carros, las escuderías y todo lo relacionado con los pits. Y para completar, un día se toparon con una revista —y por lo que Jara define como “esas casualidades de la vida”— que traía fotos de los circuitos de la Fórmula 1. Así como Jara administraba el radio y Murillo los álbumes, a Delgado le correspondió encargarse de los circuitos. Como ya se ha dicho, en su secuestro la radio jugó un papel muy importante, no solo como distractor de la dramática situación que vivía, sino para recibir información de familiares y amigos y para enterarse de lo que pasaba en el mundo exterior. En un comienzo nadie sabía de la suerte de los cautivos. Sin embargo, después de que se permitió enviar las primeras pruebas de supervivencia, los familiares y la opinión pública pudieron hacerse una idea de la situación real. Con los mensajes de supervivencia llegaron cartas para los equipos de fútbol y para algunos periodistas, narradores y comentaristas que se pusieron la camiseta rogando por su liberación.

Jara recuerda un mensaje de su hijo Alan Felipe en el que le contó que había sido invitado a un partido de Atlético Nacional. Le pareció extraño, pero mucho tiempo después entendería la razón: su hijo se convirtió en hincha verde durante su ausencia. Le dolió porque hubiera podido evitarlo si no estuviera alejado de su familia por cuenta de la guerrilla. También en medio de la selva se enteraron de la invitación que Millonarios le hizo a la hija del entonces coronel Luis Mendieta para ir al Campín a hacer el saque de honor en un clásico ante Santa Fe.

Los secuestrados siempre estuvieron muy cerca de los relatores deportivos, que en los programas radiales los mencionaban y los recordaban, al tiempo que pedían por su pronta libertad. A través de las pruebas de supervivencia, varias veces Jara y Mendieta les enviaron cartas a los realizadores de programas y transmisiones deportivas en las que agradecían por recordarlos y hacerlos sentir vivos.

Jara recuerda con especial cariño las voces de aliento que enviaba desde El Campín el narrador de RCN Radio Paché Andrade, quien antes de empezar los partidos pedía la libertad de todos los secuestrados. Él intensificó su petición cuando se enteró de que los policías, militares y políticos que estaban en manos de las Farc habían sido encadenados por el cuello y amarrados a los árboles. Las palabras del ‘Paché’ llegaban a la selva y se convertían en una especie de bálsamo con el que lograban sobrevivir una semana más. Por esa razón los secuestrados esperaban con ansiedad la llegada de la siguiente semana, cuando recibirían una nueva dosis de aliento.

Los equipos de fútbol y los aficionados también fueron muy solidarios con los secuestrados, que en su encierro se dieron cuenta de las reiteradas muestras de apoyo en los diferentes estadios del país. Los hinchas llevaban pancartas y se ponían camisetas con leyendas en las que pedían por su libertad. Desde la distancia es posible que los ciudadanos lo ignoraran, pero quienes estaban en las profundidades de la selva sabían que esos mensajes tenían un valor incalculable. Un día, el reconocido periodista Antonio José Caballero (q.e.p.d.) ideó en RCN Radio un programa dedicado al secuestro, llamado Noches de libertad, al estilo de las Voces del secuestro, que orientaba en Caracol el periodista Herbin Hoyos. Conocedor de la fiebre y la importancia del fútbol en medio de la selva, Antonio José incluyó en su programa una sección en la que hablaba de la jornada del fútbol, dirigida específicamente a unos oyentes: Jara, Arcia, Mendieta, Murillo, Donato y los demás secuestrados. Los cronistas deportivos les enviaban mensajes y hacían resúmenes de los partidos. Las largas y extenuantes jornadas en la selva tenían ese premio al final del día: saludos con nombres propios y resultados de los partidos jugados por sus equipos. Los escuchaban casi con devoción, pegados al parlante del radio, con la complicidad del silencio de la noche y de la selva. El alma se robustecía, el corazón palpitaba con alegría.

