A perpetuidad, víctimas del miedo

A pesar de que la prensa dedica espacio para combatir la violencia contra las mujeres, todavía no se refiere a las víctimas perpetuas, personas que escaparon de sus torturadores, pero que son acechadas, adonde vayan, por ellos y su entorno criminal. Dos historias con nombres ficticios para su protección evidencian esta situación que no es excepcional.

“Me fueron violando uno por uno hasta cuando pasaron todos”. / Fotoilustración

* “Fui violada seis meses para ‘pagar’ una deuda”: 'Marta', madre fugitiva

¿De dónde viene usted?

Nací y viví en un pueblo del sur de Colombia. Ahora que logré salir de allá, nunca podré regresar.

¿Por qué?

Porque me matan, pero antes de hacerlo me torturarían para hacerme sufrir.

¿Quiénes?

Hombres armados que me violaron y me encerraron hasta cuando les pagara lo que, según ellos, les debía.

¿Eran de un grupo armado legal o ilegal?

Eran paramilitares.

¿Le dijeron en qué consistía su supuesta deuda?

No directamente. Mi esposo se dedicaba a los oficios que encontrara en el campo. Un día llegó muy afanado y me dijo que tenía que irse un tiempo de la región. No me explicó más, pero no me pareció extraño porque los campesinos tienen que ir adonde los necesitan. Me quedé en la casa con mis dos niñas al frente de la tienda que teníamos. A los pocos días llegaron cinco hombres, cerraron la puerta y me preguntaron dónde estaba mi marido. Les contesté la verdad: que no sabía. No me creyeron. Entonces me dijeron que yo pagaría las deudas que él tenía con ellos.

¿Cómo le cobraron?

Mis hijas tenían, en ese momento, 4 y 6 años. Las sacaron del cuarto y me fueron violando uno por uno hasta cuando pasaron todos. Después se sentaron a comer y a tomar todo lo que encontraron en la tienda. Antes de irse me dijeron que no podía salir de la casa y que para estar seguros de que iba a cumplir la orden, cuando abriera el negocio, debía vestir pijama. La otra orden era que no le contara a nadie lo que había ocurrido, porque si no me mataban a mí y también a las niñas. Me advirtieron que no tratara de engañarlos porque me tenían vigilada.

¿Los clientes no le preguntaban por qué los atendía en pijama?

Les parecía raro, pero nadie decía nada porque quienes vivíamos en el pueblo sabíamos que estábamos sometidos a los paracos.

¿Cuánto tiempo la vigilaron?

Cerca de seis meses, tiempo en el que estuve prácticamente presa. La gente que me conocía sabía lo que me estaba pasando y aunque nadie podía hacer nada, un día me pude fugar gracias a la ayuda de unas personas amigas que se compadecieron de mi situación y, sobre todo, del peligro que corrían mis hijitas.

¿Cuántas veces volvieron a “cobrarle”?

Llegaban todas las noches a buscarme, a veces unos, a veces otros. El procedimiento era el mismo: cerraban la tienda y me violaban. Después se comían lo que encontraban y se iban. Yo no podía moverme más allá de la puerta porque estaba segura de que cualquier persona me vigilaba y podía denunciarme ante ellos. Estuve totalmente sometida cerca de seis meses, hasta cuando me fugué, junto con las niñas, dejando todo abandonado.

¿Sus hijas se dieron cuenta de lo que le sucedía a usted o las pudo mantener al margen?

Al principio los hombres las ponían lejos del cuarto en donde me obligaban a tener relaciones con ellos, pero, más adelante, ya no les importaba y las dejaban ahí, mirando. Les suplicaba que las alejaran de esas escenas, pero no me hacían caso. Un día me di cuenta de que la niña mayor estaba untada de algo parecido a semen. Me asusté mucho, pero aunque eso indicaba que se habían masturbado frente a ella, al menos no la violaron, de acuerdo con los médicos. Pero eso me hizo pensar que algún día tenía que arriesgarme a huir.

¿Cuándo lo intentó?

Un domingo me vestí par ir a misa a rezar por nuestra libertad. Pero en menos de 10 minutos estaban ahí y me dijeron que para dónde creía que iba a poder salir. Me tocó ponerme otra vez la pijama y después me puse a llorar hasta cuando amaneció.

¿Entonces cuándo huyó?

