Popayán arma su rompecabezas

Luego de 30 años del más fuerte y recordado terremoto que destruyó gran parte de la ciudad, la “Jerusalén de América” sigue siendo vulnerable por falta de previsión en los planes de emergencia.

Jorge Burbano / Colectivo 83

“Desde ‘Piendamóalto’, 25 kilometros antes de llegar a Popayán alcancé a ver una gran nube de polvo sobre la ciudad. El día estaba totalmente despejado. Al tomar una curva, el automóvil parecía perder su equilibrio. La tierra temblaba. Al occidente de la carretera, sobre el Valle de Pubenza la nube de polvo se levantaba como un cono atómico… En el carro solo pude llegar tres cuadras antes del centro de Popayán. Atravesé el parque Caldas. Como pude llegué a mi casa que quedaba al frente del Hotel Camino Real. Entré a buscarlo en medio de los escombros. El segundo piso enseguida de la pieza donde supuestamente estaba él se había hundido. Después de dos horas y media de buscar no lo encontramos. Y como había mucha tierra al frente de la casa, decidimos moverla con una máquina de obras públicas y ahí estaba difunto, Humberto Casas, mi padre”.

Los muros de bahareque con los que se construyó Popayán se habían venido a tierra. Los techos de tejas de barro, sostenidos con caña brava, amarrada con rejos de cuero, ahora se miraban en los andenes del centro de la ciudad. Esa Popayán de piel blanca, “de noble cuna y baja cama” mostró sus ruinas aquel 31 de marzo de 1983.

En 1982 la miseria había permanecido agazapada en las casonas aledañas al centro histórico de la ciudad. En una casa del barrio Alfonso López, cuenta el alcalde de la época, Luis Guillermo Salazar, vivían hasta quince familias compartiendo cocina, baño y miles de problemas sociales que estallaron el día del terremoto cuando se cayeron las casas donde estaban refugiados. Fueron casi 25 mil los que corrieron a los “lotes de engorde de los constructores de la época” que estaban al occidente y sur de la ciudad.

Sin embargo, para el imaginario colectivo de los “payaneses”, Popayán era la ciudad de los cien mil habitantes. La hidalga. La que durante tres siglos administró toda la economía peninsular, de explotación minera que hizo que la zona tuviera riqueza y en ella se configurara una élite no solo económica sino intelectual, militar y política. Un centro de poder que cubría media nación desde el Urabá, Antioqueño, hasta las regiones de Caquetá y Putumayo.

Pero la otra Popayán estaba tomando fuerza para reclamar un derecho que era precario: la vivienda. “En Popayán se vivía una situación de pobreza vergonzante, la gente no pedía limosna porque le daba pena. Conocí que Las Señoras de la Caridad y La Arquidiócesis le daban alimentación a mucha de esa gente”, recuerda el alcalde Salazar.

Por eso el día que se derrumbó Popayán, la Ciudad Blanca cambió para siempre. La crisis aumentó. Dos mil quinientas viviendas quedaron completamente destruidas y siete mil averiadas. Los muertos por la tragedia fueron 267 y los heridos 7 mil quinientos.

Se vinieron abajo los edificios de la Gobernación, la Alcaldía, la Arquidiócesis, la Universidad del Cauca, los colegios. “Todo era desconcertante porque la tierra nos había dejado impávidos. A las 8:15 de la mañana sentimos un movimiento vertical fuerte y luego vino el sacudón horizontal”, recuerda el alcalde de la época.

A las 10:30 de la mañana el Presidente Belisario Betancur arribó a la ciudad con la frase célebre que aún está en la mente de muchos ‘patojos’, “Popayán renacerá como el ave Fénix”. Prometió un crédito internacional de 80 millones de dólares, de los cuales solo 40 llegaron dos años después, con los que se reconstruyó físicamente la ciudad, que conservó el modelo colonial del siglo XVIII.

“Esa plata llegó en el año 85. A partir de esa fecha se empezaron a hacer todos los trabajos de reconstrucción que duraron más de cinco años”, cuenta Luis Guillermo Salazar. Mientras tanto, durante años mucha gente vivió en carpas y otra fue reconstruyendo sus casas con los dineros que solicitaron al Instituto de Crédito Territorial.

Los otros 40 millones de dólares que eran para la reconstrucción económica de la ciudad, según el alcalde Salazar, nunca llegaron. “Vino el gobierno de Virgilio Barco y el país tenía otros problemas como el de Armero y el Palacio de Justicia. En todo caso, el doctor Barco ya no tenía la visión como Betancur centrada en Popayán”. Y entonces el sueño de esta ciudad, de construir la central eléctrica de Julumito, nunca se pudo lograr. Tampoco la idea de ver una ciudad próspera. Conclusión, según Eduardo Gómez Cerón, historiador de la Universidad del Cauca: “hoy estamos en una ciudad que muestra los más altos índices de desempleo del país”.

La colonia y los invasores del siglo XX

Popayán ya no es la ciudad céntrica. Existen varias ciudades que no se tocan y mucho menos caben en una foto como quizá pasó hasta antes del terremoto. Están ubicadas al sur, norte, oriente y occidente de la ciudad, e incluyen los treinta y cuatro asentamientos que surgieron el día en que la Ciudad Blanca se derrumbó.

