La revolución de Bogotá que causó el desempleo y que reportó Fabio Fandiño

Está es una página de la historia de Colombia, de la historia de la economía y de la historia del periodismo que bien vale la pena recordar como homenaje a este periodista que ayer murió a los 56 años de edad, a causa de un infarto.

Un sábado como el de hoy, como a esta hora, pero hace 16 años, Fabio Fandiño propuso, con su prudencia de siempre, en el Consejo de Redacción de Noticias Caracol del fin de semana, una crónica sobre el desempleo, para evidenciar con casos concretos el drama que muchos colombianos estaban padeciendo por cuenta del peor momento que estaba atravesando la economía colombiana en toda su historia. Ni siquiera la crisis de 1929 afectó tanto al país. En marzo del año 2000, el Producto Interno Bruto decrecía.

Fandiño dijo que el mejor escenario para atrapar ese mal momento de la economía y de algunos colombianos era un evento que ese sábado se iba a desarrollar en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, ubicado en el centro internacional de Bogotá.

Allí una entidad particular iba a ofrecer lo que muchos deseaban con toda su alma: un empleo.

Yo le dije a Fandiño, en mi calidad de director del noticiero de fin de semana, que fuera a ver qué historias pescaba. Pero con una buena dosis de escepticismo, agregué: "pida una cámara, pero si no pilla nada interesante, se devuelve rápido para que me ayude a montar notas de corresponsales".

Era jugársela por una nota periodística que era el común denominador en ese momento, el desempleo. Pero ese era el estilo de Fabio. Con esa mirada de yo no fui terminaba por convencerlo a uno.

Pues creo que ni él, y mucho menos yo, se imaginó que se iba a encontrar con la explosión humana que iba a recoger "de verdad pa Dios" la tensión que estaban sintiendo los colombianos por cuenta de no tener trabajo.

No sé qué estaba pensando hacer Fabio Fandiño, un periodista que hacía unos pocos meses había dejado un puesto envidiable, nada menos el que ostentó por más de 20 años en El Espectador, con todos los honores, Carlos Murcia, el de Editor Político, el dueño de la renombrada columna El Periscopio Político, de un diario que ya no era de los Cano sino de un grupo económico, el de Julio Mario Santo Domingo.

Fandiño se había vuelto a poner el overol de carga ladrillos sin darle el más mínimo complejo. Se dirigía, sin saberlo, a una de sus más grandes primicias periodísticas en todo el sentido de la palabra. Pero llevaba bajo sus hombros todas las herramientas del buen reportero que había adquirido en Colprensa.

Cuando llegó esa mañana sabatina al lugar de los acontecimientos, se topó con enormes colas de gente que salían hacia la calle de las entrañas del Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez. Todos deseosos de un empleo.

Fabio, con el camarógrafo y su asistente siguieron hacia adentro de la mole de cemento, donde se levanta el edificio identificado arriba, entonces, con el letrero de Banco Cafetero, el segundo más alto de la capital de la República. Los tres se fueron tras el origen de los tentáculos de personas, para saber cómo era la cosa.

La montonera de gente se los chupó por completo.

Mientras tanto yo en el noticiero no sabía con qué abrir a medio día. O sea, con qué informe comenzar el noticiero. Había empezado a armar el libreto, a lo que le dicen continuidad.

De pronto entra una llamada de Fabio, a quien no lo oía descompuesto, como siempre era él. No le entendí muy bien. Parecía decirme que algo jodido (el jodido es mío, porque Fandiño jamás usaba ese tipo de palabras) había ocurrido en el Centro de Convenciones. Me pedía con urgencia la microondas para rodar las imágenes. Es decir, para enviárnoslas. Yo sé la mandé.

Sólo supe la dimensión de la historia cuando vi las imágenes. Se había presentado toda una revolución, una especie de Bogotazo, pero sólo dentro de las paredes del Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada.

El drama del desempleo de los asistentes había explotado en mil pedazos. Se veían volar sillas, trompadas van trompadas vienen, vidrios rotos por doquier, personas lavadas en sangre. El caos total.

Y dentro de ese despelote sólo había un periodista, con su camarógrafo y su asistente. Era Fabio Fandiño.

El problema del periodista es no estar cuando suceden las cosas. Y Fabio estaba. Era testigo de primera mano. No había ni un solo reportero más.

Los demás periodistas reaccionaron. Pero todos se fregaron. Dios había dicho: esta historia es sólo para periodistas pacientes, estoicos, prudentes, humildes y educados, como siempre fue Fabio Fandiño.

¿Pues sabe qué ocurrió? Que ante el caos, los administradores del centro de convenciones cerraron sus puertas y no dejaban entrar ni salir a nadie. Ningún otro periodista pudo ingresar.

La historia que perseguía Fabio era no sólo una superprimicia sino una superexclusiva. Nadie se la podía quitar. Nadie más la podía contar. Las imágenes eran sólo de Fandiño, del Canal Caracol.

Y así fue, aunque al final la historia, por gajes del oficio, pareciera como si no hubiese sido de Fabio Fandiño, el reportero.

Como la historia era de tal magnitud, Yamid Amat, el director general de noticias, se apersonó del asunto y decidió que el informe en directo desde el Gonzalo Jiménez no lo hiciera Fandiño sino Martha Lucía Ávila. Yo le pedí que dejara a Fabio, porque era su historia, pero primó lo del registro, que es la ley implacable de la televisión.

Fabio, como siempre, tomó la cosa tranquilamente. De todas maneras todas las notas llevaron el crédito de Fabio Fandiño. Nadie le podía quitar lo suyo.

Lo irónico es que la historia exclusiva de Fabio, con imágenes y todo, aparecieron por la noche en otros noticieros, RCN y Noticias UNO, que nunca tuvieron sus cámaras en el epicentro de los hechos.

Después se supo que Mauricio Martín, un ayudante del noticiero, fue el que estropeó lo que era sólo de Fabio. Había cedido, sin consultar a nadie, las imágenes que tenían como único responsable de su cubrimiento a Fandiño. Eso enfureció a Yamid, pero el daño estaba hecho.

Fabio Fandiño se molestó con el asunto, como el solía molestarse: dijo dos palabras que no pasarían de "qué vaina".

Pero en el Canal Caracol siempre se supo que esa historia del desempleo fue sólo de Fabio Fandiño.

Ese periodista tranquilo, alejado por completo de cualquier vanidad, es el que nos acaba de dejar. El corazón de Fabio Fandiño lo traicionó ayer, tal y como también traicionó años atrás al grande que tuvo que reemplazar, sin complejos, en El Espectador, Carlos Murcia.

Fabio, de seguro y sin proponérselo, dejó su huella en las salas de redacción de Colprensa, La Opinión y El Espectador, en los noticieros de televisión de Caracol y el Canal Capital, y en la academia, en la Universidad de Pamplona y en la Universidad Central.