La esclavitud y la dieta de María, dos razones para el cambio de fecha

Quinamayó, el pueblo donde la Navidad es en febrero

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Desde el 28 de febrero y hasta el 2 de marzo, los habitantes de Quinamayó, Valle del Cauca, comienzan sus fiestas más importantes: la adoración al Niño Dios.

En un corregimiento al sur del Valle del Cauca, las clases que reciben los niños en la escuela no se limitan solo a las asignaturas convencionales. Todos los días, como un compromiso ineludible, se dicta la cátedra afro, una asignatura donde se enseña sobre ancestralidad, cultura e historia de su raza.

El nombre de ese lugar es Quinamayó. Un territorio que sobrevive en lo más sureño del Valle del Cauca, a veinte minutos de Jamundí, y roza con el norte del Cauca, a solo media hora de Buenos Aires.

Este territorio es conocido por su particular tradición: es el único pueblo de Colombia donde la Navidad llega en febrero y no en diciembre. Sí, así como lo lee, más de un mes después de la celebración mundial.

Desde hace 150 años, por herencia de la esclavitud, las familias Viáfara, Carabalí, Aponzá y Balanta comenzaron a celebrar la Nochebuena en la segunda semana de febrero, cuando se cumplían 45 días de la dieta posparto de la Virgen María, luego del nacimiento del Niño Dios.

Pero esa no es la única razón. Heliana Portes de Roux, musicóloga y docente de la Universidad del Valle, explicó que la celebración de Navidad en febrero, entre otras festividades religiosas tradicionales en la región, se debe a que, en el siglo XIX, durante diciembre, los amos y terratenientes de la zona ocupaban a sus esclavos para que les sirvieran en las fiestas decembrinas. Y era apenas en febrero, cuando la época había pasado, que les quedaba un poco de tiempo para compartir con sus familias.

Quinamayó, como otras comunidades afro del Cauca, fue un territorio habitado por esclavos que trabajaban para los amos y terratenientes del Cauca y Valle del Cauca.

Los hombres labraban la tierra y el ganado, mientras las mujeres trabajaban en las labores del hogar de las grandes haciendas de la región. Esclavos y señores: la misma relación de yugo que marcó la historia del mundo.

Sin embargo, cuenta la docente, luego de que la esclavitud se disolvió, a comienzos del siglo XX, los ritos aprendidos se convirtieron en un elemento étnico e identitario de las comunidades.

La celebración del nacimiento del Niño Dios en febrero se hizo por primera vez en 1899. Así lo aseguró Wílmer Fernández, el docente de ciencias naturales y de la cátedra afro de la institución Sixto María Rojas, el único colegio del corregimiento.

“Sabemos que es importante que las tradiciones se perpetúen, por eso desde el colegio les enseñamos a nuestros niños de dónde vienen y quiénes son sus ancestros”, narra el profesor Fernández, como si estuviera en un salón de clases.

Pero ¿cómo ha hecho una comunidad de 4.500 habitantes para preservar sus costumbres por más de un siglo? Norman Viáfara, coordinador de la institución, comenta que el secreto está en educar desde la infancia. “Acá no solamente les damos la cátedra afro sino que todas las materias se enseñan con base en nuestra ancestralidad, especialmente desde el tambor”.

Por ejemplo, en las clases de matemáticas se enseñan las dimensiones de las figuras geométricas con instrumentos musicales propios de su cultura. En inglés, enseñan la letra de las canciones afro de la juga. En ciencias naturales y química, aprenden la composición de la madera. En lengua castellana, leen literatura sobre comunidades afro. En ciencias sociales, aprenden sobre la historia de su corregimiento y de sus ancestros desde la esclavitud. Y en ebanistería, aprenden a fabricar tambores.

Por eso, aunque las matronas del pueblo son importantes para la continuidad de la tradición porque son las que preparan la festividad, los maestros son los voceros de la cultura entre las nuevas generaciones.

La celebración de Navidad en Quinamayó tiene varias particularidades. El bebé que representa al Niño Dios en su nacimiento no es de piel blanca; es negro, en honor a las comunidades afro. La fiesta no dura solo un día, se extiende por 72 horas, de viernes a domingo. Los profesores, el párroco y la comunidad eligen tres meses antes a los niños y jóvenes que participarán de los rituales. Ser elegidos es como un premio, es todo un privilegio.

Durante la celebración, algunos niños tocan instrumentos musicales para interpretar las canciones de la juga. Otros danzan con trajes típicos de la región mientras el resto van desfilando por todo el pueblo.

Los más importantes son el padrino y la madrina del Niño Dios, que son dos jóvenes que acompañan la comparsa del pesebre humano que culmina, minutos antes de la medianoche del sábado, en la casa más antigua del corregimiento.

Luego del nacimiento todo es fiesta. Las matronas preparan el plato más típico de la región llamado “caigamos juntos”, una comida que se remonta a los años 50, cuando las familias preparaban sus manjares con todo lo que les sobraba del mercado del mes.

El viernes 28 de febrero, como hace 150 años, la tradición revivirá de nuevo. La celebración irá hasta el lunes 2 de marzo. Los jóvenes del colegio pondrán a prueba todo lo que han aprendido en sus clases. La cátedra afro saldrá a las calles. Ha nacido el mesías.

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