Retrato de fronteras

Leticia, Tabatinga y Puerto Nariño: una visión de la frontera de Colombia con Brasil y Perú. El río, las ciudades, la gente. Sobre todo la gente.

No estaba, por supuesto. Eso ya lo sabía. Fue a buscarla, sin embargo, donde se suponía que debía estar. En el río, limitando con Perú, y en la Avenida Internacional, limitando con Brasil. Allí no había ninguna frontera. Por el lado de Perú sólo estaban las chalupas para cruzar a la otra orilla; por el lado de Brasil, unas vallas de la Policía para que las motos disminuyeran la velocidad. Ya está. Eso era la frontera. En ninguna parte pedían pasaporte, no había quién preguntara nada. Nada de nada. Ni siquiera lo normal: para dónde va, de dónde viene, qué va a hacer. Nada.

La gente pasaba hasta Tabatinga sin asombrarse. Esa era una calle más, una calle cualquiera. Iban en sus motos, con sus cascos, hablando, tal vez, sobre lo que les había ocurrido en el día o pensando en lo que les hacía falta para el desayuno. No se preocupaban por cambiar la hora de sus relojes —pues en Leticia siempre sería una hora más temprano—, por mirar si había alguna autoridad que estuviera documentando el paso o por revisar, en sus billeteras, si tenían pesos colombianos o reales, según fuera el caso. Nunca lo habían hecho. Ni siquiera antes de que Leticia y Tabatinga se unieran para convertirse en una sola porción de tierra. Antes estaban separadas por kilómetros de trocha y, en la mitad, estaba El Marco.

El Marco fue el pequeño poblado donde comenzó el comercio. Los leticianos caminaban hacia el sur y los de Tabatinga, un puerto fluvial, caminaban hacia el norte. Se encontraban en el medio para realizar la transacción. Pescado, verduras, arroz, chanclas, camisetas, electrodomésticos. Todo se vendía, todo se compraba y ellos, de parte y parte, empezaron a aprender los dos idiomas. Las palabras de lo que querían comprar, aunque fuera. Así se fueron uniendo. Ese marco, lentamente, fue expandiéndose, difuminándose en una sola avenida que atravesaba dos ciudades, dos idiomas, dos monedas y dos temporalidades. Las cosas se manejaban sin distinción. Tanto en Leticia como en Tabatinga se podía pagar con pesos colombianos o con reales; y no importaba, en realidad, si eran las seis de la tarde, hora colombiana, o las siete de la noche, hora de Brasil. El sol seguía ocultándose al mismo tiempo.

Así continúan las cosas. El sol sale a la misma hora en las dos ciudades. Y es, precisamente, en ese momento, que Marine Lardenet tiene que tomar la decisión más importante del día: salir por la puerta del lado de Leticia o salir por la puerta que se dirige a Tabatinga. Vive en un apartamento que queda en la mitad. Justo al frente de las vallas de la Policía. Es artesana. Es artesana y francesa. Es artesana, francesa e ingeniera ambiental, o algo así. Ahora se dedica a vender sus artesanías en cualquiera de los dos lados para ganarse lo del diario, para pagar el apartamiento —como dice— donde vive y, de vez en cuando, ir a algún bar a tomarse una cerveza. Carga una tela enmarcada en bambú donde cuelgan los aretes y los collares. Las manillas van en otra estructura, alargada y circular. Así vende, sobre todo a turistas, mientras se mueve en bicicleta como si fuera local, de ahí, de esas calles colombianas y brasileñas.

A Marine Lardenet la conoció en una pizzería después de que todo ya hubo pasado. Ya había recorrido Leticia de arriba abajo, de un lado a otro. Ya había caminado por Tabatinga y no le habían robado —o eso cree— y ya había subido hasta Puerto Nariño por el río. Había cruzado, también, en una chalupa, hasta Santa Rosa, la pequeña ciudad alargada de casas peruanas. Había hablado con más de 20 personas en su recorrido y había tomado el retrato de más de 20 personas sorprendidas, tal vez, por el miedo que se siente en esas regiones por las cámaras. Se dice, eso había escuchado, que las fotos te quitan parte del alma, para siempre.