Un día, unas personas que se condolieron de mí, me hicieron llegar $30 mil y me mandaron la razón de que a determinada hora pasaría un camión. Me advirtieron que estuviera lista junto con las niñas para subirme a él tan pronto parara frente a la puerta de la tienda. Debía dejar el local abierto para tener unos minutos de delantera antes de que se dieran cuenta de que ya no estaba. Y tenía que darle la plata al conductor. Seguí las instrucciones y así salí de allí. Acudí a la Cruz Roja Internacional, que encontré en la ciudad a donde llegué. Pocos días después, cuando salía del albergue al que nos habían llevado, encontré a dos hombres que me estaban esperando. Me alcanzaron a apretar de los brazos y amenazaron con matarme. Me salvó que empecé a dar gritos. Los tipos se asustaron y me soltaron. Entonces tuve que volver a huir y ahora vivo en otra ciudad muy distante del sitio en que nací.

¿No se atreve a revelar su identidad?

¿Cómo puedo decir mi nombre? Me buscarían muy rápido y esta vez quién sabe si pueda escapar.

¿Su esposo volvió a llamarla o sabe algo sobre él?

Nunca más volví a saber de él. No sé si está vivo o muerto. Por nuestra seguridad, tampoco he intentado averiguar cuál fue su destino. A él no le importó nuestra suerte. Es mejor que las cosas sigan como están.

¿Cómo sobrevive ahora?

Tuve apoyo inicial de grupos de derechos humanos que me ubicaron en un albergue y me prestaron una suma pequeña de dinero para empezar. Compré varios paquetes de bolsas de basura y las empecé a vender en la calle. Fue muy duro y sigue siéndolo, pero pude ahorrar unos pesitos y empezar a pagar un cuarto de inquilinato. Aunque es humilde, el espacio es solo mío y de las niñas. Y lucho cada día por darles lo necesario.

¿Denunciaría a sus violadores?

¿Está loca? Primero, no sirve de nada. Segundo, nadie me va a poner atención, y tercero, me pondría en peligro. Prefiero seguir como hoy: un ser anónimo perdido en una ciudad.

* “Me daba golpizas y me obligaba a mirar al piso”: 'María', lideresa de mujeres violentadas

¿Siempre ha vivido en el municipio en que se encuentra ahora?

Siempre. Nací aquí y he estado en este municipio todos los años de mi vida.

¿Quiénes forman parte de su familia?

Mis cuatro hijos y yo. Vivo con el menor.

¿Por qué se interesó en atender casos de violencia contra las mujeres?

Porque la viví en carne propia y cuando uno ha pasado por esa experiencia y adquiere conocimientos para entender lo que sucedió, es muy difícil ser indiferente. Quiero que mujeres que están sufriendo lo mismo que yo no se resignen a su destino.

¿Cuánto tiempo vivió sometida?

31 años.

¿Por qué no reaccionó durante todos esos años?

Porque quien me maltrataba era el padre de mis hijos y aunque sufría y vivía con mucho miedo, creía que la vida era así y que había que resignarse.

¿A qué edad se fue a vivir con él?

Tenía 23 años.

¿Cómo la maltrataba?

Me daba golpizas en donde estuviéramos. Me tiraba puñetazos en el cuerpo, pero sobre todo en la cara, hasta cuando me veía morada. Si salíamos, era una tortura peor que si estábamos en la casa, porque yo sabía que no podía levantar los ojos. Tenía que caminar mirando al piso, porque, según él, yo siempre estaba buscando “mozos”. Estuve a punto de perder la razón por la tristeza y la rabia que tenía que tragarme en silencio. Llegué a pensar que no quería vivir más.

¿Es cierto que usted sufrió mucha depresión?

Sí, porque además de los golpes de mi marido, sufrí otro abuso que me puso al borde del suicidio: fui violada cuando estaba en mitad de uno de mis embarazos. Tenía 26 años e iba caminando por la calle para buscar algo de comida, en una época en que estábamos muy mal de dinero. De pronto sentí que me golpearon por la espalda. Quedé inconsciente y, cuando desperté, supe que había sido violada. También me di cuenta de quién era el violador. Era alguien que había visto porque vivía cerca de nosotros.

¿Lo denunció?

No, por miedo a él y a mi esposo. ¿Cree que él iba a aceptar que se trataba de una violación? Más bien me iba a caer a golpes y me iba a echar la culpa.

¿Cómo se sobrepuso?

Seguí viviendo por miedo de dejar solos a los niños, que también eran víctimas de su padre.

¿Qué les hacía?

Los castigaba a latigazos hasta cortarles la piel. Todos tienen cicatrices.

¿Por qué lo permitió en lugar de abandonarlo?

