“Estuve aislado 67 días, seis veces la prueba dio positiva”

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Julián Cruz fue uno de los primeros casos de coronavirus de la cárcel de Villavicencio. Recuerda que sus vecinos lo amenazaron de muerte.

Julián Cruz nació en Guamal, Meta, hace 29 años; es dragoneante en el Establecimiento Penitenciario y Carcelario de Villavicencio hace cinco años y hace parte del INPEC hace diez. “Yo no creía que eso me pudiera dar a mí”, dice al recordar la incredulidad con la que pensaba en el virus que puso su vida en riesgo.

Los síntomas le empezaron a finales de marzo: sentía malestar general, dolor en los ojos, tos seca, perdió el gusto y el olfato. Decidió ir al médico el 3 de abril, sospecharon que tenía tuberculosis, pues estaba de servicio en el área de aislamiento en la que había pacientes con esa enfermedad. “No pensaron que era coronavirus porque para esa fecha todavía no había brote en la cárcel”, dice.

Le ordenaron exámenes que salieron normales, pero el 9 de abril lo llamaron de la Secretaría de Salud para informarle que probablemente era un caso positivo, porque uno de sus compañeros tenía el virus. Le recomendaron aislarse y cinco días después le confirmaron el resultado.

La cárcel de Villavicencio fue la primera del país en reportar contagios y se convirtió en un foco del virus. Esta penitenciaría de 7.200 metros cuadrados tiene dos pabellones: Colombia y Santander y alberga a más de 1.700 internos. En abril el hacinamiento era del 98 % y en mayo, según cifras entregadas por el alcalde Felipe Harman, la cárcel concentraba el 95 % de los contagios de la ciudad. En total se presentaron 901 casos, según la Secretaría de Salud; 42 de ellos eran funcionarios del cuerpo de custodia y vigilancia.

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“Estuve aislado 67 días, seis veces la prueba dio positiva”, dice. Para Julián, esta fue una experiencia difícil no solo por los síntomas, sino también por los ataques de personas intolerantes y la culpa que sentía por poner a su novia en riesgo. Los primeros días de la cuarentena estuvo con su pareja, pero cuando se enteró de que tenía el virus decidió aislarse.

“Vivo con un amigo, cuando le conté no lo tomó bien; pero me apoyó. Me aislé por completo en mi habitación, pero para tomar la prueba vinieron al apartamento las personas de la Secretaría y vestían su traje de astronauta, por eso se dieron cuenta en el conjunto y empezamos a recibir amenazas”, comenta. Julián dice que no le dejaban entrar domicilios, sus vecinos lo insultaban por la ventana e incluso le dijeron que si alguien más en el conjunto o la torre resultaba infectado lo iban a matar.

No se atrevía a salir de su cuarto, por eso esperaba a que su compañero le llevara comida. Se sentía descompensado y vivía preocupado por su pareja, que también tuvo síntomas; a ella le hicieron la prueba, pero nunca le dieron el resultado. Después de estar veinte días en su casa se enteró de que la Gobernación adaptó un hotel, para que los pacientes con COVID-19 que hicieran parte del INPEC se pudieran quedar allí. “Estaba pasando por una mala situación, entonces insistí mucho. El INPEC propuso enviar una persona tres veces al día para llevarme de comer, pero no era conveniente, por la reacción de las personas del conjunto. Cuando me llevaron al hotel, las cosas mejoraron”.

Cuenta que en una ocasión sintió dificultad para respirar y decidió hacerse vaporizaciones con eucalipto, tenía miedo de ir al hospital porque no quería que lo intubaran. Julián piensa que la recuperación de sus compañeros fue más rápida que la de él y por eso estuvo mucho tiempo solo. “Era un lugar bonito, nosotros mismos hacíamos todo. Cada quien tenía su habitación y nos turnábamos para cocinar”, dice respecto al hotel, pero afirma que nunca los visitó el personal médico.

En algún momento le hicieron una radiografía de tórax y recuerda que ese día el personal de salud lo trató con hostilidad: “Me recibieron de forma grosera, desde el celador hasta la persona encargada de la recepción. El que me tomó la radiografía incluso me dijo a los gritos: ‘quédese allá, hermano, eche para allá’”, comenta. Aun así, resalta la amabilidad y comprensión de las personas de la Secretaría que tantas veces le tomaron la prueba.

Julián sobrevivió al coronavirus sin contarle a su familia, no quiso preocuparlos porque estaban lejos y no lo podían ayudar. Del virus no solo le quedó el mal recuerdo, sino que tiene secuelas como tos leve, dolor de cabeza, fatiga y cansancio. Dice que se apoyó en remedios naturales como el agua de hierbas y las vaporizaciones. Cuando le comunicaron el resultado de la séptima prueba, la que por fin dio negativo, también le avisaron que al otro día entraba a trabajar.

Para él, en este momento el virus está controlado, pues no hay casos activos dentro de la cárcel. Quienes entran a la penitenciaría usan traje antifluidos, máscaras, tienen acceso a cámaras de desinfección y constantemente se lavan las manos y aplican alcohol. A quienes no se han contagiado Julián les recomienda aplicar todas las medidas de bioseguridad, no solo para protegerse a sí mismos, sino también a los demás.

Estima que el 80 % de sus compañeros tuvo síntomas en algún momento. “Cuando regresé al trabajo noté que estaban divididos: por un lado, los que no tienen miedo y creen que no es tan peligroso; por otro, los que seguimos las medidas de seguridad al extremo por temor a llevar el virus a nuestras casas”. Asegura que no fue fácil compartir su historia porque la gente no lo toma bien, terminan estigmatizando a las personas contagiadas y agrediéndolas, pero espera que sirva para tomar conciencia.

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