Así que, cuando la Marine Lardenet le dijo que las fronteras no tenían sentido, lo dudó. ¿Qué quería decir con eso? No dijo que las fronteras no existieran. No dijo, como le habían explicado en Bogotá, que eran líneas que algunos dibujaban sobre los mapas, desde el centro. Eso no fue lo que dijo. Dijo que no tenían sentido. Y aunque ella intentó, repetidas veces, que le explicara lo que quería decir, a la francesa siempre se le resbalaba la respuesta por la comisura de los labios, mientras mordía, concentrada, su pedazo de pizza de pollo y maíz.

Marine Lardenet salió de Francia con la idea de conocer el Amazonas y lo consiguió. El río más grande del mundo. Impresionante. Sus aguas caudalosas, a veces turbias, a veces calmas. Tan ancho que, por momentos, no se puede ver la otra orilla. La única vía en una zona selvática donde no llega carretera. Los rápidos suben y bajan llevando gente a Puerto Nariño o a Macedonia o a La Libertad. A una u otra de las muchas comunidades que se asientan en sus orillas. Son buses, sí, sólo que éstos van por el río; árboles por un lado, selva por el otro, agua, el sonido de un motor que ruge, y viento, mucho viento.

La vida de muchos fluye ahora entre sus orillas, entre el ruido de esos motores. Por él transitan brasileños, colombianos y peruanos. En él pescan, por él se mueven, compran, venden, visitan a sus familias que viven del otro lado. Es su vida, la de ellos, que gira en torno de un río, que se mueve entre una frontera.

Ella se instaló en un hotel que se suspendía sobre las aguas de ese río. Lo sostenía una madera flotante que estaba anclada en su lecho, en medio de las tres fronteras. Y se quedó ahí por un tiempo, atendiendo los clientes que venían a vivir la experiencia de dormir sobre un río, en medio de un triángulo imperceptible que sólo se ve en los mapas. Se convirtió en una buena navegante, se acopló a la frontera y lentamente fue perteneciendo a ella.

Y no sabía ella que esos tres frentes vieron muchas cosas, por muchos años. No sabía que hace tiempo, por allá en 1700, fueron los jesuitas los que se instalaron donde ahora están Leticia y Tabatinga. Unos jesuitas desde España y otros jesuitas desde Portugal, que empezaron a crear asentamientos, pequeños pueblos, para convencer a los indígenas, para obligarlos a creer en su dios. Un único dios que no usaba taparrabos ni hablaba quechua, ni yuri, ni nada que conocieran. Era un dios que hablaba en español o portugués, según el caso, y que castigaba. Siempre castigaba.

Así eran las cosas al principio. Una pelea de los jesuitas españoles y los jesuitas portugueses contra los indígenas. Los unos a evangelizar y a esclavizar, y los otros a no dejarse. Los jesuitas, españoles o portugueses, querían una sola cosa: crear su propio Estado bajo sus normas, alejado de las coronas que, mientras tanto, intentaban formar, desde el centro, lo que luego se convertiría en Colombia y Brasil. Las fronteras no existían. Luego comenzaron a existir. En su búsqueda la disputa se fue transformando: el “otro” dejó de ser el indígena y pasó a ser el portugués o el español. Empezaron a tratar a los indígenas como aliados.

Cuando conoció a Marine Lardenet, su viaje ya estaba por terminar. Había comenzado cinco días atrás, con una niña y su madre, en el avión en el que se dirigía para Leticia.

La niña se había sentado en la silla central, a su lado. No tendría más de 4 años. Y la madre, una mujer joven de rasgos suaves, se había sentado por el lado del pasillo. Se había asegurado de que su cinturón y el de la niña estuvieran bien ajustados. Qué miedo montar en avión, el monstruo. Siempre era mejor y más seguro andar por río.