Para Jara resultaba maravilloso escuchar que Millonarios le había ganado a Santa Fe. El amor por el fútbol era integral. Los cautivos escuchaban las transmisiones de los partidos y cuanto programa relacionado pudieran sintonizar. Pero de la afición pasiva pasaban a la práctica. En sus cuadernos de dotación, los más aficionados llevaban las estadísticas de los partidos que servían para llevar un registro histórico del campeonato año tras año. Cuando aparecía un jugador no tan común, acudían a lo que llamaban jocosamente la computadora, que no era más que el cuadernito viejo del año pasado o antepasado. Ahí consultaban el origen de dicho jugador y podían determinar si venía del Cúcuta, Millonarios o Nacional.

Estar al tanto de las estadísticas que suministraban los periodistas en sus espacios deportivos era una buena razón para ocuparse en algo, para dejar de pensar en su compleja realidad. Cada tarea, cada oficio que surgía, que se inventaba, cada registro que se plasmaba en un papel, eran de gran ayuda. Al comienzo, muchos secuestrados se mostraban apáticos frente al fútbol porque en libertad nunca les interesó. Ahora, en cautiverio, su preocupación se centraba únicamente en su infortunio personal y no les atraía nada más. Sin embargo, con el correr de los días el virus los alcanzó hasta contagiarlos de esa fiebre que se regó por todos los campamentos donde había secuestrados.

Los registros históricos se repartían según los equipos que cada uno de los secuestrados seguía: el coronel Murillo se ocupaba de todo lo que tenía que ver con Millonarios, el coronel Donato se encargaba de Nacional y el sargento Delgado de Santa Fe. Jara atesoraba todo tipo de información sobre deportes en general. Ese material le servía para resolver las inquietudes que surgían al calor de una conversación relacionada con atletismo, natación o esgrima. Esa práctica se prolongó por un buen tiempo y fue más intensa mientras Jara permaneció junto a los 28 militares y policías. Después de 2004, cuando fueron separados, ya se sentía la ausencia de algunos de ellos. Jara quedó en un grupo de 10, donde había seguidores de Millonarios y Santa Fe, pero ninguno de Nacional, Junior o Tolima.

Mientras Jara estuvo secuestrado, Millonarios no fue campeón y su desempeño bastante discreto. En medio de la eterna rivalidad entre los equipos y aficionados de los equipos bogotanos, el ex gobernador del Meta se sentía aliviado porque en la otra orilla, por los lados de Santa Fe, ocurría algo parecido. Debieron pasar muchos años, ya de regreso a la libertad, para que el político del Meta pudiera festejar, en vivo y en directo, un título de su equipo.

La competencia en materia futbolera desaparecía cuando jugaba la Selección Colombia. No obstante, la fiebre por el combinado patrio no tuvo compensación: mientras estuvo secuestrado, Jara no celebró ninguna clasificación a la Copa del Mundo. Colombia participó en tres eliminatorias y en las tres fue eliminada: Japón-Corea del Sur 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. Con todo y pese a las sucesivas derrotas, los hinchas de la selva mantenían su apoyo incondicional a la Selección. Cada vez que el equipo jugaba, Jara y sus compañeros se dejaban contagiar del sentimiento patrio y armaban algarabías tan escandalosas que los carceleros les llamaban la atención para que le bajaran el volumen al radio y a los gritos.

—Controlen el volumen y bajen la voz, o prefieren que les quite el radio —escuchó Jara más de una vez. La orden del guerrillero los hacía regresar a la realidad, al drama de saber que no podían hacer su voluntad y que estaban a merced de unos verdugos. En esos momentos sentían otra pesada cadena que se sumaba a la que ya tenían enroscada en el cuello. Como la idea era no perder el radio por cuenta de una rabieta del guerrillero de turno, los secuestrados cantaban el Himno Nacional en tono de susurro, casi en silencio, no como lo hacían antes, que parecía como si estuvieran en las tribunas del Metropolitano de Barranquilla. En el fondo los rehenes entendían el temor de sus captores, convencidos de que el ruido podría ser detectado por los radares militares.

