Relato de un periodista: notas

Noticias destacadas de Nacional

El nuevo pódcast documental de Cartagena Federal y El Espectador explora la memoria personal, la vida en familia y las formas de hacer crónica en radio a partir de la historia de un periodista, su descalabro político y las consecuencias emocionales que esto desató en su hogar.

La noche en que se posesionó como alcalde de Cartagena de Indias, en el ocaso de una fiesta corta y mandatoria frente a la Bahía de las Ánimas, mi papá decidió resolver el hambre voraz que lo aquejaba con una hamburguesa al carbón fría y media Coca-Cola personal. Había pasado horas sin comer, no muchas, pero sí demasiadas para él, acostumbrado a probar bocado cada vez que su ansiedad se lo exigía, y como en la celebración no había nada para masticar por un error de quién sabe quién, la primera decisión que Manolo Duque tomó luego de ser nombrado como la primera autoridad de la ciudad fue irse temprano a casa, con una parada técnica en los perros de Marcos, como lo había hecho casi toda su vida como periodista.

El estruendo de las camionetas colosales y las motos de la Policía removió de un tajo el silencio característico de los primeros de enero en el Pie de la Popa, adormilado y débil por las fiestas de fin de año, y ni siquiera así el chino de los perros cambió su semblante estoico e imperturbable al ver llegar la caravana luminosa. Nos detuvimos, le pregunté a mi papá qué quería antes de bajarme, y cuando me dijo que una hamburguesa grande supe que su apetito era, por lo menos, inusual. De lo contrario, hubiese ordenado uno o dos perritos, con diminutivo, porque justo ahí son diminutos.

-Dame siete, chino.

-¿Hamburguesas?

-Sí.

-Ya.

En ese momento sentí el afán de mi papá, pues abrió la puerta de la Toyota gris oscuro y soltó una expresión imperativa entre grito y petición.

-¡Pilas!

El chino empacó raudo las siete bolas irregulares de aluminio en una bolsa mencha, destapó una Coca-Cola 350 y le dije que le devolvía el envase otro día. Él asintió, fresco, aunque sabía que no se lo iba a devolver nunca, y dejó caer su enhorabuena, como muchas otras personas en los días previos y en los que vendrían.

“Felicidades”, dijo. Respondí lo de siempre a pesar de no entender muy bien, de no comprender a fondo el porqué de los agasajos de todos: de compañeros, amigos, familiares, novias, exnovias, conocidos y desconocidos. “Gracias, chino”, repliqué. Me subí al carro, repartí y lo siguiente fue el sonido del metal delgado desgajándose, dando paso al olor creciente de la cebolla y la carne que se apoderó de la cabina, y que redujo a casi nada el aroma del cuero combinado con el del aire acondicionado que enfriaba la comida.

En esas mi papá, que ya había mordido más de la mitad de su cena, me pidió la gaseosa. Le di la mitad, se la bebió rápido y segundos después del sorbido burbujeante del final soltó un bramido de satisfacción que lo dejó listo para dormir.

***

Los hechos que acabo de relatar sucedieron un 1° de enero de 2016, y escribí dichas líneas una tarde de sábado en octubre de 2017, luego de volver de visitar a mi papá en la cárcel de Sabanalarga, Atlántico. Ese día sentí que no podía no escribir sobre lo que estaba pasando, motivado por el hecho particular de que quien nos llevó a mi hermano y a mí a Sabanalarga desde Cartagena fue Fredy Esalas, un cincuentón alto y gordo que se pasa las tardes en la tienda y en el parque del barrio fumando Marlboro rojo, vestido con jerseys piratas de la NBA y quien estuvo preso en varias cárceles de máxima seguridad en Estados Unidos por cosas que hizo cuando era parte de los Latin Kings, una pandilla, al parecer, muy grande y peligrosa.