La niña, recostada completamente en el asiento, movía sus pies en el aire, envueltos en unas botas afelpadas. La chaqueta, gruesa y pesada, se la había entregado a su madre como si le estorbara. Después de un tiempo empezó a moverse desesperada, intentando desabrochar el cinturón de seguridad. Quería pararse sobre la silla, saltar, salir corriendo por el pasillo. Miraba el cinturón y miraba a su madre. Intentaba desabrocharlo y miraba a su madre. Se movía. No pertenecía ahí. Ni al avión, ni a la silla, ni a la ropa que traía.

Eran leticianas, seguramente. Eran habitantes de la frontera, descendientes de esos indígenas que, muchos años atrás, prefirieron el español al portugués y que se adiestraron bajo las filas de los hombres que hablaban con siseo, fuerte, directo, sin rodeos. Viajaban, tal vez, de vuelta a su hogar, pero ella no les habló para averiguarlo.

Unos 40 minutos después se vio bombardeada por una lluvia de nueces y maní. La niña, en su afán por comer el refrigerio que habían dado en el avión, había explotado el paquete que la azafata le había entregado. Ella se despertó sobresaltada. La madre le ofrecía disculpas una y otra vez y ella sonreía por dentro. Era consciente de la casualidad. Le regaló su paquete de nueces a la niña, que la miró agradecida sin decir una sola palabra y ella, poniéndola como excusa, abordó a la madre. ¿Cómo se llama? Anamitra. ¿Cómo? Anamitra. ¿Es un nombre indígena? ¿Qué significa? No, no es un nombre indígena, es un nombre hindú. Lo escuché en una novela por la televisión y no sé, realmente, qué significa.

La madre, tímida, le contó que ambas vivían en Puerto Nariño, por allá, río arriba, y que las llevaba un rápido que subía desde Leticia. ¿Cuando lleguemos puedo jugar en el río?, preguntó la niña que hasta el momento no había pronunciado palabra. Hablaba fuerte y muy claro, para su edad. Su fuerza contrastaba con la de su madre que se limitó a mover la cabeza afirmativamente. Y mientras la niña sonreía con la respuesta, ella pensó que todo era muy curioso; ya no parecía pesar la tradición. Algo había escuchado de que los indígenas, en sus comunidades, ya no vivían como indígenas. Anamitra, con su nombre y con sus botas de felpa, parecía confirmárselo.

Y fue así. Eso fue lo que vio cuando pudo llegar a Puerto Nariño, después de andar por mucho tiempo en uno de esos rápidos que suben por el río. Vio muchas casas en aquel lugar de montañas ondulantes, sin calles y sin ruido de motores. Pero hubo una que le sorprendió. Una casa que no tenía paredes ni ventanas. Sólo un techo que, si acaso, protegía de la lluvia. En el segundo piso, un sofá, de espaldas al río. Y justo al frente del sofá un televisor. ¿Que dónde lo conectaban? No había manera de saber. La familia entera estaba sentada observando el cambio de la imagen. Veían muñequitos animados. De ahí surgiría, seguramente, el nombre del nuevo integrante de la familia, que aún estaba en gestación. ‘Yogui’ se llamaría, como el oso que aparecía en pantalla. Tal vez ‘Jerry’, como el ratón. Quién sabe cuál les gustaría más.

Mientras caminaba, subiendo y bajando por las imperfecciones del terreno, intentando digerir eso que acababa de ver, descubrió un mirador. Quiso subir para mirar la selva amazónica desde lo alto. Pero abajo, en la puerta, como en los cuentos de hadas que le contaban de pequeña, había un viejo sentado. Escribía el nombre de los que entraban a mirar, esa era su tarea. Un trazo tras otro. Su mano temblaba un poco cuando levantaba el lápiz del papel, pero sobre él la línea era firme y clara. Así se iban formando las letras, despacio, suaves, como bailarinas sobre un escenario. Era un viejo sin barba, pero con historia. La invitó a sentarse a su lado y empezó su relato. Se llamaba Yolimo Cayetano y había sido un indígena. O lo era, ya no lo sabía bien. Era amante de la fariña y se la habían quitado, muy de niño, por muchos años. Se lo llevaron engañado.