Algunos de esos barrios como el Santa Fe, se construyeron con la ayuda de los capitalinos que hicieron su aporte ante la tragedia. Los suizos entregaron una urbanización completa ubicada en “Las Ferias”, al sureste de la ciudad. Y así, todos esos espacios invadidos por campesinos del sur del Cauca, gente que vivía a los alrededores de la ciudad, que llegaron de otras partes de Colombia, y los propios habitantes hacinados hasta ese momento en las casonas del centro, construyeron la otra Popayán que hoy tiene más de 250 mil habitantes.

Por eso la Popayán de antes es una ciudad que vuelve a mirarse solo en Semana Santa. Es la ciudad para los turistas; según el historiador Gómez Cerón, “Popayán para la mayoría de gente no significa y creo que nunca significó. Aquí en el centro está el museo de arte religioso donde hay unas joyas verdaderamente importantes a nivel internacional y muy pocas personas las conocen. La compenetración con la ciudad colonial nunca fue importante”.

Actualmente aún existe una ciudad vieja que arquitectónicamente recuperó su aspecto colonial, pero que ya no es habitada por sus gentes porque es más institucional. Las noches de los días cotidianos son mortecinas. La gente se ha desplazado a vivir en los conjuntos cerrados, en los otros centros que se constituyen en la Popayán posterremoto, y que hacen del pasado, un barniz de Ciudad Blanca.

Hoy, cuando se deambula frente al Hotel Camino Real, los vestigios de una ciudad colonial huelen a terremoto. Y la casa de enfrente de ese hotel, hace recordar que hace 30 años, Harold Casas cuando iba a enterrar a su padre, se encontró con que su cuñado y todos los muertos de las tumbas del cementerio Central se habían salido de su aposento. Ahí, entendió que la nube de polvo que había mirado la mañana del 31 de marzo también era el anuncio de la partida de su padre y de la vieja ciudad que lo vio nacer.

El legado de 1983

El pasado 9 de febrero Popayán volvió a recordar que la tierra está viva y que no es una mentira que cada cierto tiempo en esta ciudad puede ocurrir un terremoto. El temblor que registró su epicentro en el municipio de Ospina, Nariño, de 6.9 grados en la escala de Richter y de 188 kilómetros de profundidad, estuvo lejos de esta región, pero dejó 22 casas afectadas en la capital y más de 1.600 en el departamento. “Ese hecho nos mostró que somos vulnerables ante los sismos. Si ese fue profundo, cómo será uno más superficial. Cómo serán las consecuencias”, dijo Adriana Agudelo, Directora del Instituto Colombiano de Geología y Minería en el Cauca (Ingeominas).

Treinta años después del terremoto de 1983, Popayán sigue siendo vulnerable, y es muy preocupante, según la directora de Ingeominas del Cauca, que aunque el reciente sismo que se registró en Nariño fue muy profundo, haya dejado un saldo importante de daños materiales. “Eso nos hace pensar en el tema de la vulnerabilidad porque la mayoría de las construcciones del municipio, son muy deficientes o muy antiguas que ya presentan un deterioro. Hay que hacer un esfuerzo muy grande en proyectos para mirar esas viviendas que necesitan ser reforzadas”, dijo la funcionaria.

Según la historia de la ciudad desde el siglo XVII se han registrado 127 movimientos telúricos que se asocian a la vecindad que se tiene con el nudo andino en donde existe una gran cadena de volcanes como Puracé, Sotará, Los Coconucos, Pusná, Galeras, entre otros. Así mismo, la directora de Ingeominas del Cauca recordó que Popayán está sentada en una zona de subducción donde la placa Pacífica, la Suramericana y la del Caribe chocan, lo que aumenta el riesgo de sismicidad que tiene la ciudad.

El sismo del 31 de marzo de 1983 fue de 5.5 en la escala de Richter y tuvo una profundidad de 4 kilómetros, lo que ocasionó, según la Ingeniera Agudelo, la destrucción total. Se ubicó a 46 kilómetros de la ciudad en la localidad de Julumito y fue asociado a la falla de Romeral que viene desde el norte de Ecuador hasta el norte de Antioquía.

A pesar de esto, el legado que dejó el terremoto de 1983 es muy valioso no solo para la ciudad sino para el país, pues a partir de esa tragedia se implementó el código de construcciones sismo-resistentes a través del decreto ley 1400. También empezó a funcionar la red sismológica de Colombia y se empezó a implementar la red nacional de acelerógrafos que son proyectos, estos dos últimos, a cargo del servicio geológico colombiano que tiene estaciones en todo el país y están recogiendo información valiosa para alimentar los estudios de microzonifación que las ciudades de Colombia utilizan para hacer el desarrollo urbanístico.

La ingeniera Agudelo además insiste en que hace falta trabajar en capacitaciones, simulacros donde pueda participar toda la ciudad. “No solamente hacer un simulacro al año, sino varios hasta que la manera de actuar ante un fenómeno natural como este haga parte de la cultura de los payaneses”. 

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