Fredy nos llevó por orden de mi abuela, porque él suele estar por ahí para hacerle favores a quien esté cerca y lo necesite, y entró con nosotros a la cárcel para hacer visita porque mi papá y él se conocen desde que eran niños en Blas de Lezo, nuestro barrio al suroriente de Cartagena, solo que la vida los llevó por caminos separados y desiguales. Pero… ahí estaban y ahí estábamos, bajo un bohío de temperatura infernal en el que solo cabían cinco mesas plásticas, amenizado por el sonido lejano de las transmisiones de partidos de fútbol que salían de un televisor próximo a dañarse para siempre.

Sabía que mi papá, otrora alcalde de Cartagena, se sentía incómodo por muchas cosas. Porque, obviamente, no quieres que tus hijos tengan que madrugar todos los sábados para ir a verte durante cinco horas repletas de charla superficial. No quieres que vean lo precario que es el lugar en el que vives ahora, en el que todo, incluso la gente, huele a humedad. No quieres comer arroz recalentado una vez más con ellos, cuando tantas veces en la vida comieron manjares recién hechos, como las hamburguesas del principio.

Sin embargo, sé que el día que escribí las líneas de apertura de este texto, lo que más le incomodó a mi papá fue el relato de las aventuras carcelarias de Fredy, hecho por él mismo durante las horas de visita con el talento de un narrador natural. Escribo esto hoy, en febrero de 2021, con lo que puedo recuperar de la conversación gracias a la bondad infinita y traicionera de la memoria. Recuerdo con claridad a Fredy contando cómo identificó a un chileno el día que ingresó a la cárcel en la que él estaba preso en los dosmiles. El chileno no habló con prácticamente nadie el día que entró, y lo único que hizo fue estar postrado en la litera de su celda, con un malestar físico evidente. Fredy lo vigilaba acechante, pues intuía que algo raro pasaba con él, e iba a averiguar qué era. Al caer la noche, el chileno se fue al baño para hacer algo similar a vomitar o cagar, y Fredy se fue detrás suyo, listo para emboscarlo como un guepardo rabioso a un antílope incauto. Fredy se abalanzó sobre él, lo golpeó con más violencia de la que debía y le quitó hasta el último gramo recuperable de la heroína que llevaba en su sistema digestivo, pero no para consumirla, sino para venderla, como todo un emprendedor.

La cara de horror de mi papá era de pintura. ¿Conozco a esta persona capaz de esto que me cuenta desde hace tanto tiempo?, ¿cómo es que fue él quien manejó el carro en el que vinieron a verme hoy mis hijos? Es más, ¿es él quien va a salir libre de aquí ahora mientras yo me quedo preso? Estas preguntas, por supuesto, son solo una proyección de cuestiones que yo pensé, pero que, intuyo, también se le ocurrieron a mi papá. Y claro, desde mi posición como periodista obsesionado con narrativa de no-ficción y la conversión de la experiencia personal en escenas y reflexiones parciales con tufillo totalizante, escuchar anécdotas de este corte y estar en una situación compleja como estar preso -o tener a tu papá preso- tras un escándalo que escaló a nivel nacional, lo primero que motiva es eso: las ganas de convertir el sentimiento de que tu vida es una historia… en una historia.

Relato de un periodista que no sabía que lo tenía todo hasta que lo perdió nace justamente de eso. Tras un lustro haciendo crónica en radio en forma de pódcasts, es un ejercicio en el que desde Cartagena Federal, preocupados por los cuentos, personajes y costumbres de la Cartagena de los cartageneros tanto como por las formas de contar historias reales, intentamos capturar un sentimiento íntimo en forma de sonidos, entrevistas, narración y música. A lo largo de una serie de eventos en los que se cruzan las ideas de familia, el poder, la política, las drogas, Cartagena y el acto mismo de la narración pudimos extraer un relato coral de una familia para exorcizar unos hechos difíciles y sublimar emociones enterradas hace años, porque, por muy fácil que parezca, a veces lo más difícil es algo tan simple como hablar.

Para escuchar, pueden visitar la página web de El Espectador, pueden entrar también a www.cartagenafederal.com, o buscar “Relato de un periodista que no sabía que lo tenía todo hasta que lo perdió” y “Cartagena Federal” en su aplicación favorita de podcasts.

Comparte en redes: