Penitente por amor en Semana Santa

La historia de Néstor Mejía de la Hoz, un ingeniero civil que se flageló cinco veces para apaciguar la intranquilidad de conciencia que le produjo el haber destruido abrupta e injustamente una relación sentimental que ya duraba 24 años.

/ Foto: tomada de Flick Pedro Lourenço

Un ingeniero civil, ya bastante maduro, que se flageló cinco veces en la Semana Santa de Santo Tomás (Atlántico), su pueblo natal, vive en Barranquilla en el quinto piso de un edificio de apartamentos estrato seis. Aludo a esta circunstancia porque la mayoría de los penitentes vienen de hogares agobiados por la pobreza y la ignorancia, lo que en gran medida explica esos sangrientos espectáculos, patéticas representaciones del martirio de Cristo, que los televidentes observan con asombro todos los viernes santos.

A diferencia de los penitentes desposeídos, que se flagelan para obtener del Crucificado la sanación de un ser querido en artículos de muerte, el ingeniero lo hizo para apaciguar la intranquilidad de conciencia que le produjo el haber destruido abrupta e injustamente una relación sentimental que ya duraba 24 años; un amor que entre él y su vecina germinó en la infancia, mientras jugaban descalzos en la arena al papá y la mamá, que floreció con colores y alegría de primavera en la adolescencia y que vino a madurar en la primera juventud de los dos, cuando juntos alcanzaban en el patio de él o en el de ella, sin cercas que los separaran, los jugosos mangos que les endulzaban los besos.

Desde el mismo instante en que el ingeniero, desnudo hasta la cintura, con un capirote de penitente y una pollera blanca que le llegaba a los tobillos, se dio en la calle de la Cruz los primeros golpes en la espalda, entre los mayores del pueblo comenzó a difundirse un rumor que asociaba la penitencia con la lejana pérdida del amor de la vecina, una muchacha recatada, bonita y de alegre sonrisa, nieta de libaneses que se instalaron en Santo Tomás a mediados del siglo pasado, y a quien llamaremos Alicia.

El ingeniero no ignora que sus coterráneos creemos haber adivinado los motivos de su penitencia, pero no resulta fácil insinuarle que nos hable de su experiencia de penitente; no solo porque flagelarse en público no parece armonizar con su profesión, con su condición de hombre culto y con recursos, sino también por pudor, porque no puede hablar, aun cuando sólo sea de los latigazos con que laceró su carne, sin la molesta sensación de que el interlocutor piense, como quizá no puede evitarlo él, en los sentimientos compartidos con su vecina, rotos hace ya mucho tiempo.

Amante de la música, aficionado a congas y timbales que toca con sus manos ya encallecidas de ingeniero de obra, no de escritorio, le llevé, como para disculparme de mi imprevista visita, un CD con interpretaciones de Mongo Santamaría, que festejó con aplausos y bailó luego del primer trago de whisky 18 años que tomamos.

Apagada la música logré que habláramos, como me lo propuse, de la proximidad de la Semana Santa, de sus dulces y procesiones, del temor de que saliera sangre de un árbol cortado en viernes santo, como dicen que le ocurrió a Chepe Senior, en fin, de cómo era el pueblo en que nacimos, sin acueducto, sin luz eléctrica y sin letrinas. Recordamos, riéndonos con gusto, burlándonos del pasado, que los varones, que no podíamos usar bacinillas por ser un adminículo para mujeres, hacíamos las necesidades mayores en las afueras del pueblo, si se presentaban de día, o en el fondo del patio si surgían en la noche, lo que fomentaba el festivo vuelo de las moscas que luego caían sobre los alimentos y hacía de nosotros niños lombricientos y pipones.

En estas condiciones de primitivo -le digo-, puesta aparte la necesidad de espiar pecados cometidos, resultaba fácil castigar el cuerpo, aceptar las flagelaciones que entonces no desaprobaba la Iglesia. Recuerdo que en una Misa de Tinieblas, que se celebraba el miércoles santo, atemorizante porque en ella se apagaban los cirios y las lámparas a gas y gasolina, le oí decir al sacerdote en lo oscuro unas palabras que ahora entiendo como una manera de estimular al penitente: Al contrario de las plantas, que dan flores y frutos, el cuerpo solo produce excrementos y malos olores.

A estas alturas ya no me parece del todo imprudente preguntarle por su experiencia de flagelante, pero el ingeniero me distrae, después de tanto tiempo sin vernos se engolosina con los recuerdos que estamos compartiendo.

-Es mucho lo que ha cambiado Santo Tomás en los últimos años, dice. Con el acueducto, con agua en abundancia, florecieron jardines, mangos y nísperos en todas las aceras de las calles; y con la luz eléctrica desaparecieron los fantasmas que nos aterrorizaron en la niñez, sobre todo esos difuntos, casi siempre dizque parientes resentidos o muertos en pecado, que salían de sus tumbas a cualquier hora del día o de la noche a caminar por los corredores de las casas y a pedirles a todos los que los veían que les hicieran misas para salir del purgatorio o del infierno. ¿Te acuerdas de Mochila Quemá? -Sí, claro, se llamaba José Antonio Pérez, era el que mataba los cerdos en mi casa. -Bueno…tan familiarizados estábamos entonces con los espectros que una mañana ese señor vio a su difunta madre barriendo el patio de la casa y le dijo con tranquilidad: no, mama, ya usted se murió, no siga barriendo; devuélvase mama, devuélvase para donde Dios la tenga, deje de andar penando por aquí.

Las nuevas generaciones, agrega, nada saben de espantos. Aquellas calles, barrizales en que hociqueaban los puercos, están ahora tan bien pavimentadas que cuando me visitan amigos cachacos los invito a hacer un citytour en mototaxi. ¿Cómo te parece?

-Fantástico, ahora se vive con más comodidades, no hay casa que no tenga televisor, computador, nevera, estufa, pero ¿no crees que en esta época, en la que creo se sobrevalora el cuerpo, con gimnasios por todas partes, con desnudos bellísimos en portadas de revistas lujosas, deberían haber desaparecido ya las flagelaciones?

El ingeniero se reacomoda inquieto en su butaca, siente sin duda que la pregunta conlleva una segunda intención que le molesta, que lo implica; toma un sorbo de whisky, reflexiona un tanto y me responde: no olvides que las creencias de los pueblos son mucho más fuertes que las filosofías, las ideologías, incluso las tecnologías. Ni en Rusia ni en Cuba han podido con ellas.

-Ya sé que eres creyente católico y, además, godo, como tus mayores; dicen en el pueblo que tu familia, la de tu colega, el ex magistrado Ernesto Ariza, la de tu cuñado Mario Modesto y la del ex alcalde Pacho Mejía, son los dueños de la misa del jueves santo, no hay quien se atreva a quitarles el palio- le digo, con lo que suelta una carcajada que confirma la veracidad de la observación. Deja de reír cuando agrego, sin ambages: tan fervoroso creyente eres que te “picaste de penitente” cinco veces, eso es para machos, para duros.

-No me recuerdes, por favor, que me gané en un baile, que desbaraté, la mala e inmerecida fama de machista.

¿Cómo puede una persona educada aceptar y someterse a una penitencia que produce tanto dolor?

-Eso no duele, el preparador me dijo que me diera los primeros golpes con todas mis fuerzas; fue un buen consejo porque luego de caminar los primeros cien metros no sentía nada en las carnes que flagelaba con una disciplina que, como tú sabes, lleva en las puntas siete bolas durísimas de cera de abeja. Cuando, después de casi media hora de tranco largo llegué a la cruz y me incliné para rezar el Credo ante ella, ni siquiera sentí las cortadas que con una cuchilla de afeitar me hizo el preparador para drenar la sangre acumulada a la altura de los riñones. Al levantarme y continuar dándome latigazos allí, ante la cruz, supe, por el horror que veía en las caras de los que tenía enfrente, que mi sangre salpicaba con los golpes a los que estaban detrás de mí. Lo que sí es para machos de verdad es la arena que te quema los pies descalzos.

Un poeta de aquí, de Barranquilla, a quien admiro mucho, no por la dimensión de su fe sino por la hermosura de sus versos, se picó de penitente, quizá molesto con su homosexualidad, y luego publicó un reportaje titulado Quitándome la Maricada, en el que dice que lo más bravo es la arena caliente, “es como caminar sobre carbones encendidos”, escribió.

¿Te formuló un sacerdote la penitencia o prometiste hacerla por tener algún pariente enfermo? -Ni lo uno ni lo otro, hace años no me arrodillo en un confesionario. Me sentía angustiado, culpable, aún no he dejado de sentirme así a pesar de mis flagelaciones. Uno no solo se castiga para agradecerle un favor a Jesús, puede hacerlo para tratar de perdonarse uno mismo.
-¿De qué te sentías culpable? ¿De la pelea con los gringos? Eso ocurrió hace mucho tiempo.
-Nunca he hablado ni quiero hablar de las razones que me llevaron a flagelarme porque tú y todos en el pueblo las saben, no vengas a hacerte el pendejo ¿Cómo te parecen los goles de Muriel? Pregunta un tanto fastidiado, lo que me obliga a despedirme luego de elogiar el gambeteo del futbolista tomasino que juega en Italia.

La verdad es que la penitencia de nuestro ingeniero es una consecuencia de esa buena costumbre que tienen las tomasinas de volver con el novio conquistado en tierras lejanas, sea éste suizo, norteamericano o cachaco, para casarse con él en el pueblo, lo que le da prestigio a la familia de la casada. El primero de estos matrimonios, con vendedores de cigarrillos, chocolates, raspao, fritangas y servicio de mototaxis en los alrededores del salón de fiesta, fue el de Ingrid Pertuz Mejía, que se casó con el norteamericano Tood Fellner, y en cuyas tarjetas de invitación se limitó por primera vez en el pueblo el número de invitados de una familia: uno, dos, tres cupos, información que no resultó fácil entender ni mucho menos aceptar.

María Charris, que acogió esta modalidad para la fiesta de su hija Anayle, fue objeto de comentarios adversos por “copiona”. Recuerdo que una mañana le oí decir a uno de los vecinos: mi mamá dice que si no vamos todos (eran cinco) es mejor que no vaya ninguno. El señor Aurelio Pizarro, padre de once hijos, al escuchar lo dicho se detuvo un momento; le preguntamos qué pensaba de las tarjetas de invitación de la señora María y respondió: eso está muy mal, es un invento de los Mejía, en mi casa se quedaron planchás las corbatas de mis cuatro hijos.

Tan felizmente casado se sentía Tood que volvió el año siguiente a festejar el primer aniversario de su boda con un grupo de amigos gringos deseosos de conquistarse in situ una tomasina. Uno de ellos, Alfred Muller, no pudo saber que Alicia estaba comprometida en matrimonio, ni ésta, un tanto sorprendida, pudo encontrar excusas para no bailar con él, entre otras cosas, porque en esos días había mandado el anillo de compromiso a Barranquilla para que le redujeran el tamaño y porque en el momento de ser invitada estaba ausente su novio de toda la vida, que quedó estupefacto al verla bailar con otro por primera vez.

Solo, más solo aún al ver vacías, como ahora la de él, casi todas las mesas que rodeaban la pista de baile, el entonces joven ingeniero pensó con desesperación que, como era costumbre, los invitados solamente volverían a sentarse al término de cinco piezas, que eran las que tocaba la orquesta en cada tanda.

Mientras veía bailar, ajeno a la alegría que compartían las parejas que bailaban, el ingeniero, que sin darse cuenta se tomó cinco tragos seguidos de whisky sin hielo, se sintió pasar de la estupefacción a la cólera de quien acaba de conocer los celos y experimenta por primera vez el temor de perder la mujer amada.
Toleró, sin embargo, que Alicia se secara el cuello con el pañuelo que le ofreció el parejo, pero no pudo tolerar, ya un poco borracho, que éste le enjugara el sudor de la frente y las mejillas.

Como un toro embanderillado se levantó del asiento, se abrió paso entre la gente, injurió a Alicia de una manera imperdonable antes de abofetearla y derribó de un golpe en la cara al americano. La algarabía se sobrepuso entonces a la música, las mujeres corrieron en tropel, Fellner tumbó de una trompada al agresor, sus compatriotas recibieron y devolvieron algunos golpes, pero la mayoría de los invitados del lugar acabó rodeando y protegiendo a los extranjeros. Cuando lo sacaron a la fuerza de la fiesta, el ingeniero siguió gritando insultos contra Alicia, pero de un modo que no a pocos les dejó la impresión de que la cólera se le iba deshaciendo en llanto.

Ni Alicia, que ya tenía casi dos meses de embarazo, ni sus padres y hermanos han podido perdonarlo. Se flageló porque, unos veinte años después del escándalo, no conseguía perdonarse. El ingeniero penitente, Néstor Mejía de la Hoz, vive solo en Barranquilla, Alicia sigue con sus padres en Santo Tomás. Dicen que la flagelación le sirvió para que la hija comenzara a visitarlo, y que sigue esperando a Alicia.

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