Vas a tomar una taza de chocolate caliente, le dijeron, eso es lo que dan las monjas en la escuela, chocolate con pan. Para él, que vivía en una comunidad indígena, el pan y el chocolate eran un mundo desconocido, exótico, emocionante. Y entonces se fue. Una mañana, mientras sus padres no estaban, se escapó en una chalupa con un amigo. Se fue detrás de una taza que nunca llegó. Las monjas lo bañaron, lo limpiaron, lo vistieron con ropa adecuada y zapatos, ¿zapatos? Lo pusieron en la fila, con los demás, y le enseñaron a rezar. Cuando llegaron sus padres a buscarlo ya era demasiado tarde. Ya hacía parte de las filas de la evangelización, una cruzada sagrada. Se tenía que quedar ahí. Todo era por un fin mayor.

Aprendió mucho de matemáticas. Aún recuerda las raíces cuadradas y se las enseña a los niños que a veces pasan a visitarlo en la entrada del mirador. Pero no volvió a comer fariña, por muchos años, hasta que alcanzó quinto de primaria y dejó de estudiar. A pesar de madrugar y de los golpes con regla que recibía de vez en cuando, no fue infeliz; hoy agradece a Dios, a ese Dios al que le enseñaron a rezar, por la experiencia. Pero en ese momento hubiera dado todo por un pocillo de fariña. Sus zapatos, sus cuadernos, sus pantalones. Su reino por un pocillo de fariña.

Todo fue por esa época, cuando Yolimo Cayetano todavía era un niño, entre las cruzadas por la evangelización y las disputas por el caucho; fueron los españoles y los portugueses los que llegaron como salvadores a ‘civilizar’, a imponerse. No entendieron que allí ya existía una cultura. No quisieron entender. De ese momento a la llegada de la televisión sólo se necesitó esperar a que pasaran los años. El dolor no dejó impune a nadie.

Nadie se salvó. Ni siquiera los indígenas de Macedonia que aún viven en malocas. A ellos no los absorbió la televisión como a la gente de Puerto Nariño, los absorbió el turismo. Eso fue lo que ella vio cuando descendió del rápido. Habían sido más de dos horas de camino en medio de la lluvia. La máquina, por fortuna, estaba cubierta con un plástico pesado que sólo dejaba filtrar el sonido del agua que lo golpeaba en los costados. El viento frío lograba colarse por las esquinas.

Desde el puerto se alcanzaba a ver el pueblo: una maloca y unas pocas chozas, sin paredes y con techo de paja. Allí la recibió un hombre, de unos 30 años, vestido con bluyines y camiseta. Era indígena, eso decía, el líder de la comunidad. Mucho gusto yo me llamo Walmer, qué hace usted aquí. Qué quiere, la blanquita. La miró bien, de arriba abajo, de un lado a otro, a los ojos. Tan blanquita que era. El contraste entre los dos era evidente. Él, de piel tostada, casi ocre, pelo negro y ojos oscuros. Ella blanca, muy blanca. De pelo castaño y ojos claros. Dos mundos diferentes desde el color de piel. Ella era consciente de ello. Ya en sus caminatas por Leticia y por Tabatinga lo había experimentado. Todos la miraban, en cada cuadra, en cada esquina. Por su piel, por su pelo, por sus ojos. Por su sombrero, sus actitudes y su cámara. Así que cuando Walmer la miró, reconociéndola como distinta, ella no se inmutó. Para ellos siempre sería una extranjera.

