Rumores de paz

Colombia celebra este miércoles el Día Internacional de la Paz en medio de versiones sobre supuestos acercamientos entre el Gobierno y la guerrilla. ¿Qué tan viable es este escenario?

¿Es posible la paz en Colombia? Desde hace más de 30 años, cada posesión presidencial, cambio en la cúpula militar, captura o baja de un jefe guerrillero o comunicado emitido por las partes suele avivar especulaciones sobre posibles negociaciones de paz. Y escudriñamos cada gesto que pueda dar indicios sobre las posibilidades de que esta vez las cosas vayan en serio.

Hace unas semanas se intensificaron los rumores sobre posibles diálogos de paz con las guerrillas, tras varios sucesos: el intercambio de mensajes que dejan entrever la existencia de contactos avanzados entre el Gobierno y las Farc (y, en menor medida, el Eln); el surgimiento de un proyecto de ley a favor de la desmovilización de las guerrillas; el aparente congelamiento del proyecto de desmovilización de las bacrim (para no entorpecer los diálogos con la guerrilla); la multiplicación de artículos y columnas sobre el tema, etc.

Que el gobierno Santos parezca haber reactivado la búsqueda de una salida negociada al conflicto es positivo, pero queda la sensación de que nada ha cambiado en verdad y estaríamos una vez más tomando el problema al revés.

La paz es un concepto altamente polisemántico, con significados muy diferentes según los actores; sin embargo, todo el mundo actúa como si su contenido fuera evidente. Todo el mundo habla de paz y quiere la paz, pero nadie tiene claro qué tipo de paz quiere ni la concibe de la misma manera.

En 1978, en su libro sobre teorías del liderazgo (Leadership), James MacGregor Burns desarrolló una distinción entre los líderes de tipo transaccional y los de tipo transformacional. El libro tuvo un impacto bastante limitado, pero esa tipología puede ayudar a entender mejor por qué en los últimos 20 años las tentativas de paz fracasaron.

Un proceso de paz es transaccional si consta principalmente de transacciones o arreglos mutuos entre las partes, sin buscar cambiar el orden institucional o transformar el sistema. Estos procesos pueden conllevar cambios importantes, pero son esencialmente inclusivos o redistributivos. Se limitan por lo general a la reintegración del actor armado ilegal en el sistema político y socioeconómico.

En Colombia, el proceso de paz con los paramilitares fue básicamente transaccional, se trató principalmente de transacciones o regateos entre las partes.

Los procesos transformacionales, al contrario, no se reducen a intercambios de poder por beneficios económicos o espacios políticos. Intentan abordar los problemas de fondo derivados de las causas del conflicto, buscan transformar las estructuras del sistema e implican un cambio de las “reglas de juego” para alcanzar la paz.

Sobre el papel, estas dos lógicas tienen implicaciones importantes en la agenda, la forma de negociar, la naturaleza de los acuerdos y, sobre todo, en los objetivos de los procesos. No es lo mismo negociar una “simple” redistribución de las riquezas (tierra, recursos energéticos…), que reivindicar una transformación del acceso a esas riquezas. No es lo mismo luchar por una porción del poder local o regional para compartir o apoderarse de los recursos del Estado, que tratar de acceder al poder para buscar cambios estructurales profundos en el país.

Durante los últimos años, las Farc y el Eln reiteraron que querían ser un instrumento de cambio; tenían interés en un proceso distinto al de las Auc. Pero las tentativas de paz fracasaron porque las partes tenían visiones de paz distintas y no había consenso sobre los propósitos de la negociación. El Gobierno insistía en un proceso exclusivamente transaccional, las guerrillas reivindicaban uno más transformacional.

Hoy el Gobierno dice no haber cerrado la puerta a la negociación, pero insiste en que los resultados tienen que pasar por un cese de acciones violentas y por la liberación de los secuestrados. Las guerrillas siguen afirmando que la paz no puede resumirse en desmovilización a cambio de una simple reinserción, que debe ser un proceso de transformaciones económicas, sociales y políticas.

Esas posiciones tienen sus propias lógicas, pero ponen el dedo sobre el problema de fondo: ¿cuáles serían los objetivos de una negociación? ¿Estarían dispuestas las Farc y el Eln a satisfacerse con una “simple” integración al espacio de la participación política, a cambio de su desmovilización (proceso transaccional)? ¿Estaría el Gobierno colombiano dispuesto a negociar algunas transformaciones o reformas políticas o económicas, es decir, a ir más allá de la adopción de medidas inclusivas (proceso transformacional)?

Allí está el nudo gordiano de una eventual negociación en Colombia. Es cierto que en cualquier negociación las partes suelen esconder sus verdaderas intenciones, por razones supuestamente tácticas. Pero antes de hablar de un posible cese al fuego, antes de hablar sobre la agenda, las partes deben establecer de manera clara, precisa y compartida cuáles serían los objetivos de una negociación.

Puede ser aún muy prematuro, pero ponerse de acuerdo a través de un texto sencillo, como una declaración de principios, no sólo permitiría aclarar las posiciones y el grado de consenso (si lo hay) en cuanto a los objetivos de la negociación, sino también a identificar mejor los retos de la negociación.

La pregunta —una vez más— no es si la paz es posible en Colombia, sino qué tipo de paz es posible y deseable para ella.

* Codirector del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Universidad Externado de Colombia.