Pero no solo el radio encarnaba un eventual riesgo. En alguna ocasión, previo a un partido de la Selección Colombia, el cabo del Ejército Robinson Salcedo Guarín sacó de su maleta varios trapos viejos que había recogido en el curso de los días y como pudo armó la insignia nacional con el amarillo grande y el azul y el rojo más pequeños. Luego la montó sobre un leño de los que abundan en la selva y empezó a sacudirla con todas sus fuerzas al tiempo que entonaba el himno nacional. Todos estaban felices. Sin embargo, un guerrillero prohibió agitar la bandera porque podría entenderse como una señal para el Ejército.

Una foto de la esposa, de los hijos, o de los padres era un tesoro invaluable allá en la selva. Un papel de la novia con un ‘te quiero’, o una moneda que hacía las veces de amuleto, significaban mucho en medio de la soledad y la tristeza causadas por las muchas noches, días, semanas y años alejados de sus seres queridos. Pero el tener en las manos un aparato de radio no se comparaba con nada. Quien tenía a su cargo su manejo era un privilegiado. La responsabilidad que le cabía por su cuidado era inmensa, pero más grande aún era poder disponer a cualquier momento de esa cajita mágica que permitía contacto instantáneo con el mundo exterior. Así no pudiera salir de la selva, el secuestrado disponía de la información pues bastaba con girar un pequeño botón de pasta para acceder a los mensajes de los familiares y, por supuesto, para escuchar los partidos y conocer primero que todos los resultados de la fecha profesional. En aquellos momentos de desvelo, que fueron muchos, podía sintonizar, a muy bajo volumen, algún programa de música o de noticias.

Sin embargo, tener el manejo de ese aparato no garantizaba nada, porque en muchas oportunidades la señal no llegaba o se perdía con facilidad ante la impotencia del grupo que rodeaba con ansiedad al ‘dueño’ u ‘operador’ de turno. Con mucha frecuencia quedaban despistados porque estaban escuchando un determinado programa cuando de repente la voz de una mujer reemplazaba la que oían segundos antes. O aparecía una canción o una publicidad de un lugar desconocido en los confines del universo. Había que llenarse de paciencia y mover con la mayor suavidad el dial para captar lo que se había perdido. Escuchar un partido completo, vivirlo, gozarlo y sufrirlo sin interrupciones era un regalo del cielo. Y cuando no era la señal, llegaban momentos de pesadumbre porque la guerrilla por cualquier circunstancia recogía los radios, algo que se repitió muchas veces, una de ellas en febrero de 2004.

Un carcelero se llevó los radios con el argumento de que el Ejército estaba cerca. Fue una etapa larga, tediosa. Sin radio los días se hacían lentos e interminables. Fueron cerca de diez meses sin saber absolutamente nada del mundo exterior, sin recibir mensajes de las familias, sin enterarse en lo más mínimo del desarrollo del campeonato nacional de fútbol. Nunca hubo una explicación por ese prolongado castigo. De cuando en cuando los carceleros accedían a informarles sobre los resultados de un partido. Pero no todos tenían esa generosidad. Se necesitaba que fueran tan aficionados como sus rehenes. Los diálogos con los rehenes estaban totalmente prohibidos. Los guerrilleros tenían la orden de guardar silencio todo el tiempo y muy rara vez escuchaban preguntas de ¿cómo va el partido, cómo va Nacional? Las respuestas eran igualmente lacónicas: ganando o perdiendo, sin detalles. Debían cumplir estrictamente su función de vigilantes, no quitarles la mirada de encima, evitar una fuga y prevenir que se fraguara cualquier tipo de acto de saboteo, indisciplina e incluso, por absurdo que resultara pensarlo, un ataque del grupo de encadenados.