El indígena la llevó a través de un suelo lleno de barro, que se había formado por la lluvia, a una maloca. La hizo sentar en una banca seca y señaló una de la esquinas del recinto. Por ahí entran las personas para los ritos y por ahí, dijo señalando la esquina opuesta, salen los malos espíritus. Nadie puede entrar por donde salen los malos espíritus…

Y así le contó que hubo un tiempo en que sus tradiciones se fueron desvaneciendo. Eran los españoles los que decían que eso estaba mal, que era pecado, que iban a caer en el infierno con sus prácticas. También, en ese tiempo, los esclavizaban para que extrajeran el caucho, para que mataran nutrias y les quitaran la piel. Se fueron alejando de sus ancestros, se fueron perdiendo de ellos mismos, desconociéndose , de a poco, ocultándose de aquellos que habían sido.

Aunque, según dijo Walmer, estaban intentando recuperar lo que se había perdido, ya no era lo mismo, no podía ser igual. Ella lo vio. Vio cómo empezaba el movimiento en el poblado cuando se acercaban las 11 de la mañana. Las abuelas y las mujeres, de piel tostada, como Walmer, se quitaban los bluyines y las botas para la lluvia y vestían sus taparrabos y sus plumas. Vamos a disfrazarnos, decían, que ya llegan los turistas. Usaban esa palabra, con naturalidad, de afán, mirando constantemente al puerto, para que la llegada de las lanchas no las cogiera desprevenidas. En ese pequeño puerto descendían los turistas, tiritando de frío, por el viento y por la lluvia, mientras se arreglaban sus vestidos de verano. Se enfilaban detrás del guía que los había llevado hasta allá y preparaban sus cámaras para lo exótico. Era eso lo que querían ver: el indígena en su hábitat natural.

Luego subían por el mismo camino de barro por el que ella había caminado y empezaban a sonar los tambores. Era un baile triste. Ella alcanzaba ver a las abuelas, de la mano con los extranjeros que no hablaban español. Estamos necesitando mucho el inglés acá, le decía Walmer desde el puerto en el que esperaban el rápido que ella tomaría, porque llegan los turistas y no les entendemos. Ya tenemos a un muchacho estudiando en el interior, para que venga y nos enseñe. Porque yo, por lo menos, sólo entiendo “Jelou”.

No conocían, ni siquiera, sus propias tradiciones y ya estaban intentando apropiarse de unas ajenas. Querían aprender otro lenguaje sin asegurarse de conocer el propio. Todo por los turistas y por su plata. Porque los habían acostumbrado a vestirse de bluyines y de camiseta. Ya algunos tenían, incluso, su maleta de marca para viajar. Esos eran los valores que tenían en la cabeza.

No eran todos, sin embargo. Muchos mantenían sus costumbres y sus prácticas. Tomaban yagé y mambeaban coca. Algunos se escondían para protegerse, otros luchaban por sus territorios cuando amenazaban con quitárselos. Eso fue lo que le contó Édison, un documentalista que, como Marine Lardenet, se había quedado en Leticia.

Lo había conocido una noche, caminando por el parque Santander. Vendía fotogramas de sus documentales. Ella le había comprado uno, el cielo amarillo de un atardecer, en algún lugar de la selva del Putumayo. Se lo volvió a encontrar, después, en una de las panaderías de Leticia. Hola bonita, le dijo, a ti ya no te ofrezco fotos. ¿Me puedo sentar a tomarme un tinto? Claro, le dijo ella, cómo no. Y mientras esperaba que se enfriara su café él había empezado a hablar. Había estado en la selva. Había conocido el dolor de los insectos que dejan sus huevos dentro de la piel. Había estado en La Sierra, con los indígenas de por allá. Lo habían amenazado los paramilitares. Había estado en las montañas, tomando yagé, para curar las penas de una vida rota, de alcohol, de droga, de amor. Y no se había podido curar del todo. Había atravesado Colombia sin un peso en el bolsillo y había grabado todo lo que había podido. Ahora estaba amarrado al Amazonas, por un tiempo, por una cámara dañada y otro amor roto. Quería recuperarla para volver a viajar, y a grabar.