Durante muchos años creí que estaba actuando de manera correcta para conservar mi familia y me decía a mí misma que él iba a cambiar. En el fondo, también pensaba que no era bueno estar con un hombre hoy y con otro mañana. Prefería vivir con el papá de mis hijos y criarlos a su lado. Ahora, después de años de sufrimiento, me duele saber que cometí graves equivocaciones por ignorancia y que por eso hice sufrir a mis hijos ¡Qué tristeza para mí porque ahora, como madre y cabeza de hogar que soy, vivo un trauma personal y vivo el de ellos.

¿Por qué no lo denunció?

Sí, lo hice, cuando la violencia llegaba a extremos muy graves, pero nunca tuve el apoyo que lo llevara a un castigo. Por el contrario, cuando iba a presentar una queja, me daban a entender que la responsable del conflicto debía ser yo. Se negaban a iniciar un proceso y lo cerraban antes de abrirlo. Entonces me tocaba regresar, resignada, a la casa.

¿A cuáles autoridades acudió?

Además de Bienestar Familiar, fui varias veces a la Policía, a la Comisaría de Familia, a personas que dictaban charlas de convivencia y derechos. Pero nunca tuve una orientación como la de la ONG que nos ayuda ahora.

¿Cuándo y por qué tomó la decisión de separarse?

Cuando mis hijos crecieron me dijeron que no defendiera más a su papá y que aunque yo siempre intentaba disculparlo, ellos eran mayores para saber que nunca iba a cambiar. Un día, uno de mis hijos se le enfrentó y le dijo que no iba a permitir que me volviera a poner la mano. Mi exmarido se enfureció y le gritó que si no le gustaba que él estuviera allí, sacaran el machete y se mataran. Intervine para impedir la pelea y después de que se calmaron, él se fue y nunca volvimos a vivir juntos, a pesar de que lo ha intentado.

¿Aún le teme?

Ya no, aunque siempre pienso que no sobra cuidarme. Hoy le puedo decir, francamente, que soy otra persona. He recapacitado, he aprendido y pienso que a pesar de que perdí gran parte de mi vida por falta de conocimiento, nunca es tarde para defender los derechos propios y los de otras personas que viven intimidadas. Por eso lucho cada día y soy feliz cuando mujeres que están pasando lo que yo sufrí despiertan, luchan y protestan. Algún día saldrán de ahí, como me pasó a mí.

Esclava sexual por 15 días

Tenía 22 años. Estaba en mi casa, cerca del campo. Había empezado a ir a reuniones de víctimas porque unos paramilitares mataron a mis dos hermanos. Esa mañana terrible llegó un hombre en una camioneta y me subió a la fuerza. No dejó siquiera que me vistiera: estaba en pijama. Me llevó a la montaña y allí me amarró las manos a la espalda. Otros dos tipos me golpearon hasta dejarme hinchada, y me reclamaban por ir a las reuniones. Al día siguiente me violó, primero, el que le decían jefe y, después, 50 hombres más que hicieron fila. Encontré a otras prisioneras que habían pasado por lo mismo en ese cambuche. Durante 15 días me sometieron sexualmente. La última vez que los vi las mujeres estábamos en la quebrada bañándonos, cuando empezaron a escucharse tiros. Aproveché la confusión y salí corriendo, desnuda. Me encontré con unos policías que me cubrieron con una chaqueta. Me acercaron a una población, pero horas después casi me matan otros paracos. La Cruz Roja me trasladó y días después me subió la fiebre y un gran dolor. Me diagnosticaron infección masiva y destrucción de órganos reproductivos por los objetos que me habían introducido. Me tuvieron que reconstruir la zona baja de la pelvis. Vivo oculta porque saben que los puedo identificar.

Violadores sin castigo

 

Según las organizaciones que se dedican a proteger a las mujeres y niños abusados y  violados por actores armados, y también por familiares cercanos, los victimarios siguen actuando en impunidad en un 90% de los casos. A veces no hay  denuncia porque las víctimas creen que se exponen en vano cuando formalizan ante las autoridades su situación dado que el sistema no funciona para imponer castigo a los culpables y la probabilidad de que sufran nuevos atropellos sea muy alta. Las estadísticas indican que hay correlación entre la denuncia formal y el incremento del riesgo de sufrir venganza. Varias Ong tienen cifras sistematizadas según las cuales los operadores judiciales hacen parte de una cultura que minimiza los casos de violencia de género o que los considera de baja  urgencia. Los grupos de defensa de mujeres agredidas ven con preocupación las propuestas de resolución judicial en los procesos de negociación con grupos al margen de la ley, porque tienden a dejar sin juzgamiento a los autores materiales a cambio de procesar a los autores intelectuales o a los jefes de los grupos delictivos. La reflexión que hacen es que si los violadores permanecen libres, podrán  buscar a sus víctimas para hacerles pagar la osadía de haberlos identificado.