* * *
Entre las pocas libertades que tenían los secuestrados estaba la de escoger la emisora que querían sintonizar. Lo que preocupaba entonces era cuidar las pilas, hacerlas durar al máximo. En la selva las baterías eran oro, tenían un valor incalculable. Había que racionalizar su uso para no gastarlas, como por ejemplo darles prioridad a escuchar los mensajes de la familia, después podía venir el fútbol y todo lo relacionado con ese deporte. Un consumo adecuado de las pilas podría significar ganarse una dotación adicional de las mismas, lo que equivalía a un triunfo significativo. El bajo volumen era clave dentro de estos propósitos. Y quien manejaba el radio tenía que planificar con sumo cuidado su uso, manejar los tiempos, los horarios de los programas, saber ubicar la señal en el momento justo. Quien alcanzaba estos logros era considerado un operador de audio, un experto en antenas, un verdadero cazador de ondas hertzianas.

Este drástico cuidado en el uso de las pilas fue indispensable cuando tuvieron que salir corriendo de la zona de distensión tras el rompimiento de los diálogos de paz. La guerrilla acabó con los radios individuales y optó por los comunales, distribuidos entre grupos. Jara quedó en uno de diez personas —seis políticos, tres policías y un militar— con un solo radio, que les entregó su carcelero. Debía administrarlo ojalá alguien con experiencia o en su defecto una persona con sentido común y con cierta capacidad de liderazgo para evitar fricciones. Con la llegada del radio a la jaula, Jara inició la campaña electoral más difícil y compleja que la misma que lo llevó a la Gobernación de su departamento: lograr el manejo del radio. Sabía de lo importante que sería controlar el único medio de comunicación existente.

Cuando escuchó que el guerrillero preguntaba quién iba a manejar el radio, Jara supo que tenía una gran oportunidad. Cada uno de los diez integrantes del grupo quería tener el control del aparato. Para resolver el asunto y como buen político, propuso una votación. Pero percibió que eran muchos los candidatos y que él podría perder. Entonces se le ocurrió echar mano de sus habilidades para convencer gente, tal como había aprendido en sus campañas políticas. Lo primero que hizo fue neutralizar a uno de los aspirantes que tenía más posibilidades: el general Mendieta. — ¿Me darías tu voto para el manejo del radio? —le preguntó y este, por cortesía, no tuvo más remedio que mover la cabeza en sentido afirmativo. Un competidor menos. Lo mismo hizo con varios compañeros de cautiverio, hasta que logró la mayoría de votos. El apoyo, sin embargo, no llegó por simples simpatías. De por medio había promesas, como en cualquier campaña electoral. A Mendieta le preguntó si le gustaba la salsa y le prometió mucha música caribeña y antillana. Se llevó a Murillo a un rincón y le dijo: —Champion —apodado así por su gran afición a la Liga de Campeones de Europa—, ¿si necesito su voto cuento con él? Yo le pongo los partidos de la Champion.

De esa manera, Jara logró la mayoría de seis votos —tres policías, un sargento del Ejército y dos políticos— que necesitaba para hacerse al control del codiciado aparato. Hoy dice en forma jocosa que ese fue el proceso electoral más importante de su vida. Era como una panela, marca Sony, de buen tamaño, buen sonido y pilas grandes. Potente como él solo, en algunos lugares dejaba sintonizar nítidas algunas emisoras que originaban su señal desde Bogotá. Era un radio de dos bandas y tenía la ventaja de que las pilas grandes duraban más y con la meticulosidad de Jara su vida se podría prolongar un tiempo adicional. Incluso inventó fórmulas artesanales para extender su duración y se esmeró en el cuidado para protegerlo de la lluvia y de la humedad.

Jara también se esforzó para mejorar su memoria, de manera que escuchaba los mensajes de los familiares a muy bajo volumen y los transmitía con la mayor fidelidad a los interesados. Todos estaban en un mismo sitio pero no juntos y casi siempre encadenados a los árboles, por lo que Jara hacía las veces de parlante y de informador para retransmitir lo que escuchaba en la radio. En las noches de los sábados   y domingos llegaban ‘Las voces del secuestro’ y al día siguiente Jara repetían todo con pelos y señales. No tenía posibilidad de tomar apuntes en medio de la oscuridad, por lo que la memoria fue su mejor aliado para no fallarles a los compañeros que le confiaron el manejo del radio. Que un saludo a Mendieta de su hija, que además cumplió años; que está lista para ingresar a la Universidad; y que también llamó su tía y le dejó un mensaje su primo; que su esposa le leyó una carta que decía así y asá. Jara aprendió a repetir los mensajes casi al pie de la letra.