Vivía en Tabatinga, porque era más barato y trabajaba en Leticia, porque le gustaba más. Ya sabía cómo funcionaba todo. Los horarios, las movidas, lo que había que hacer para ganarse lo del diario, los restaurantes a dónde se podía ir. Ya no se hacía preguntas, si es que alguna vez se las había hecho. Vivía, simplemente. Como Marine Lardenet, se había convertido en un personaje de frontera. ¿Por qué Tabatinga, siendo más grande y recibiendo más apoyo de su gobierno, no había absorbido, en algún momento, a Leticia? ¿Por qué nadie cruzaba para robar en Leticia? Nadie en esa ciudad dejaba, le contaron, perseguían al ladrón hasta que lo encontraban. Pero entonces, quien robaba, ¿no podría correr a esconderse a Tabatinga? Todas eran preguntas que la asaltaban mientras escuchaba el relato de Édison y lo que él había experimentado en la frontera. ¿Por qué no se había creado un nuevo lenguaje en la convivencia diaria de colombianos y brasileños? Con excepción de algunas palabras que habían tomado de uno y de otro —lo que llamaban portuñol— sus idiomas seguían intactos.

Édison hablaba con la mirada fija en su interlocutora. A veces la bajaba y ponía sus manos sobre la mesa. Se quedaba en silencio y movía los dedos, recordando. Entre ellos brillaba uno, el del medio, el más amarillo de todos. Era como si el recuerdo estuviera ahí, en ese dedo, en los espacios de su movimiento. Entraba por la uña y se expandía como un virus por la mano, por el cuerpo, hasta llegar a la cabeza. Y sólo entonces las manos se detenían y la mirada se iluminaba. Édison volvía a hablar.

Mientras tanto, las preguntas fueron apareciendo. Una pregunta y luego otra, y otra. A ella le había interesado su historia y quiso escucharla completa. Listo, había dicho él, pero se necesita tiempo. Y ella había dicho que sí, que bueno, que no importaba, que ella escuchaba. No calculó que, para contar una vida, se necesita mucho más que una tarde. No pensó, tampoco, que la vida no responde preguntas. Las formula, sí. Pero no las responde. Édison no supo contestarle en ninguna de las noches en las que contó su relato. Él, como los leticianos, no tenía respuestas para lo simple. No las necesitaba.

Y así estaban, sentados en una pizzería del centro, entre un par de pizzas de pollo y maíz y una grabadora que seguía marcando los segundos. La voz que tiembla, una exclamación, un suspiro, silencio… los instantes de él, que habla, los instantes de ella, que escucha, los instantes. Los instantes de una vida que se cuenta. Marine Lardenet entró en uno de esos silencios. Se detuvo en la mesa, con sus vestido naranja y sus artesanías. Había estado vendiendo. Delgada y sonriente. Pelo rojo y piel blanca. Se veía delicada pero sostenía sus artesanías con fuerza y determinación. Con la misma determinación con la que hablaba; buen español y acento francés.

¿Qué es una frontera para ti?, le preguntó ella después de un tiempo de conversación. Édison la había invitado a comer. Para mí las fronteras no tienen sentido, contestó. Y no dijo nada más, a pesar de los intentos de ella por hacerla hablar, por pedirle que le explicara, que le señalara lo que había querido decir. Ella tampoco respondía preguntas. Cuando terminó su pizza se puso de pie, muchas gracias, dijo, tengo que seguir trabajando. Se despidió y salió del lugar.

Ella se quedó ahí y la pizzería lentamente iba quedando vacía. Cada vez fueron menos los que quedaban en la calle. La voz de Édison se hacía cada vez más difusa mientras la vida de la frontera se apagaba. En Leticia, en Tabatinga, en Puerto Nariño. Se apagaba la vida como vida. Se apagaba para volver a encenderse, temprano en la mañana, con el rugir de las motos, con el vaivén de los rápidos por el río.

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