Rock, violencia y paramilitarismo, una estigmatización poco conocida en Santa Marta

El próximo 24 de Noviembre el Colectivo Casa Tachuelas realizará en la Universidad del Magdalena una jornada llamada Sonidos con Memoria para conmemorar a los jóvenes rockeros que fueron amenazados, desplazados y asesinados entre 1995 y 2008 por el Bloque Norte de las AUC.

Algunos jóvenes asesinados por paramilitares quienes por ser rockeros fueron estigmatizados de atentar contra las costumbres, según el mismo grupo armado. Cortesía Casa Tachuelas.

Originalmente, la estigmatización consistía en una marca física que señalaba a quien la tenía como distinto, extraño, “anormal” o criminal. La marca física se hacía visible para que los demás miembros de una comunidad fueran alertados de la extraña presencia.

Con la transformación de los distintos sistemas de castigos, las marcas físicas desaparecieron y dieron lugar a una clase de estigmas quizá más profundos e indelebles basados en las diferencias de clase, edad, raza, orientación sexual, religión, nacionalidad, etc.

En Colombia, el conflicto armado ha sido por años germen de muchas estigmatizaciones sociales que se han vuelto estructurales al problema de la violencia en el país. El simple hecho de vivir en ciertos lugares, vestir de ciertas manera, vivir en zonas rurales, ser indígena, o expresar una opinión distinta han sido elementos suficientes para señalar la vileza de la diferencia del otro.

En Santa Marta, por ejemplo, a mediados de la década de 1990 y hasta finales de la década de los 2000, se presentó un caso singular de estigmatización sobre la juventud de algunos sectores de la población adheridos a la cultura de la música rock.

La incursión y autoridad paramilitar en Santa Marta era tan latente entrado el nuevo milenio que en las calles la gente prefería no referirse al tema, en la arena pública, en la asamble de la ciudad, la situación no variaba mucho.

Basta con recordar el terror que extendió el Bloque Norte de las AUC a lo largo de 4 departamentos caribeños, entre ellos Magdalena, antes de la cuestionada desmovilización durante el primer periodo del Gobierno de Álvaro Uribe. Un informe de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía en 2009 señaló que en Magdalena se cometieron 127 masacres y fueron asesinadas alrededor de 609 personas.

La presencia paramilitar en Santa Marta fue denunciada por medios y organizaciones civiles en su momento, dadas las presuntas alianzas políticas que se cree mantenían las AUC con gobernadores, alcaldes y representantes de la región.

Estas autoridades al parecer sabían del flagrante lavado de dinero que cometía los “paras” en la ciudad producto del narcotráfico, la autoridad que ejercían y la libertad con la que transitaban  por los distintos municipios del departamento. Alianza que dio como resultado la firma de los pactos de Chivolo y de Pivijay, orquestados por alias Jorge 40, y que dieron origen a la investigaciones por parapolítica en esta región.

Como si fuera poco, y sumado a esta intrincada red de oscuras alianzas, existió un tipo de control y estigmatización social que ha pasado desapercibido por las autoridades y por la memoria histórica de la ciudad: la estigmatización hacia los jóvenes de la escena rock de Santa Marta.

Sin embargo, el silencio a voces que por mucho tiempo existió alrededor del tema ha empezado a ser visibilizado desde distintos colectivos e iniciativas de memoria de la región. Uno de ellos, el colectivo Casa Tachuelas, que desde 2015 viene promoviendo iniciativas de acción, comunicación e investigación alrededor de la memoria y la reivindicación de esas subjetividades políticas y formas de expresión silenciadas u opacadas por distintas formas de violencias, entre ellas, el olvido.

En 2016 dicho colectivo se unió al conocido Caribe Rock Fest para generar un espacio de memoria alrededor de la escena rock de la ciudad. El Caribe Rock Fest del año pasado dejó ver que este género musical en la costa es más que una alternativa cultural para convertirse en un importante escenario de discusión alrededor de la memoria, la violencia, la identidad y la estigmatización en la costa colombiana.

“Empezamos a sentir un silencio dentro de los colectivos que trabajan sobre la memoria en nuestra región alrededor de los casos de estos jóvenes, quienes incluso eran conocidos y amigos, que sufrieron de intimidación, amenazas y violencia por parte del control urbano paramilitar”, señala Eliana Toncelo, investigadora y coordinadora general del Colectivo Casa Tachuelas.

La vocera del mismo colectivo además señala que “en el Magdalena no se ha trabajado suficiente cuál fue el peso del paramilitarismo a nivel urbano”. Según Toncelo, el paramilitarismo ejerció un control urbano barrial: “Empezamos a investigar y nos dimos cuenta que no se trataba de una experiencia aislada sino de una actividad sistemática. Muchos de ellos fueron víctimas de desplazamiento forzado, pues fueron estigmatizados solo por usar ciertas prendas de vestir de color negro, dejarse el cabello largo, etc, todo lo propio de la cultura rock”.

Esta violencia contra esta forma específica de expresión cultural no ha sido documentada por las instituciones oficiales. Es más, quienes sufrieron estas violencias quedan en un limbo no solo jurídico sino además moral al no ser reconocidas como víctimas por estos hechos, lo que implica el restablecimiento de unos derechos que no les fueron protegidos.

El ejercicio que pretende el colectivo, más que reconstruir y visibilizar hechos como estos, lo que busca es “rastrear y transformar esos relatos que permitieron que la sociedad samaria señalara a esos jóvenes o simplemente no hicieran nada ante tal intimidación y violencia”, agrega finalmente Toncelo.

El próximo 24 de Noviembre en la Universidad del Magdalena, junto con el apoyo del Centro Nacional de Memoria Histórica, el Colectivo Casa Tachuelas realizará una jornada conmemorativa llamada Sonidos con Memoria.

Iniciativa que desde 2015 viene realizando producto de la investigación y la reconstrucción de la memoria sobre la violencia ejercida contra la escena del rock en la ciudad. El evento pretende, además de visibilizar a las bandas locales, servir como ejercicio de reivindicación cultural, política y democrática que ponga en discusión pública el respeto por las alternativas y diversas formas de expresión y de estéticas, que a la larga significan formas de estar y existir en el mundo, de relacionarse con los otros y el territorio. Esto con el fin de parar los discursos estigmatizadores y evitar que surjan de nuevo los señalamientos denigrantes contra lo alternativo, y posicionar así el rock caribeño como parte también de la identidad de esta región.

El evento contará con la presencia de investigadores, antropólogos, cineastas, bandas y otros artistas de la región que reflexionaran y mostrarán sus experiencias y productos audiovisuales acerca de la historia del rock en el caribe, sobre todo el rock en la época paramilitar tardía.