También debía memorizar los resultados del fútbol. Si había un hincha del Tolima le contaba el resultado del partido que su equipo jugó la víspera y le añadía quiénes habían anotado goles y otros detalles relevantes que exigían sus interlocutores. Si Jara informaba el gol de Chará, ya sabía que inmediatamente le preguntaban quién hizo el pase. Con el tiempo, Jara y sus compañeros lograron un mecanismo para que los interesados escucharan directamente los mensajes sin aumentar el gasto de baterías. Consistía en subir y bajar el volumen en los momentos justos. En medio de la noche Jara identificaba los destinatarios de los mensajes, los despertaba y subía ligeramente el volumen para que el interesado pudiera oír a su pariente. Era cuestión de un minuto, al cabo del cual el volumen volvía a reducirse. La operación se repetía con cada mensaje para sus compañeros de cautiverio. Lo mismo ocurría cuando se trataba de los resúmenes de los partidos. El volumen subía cuando se hablaba de Millonarios o Nacional, pero bajaba cuando mencionaban a Cali o Junior porque no había hinchas interesados en esos equipos. Con esa mecánica Jara evitó tener que recitar en las mañanas los mensajes y todo lo ocurrido en la fecha profesional. Para él resultaba tormentoso recordar los partidos de Nacional y hacer referencias a sus victorias.

Era un trabajo que desempeñaba a la perfección y tal vez por eso nunca hubo necesidad de pensar en un reemplazo. La responsabilidad con que administraba el asunto mereció tal reconocimiento que hasta el último día de su secuestro tuvo el radio en sus manos. Sus compañeros alababan el hecho de que durante las marchas extenuantes de horas y horas en las que tenían que atravesar pantanos, terrenos inundados, ríos con el agua a la altura del pecho, la principal preocupación de Jara, además de proteger su vida, era cuidar la integridad del radio. Se le podía mojar el toldillo, la hamaca, todo, pero nunca el radio, lo que implicaba un esfuerzo extra.

Para impedir que el aparato se mojara, Jara fabricó un estuche con un plástico que alguna vez encontró en uno de los campamentos. Iba para todas partes con el radio colgado al cuello, y cuando atravesaba un río y el agua subía peligrosamente, ponía el aparato sobre su cabeza. Con una mano alzaba la pesada cadena para que no lastimara su cuello y con la otra levantaba el radio. Su sentido de responsabilidad lo llevaba a pensar en esos momentos que era preferible que le sucediera algo a él, siempre y cuando se conservara la integridad del aparato. Tanto esmero   y tantos cuidados parecían perder su esencia cuando los guerrilleros, sin motivo aparente, les decomisaba el radio. Era una tortura china que podría durar quince días. Cuando completaban dos semanas sin el aparato, Jara recordaba con angustia los diez meses que había tenido que sufrir sin el medio de comunicación que aprendió a querer y a valorar como el mejor tesoro.

Jara salió del infierno el 3 de febrero de 2009, después de la liberación de otros políticos que tenían las Farc en distintos campamentos. Una vez aterrizó el helicóptero que lo trajo a Villavicencio desde las selvas del Guaviare, sonriente, solo atinó a decir: “Ya descansé siete años y medio, ahora vengo a trabajar por ellos”, en referencia a Mendieta, Delgado, Murillo y Donato, con quienes compartió el último año de cautiverio. Eran cinco aficionados que oían fútbol todo el tiempo, que, cuando Jara salió, permanecieron un año y cuatro meses más encerrados. Una vez Jara se despidió, los guerrilleros les quitaron el radio y los dejaron incomunicados, sin saber de sus familias, sin noticias de una posible liberación o de su futuro y mucho menos sin la menor información de lo que pasaba en el mundo del fútbol.

Cinco días después de su liberación, el domingo, Jara se reencontró con parte de su vida. Ya se había reunido con su familia, con su esposa y con su hijo Alan Felipe, pero le faltaba ver a su equipo, le faltaba ver a su Millonarios. Jara fue invitado por la Junta Directiva del equipo albiazul a ver la primera fecha del campeonato en la que Millos jugaba ante Quindío. Ese día el exsecuestrado fue la estrella de la jornada: los dirigentes del equipo lo esperaron a su llegada al estadio, entró por la zona de personalidades, tuvo acceso por primera vez a los palcos y fue invitado a la cancha a realizar el saque de honor. Su entrada al césped fue triunfal, nunca antes tanta gente había coreado su nombre,   ni lo había felicitado como en aquella oportunidad. Para Jara fue un recorrido inolvidable, sintió que le temblaban otra vez las piernas como cuando fue llevado a la selva, pero esta vez no lo impactaba el miedo, sino la felicidad. Temblaba por los nervios que generaba estar por fin en el estadio, en ese sitio que tantas veces creó, imaginó y disfrutó en la selva, ese sitio que por fin pudo palpar, que por fin pudo pisar de verdad, ese estadio al que tantas veces visitó en su imaginación y que de una u otra manera disfrutó encerrado en la selva.

Jara fue aplaudido, acogido y abrazado por los jugadores de Millonarios, quienes además por intermedio del capitán de aquella época, Gerardo Bedoya, le entregaron una camiseta del equipo con su nombre, un recuerdo que Jara mantiene guardado en lo más profundo de su corazón. En ese momento él recordó y saludó a sus compañeros de secuestro: Mendieta, Delgado, Murillo y Donato, quienes se quedaron en la selva. Les envió un mensaje muy emotivo. Meses después supo que ese mensaje nunca fue escuchado por ellos, porque les habían quitado el radio.

Esa tarde sintió una emoción indescriptible, algo único y soñado, algo que hizo que corrieran lágrimas por su rostro; eran lágrimas de felicidad por estar con su familia en ese anhelado lugar, por compartir con tanta gente, por poder dimensionar la solidaridad que el drama del secuestro despertó en tanta gente en Colombia, en la gente del fútbol, en los futbolistas y en los hinchas que llevaron sus pancartas a las tribunas pidiendo por la liberación de los secuestrados. Ese día, Jara sí fue a la tribuna occidental, la de verdad. Es más, estuvo en las cabinas de radio saludando y agradeciendo a quienes siempre lo recordaron en su secuestro. Ese día Jara intentó narrar un gol de su amado Millonarios. Desde esa tarde reanudó sus idas dominicales al estadio. Le resulta inevitable, cada vez que se sienta en la tribuna de la realidad, remontar en la memoria el estadio virtual concebido en la selva. Y más allá del dolor que pueda implicar devolver esa película, Jara resalta el milagro de su regreso a la libertad. Uno de sus grandes aliados en cautiverio fue la esperanza, la misma que finalmente le permitió el reencuentro con su familia, con su equipo, con su fútbol. Y vaya que le ha sacado partido a su regreso: hizo hasta lo imposible para poder asistir, esta vez en persona, en vivo y en directo, a un Mundial de Fútbol.

Estuvo en el de Brasil 2014. Sin embargo, todavía discute sobre jugadas dudosas del pasado, como la de Yepes, que para muchos fue gol. Es su mundo, es el fútbol, una de las grandes bendiciones que le dio la vida. —Todos estos recuerdos, contados hoy acá, parecerían anécdotas —dice Jara—, pero hoy, en la bendición de la libertad, le sirven a uno para reflexionar en que necesariamente este conflicto tiene que terminar, este país es hermoso, este país tiene todas las oportunidades para que la gente pueda salir adelante y cumplir y construir sus sueños, que fue lo que nosotros siempre tuvimos, el sueño de la libertad, y el fútbol nos alimentó en ello.

*El texto fue cedido por la Editorial Planeta y el autor Ricardo Henao. 

 

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