En Santa Marta queda el jardín infantil más grande de Colombia

Con una alianza público-privada en esta ciudad se construyó el centro educativo. Allí se atiende a 300 hijos de desplazados y personas de bajos recursos.

Timayui —que en lengua kogui significa ‘amor a la luna’— nació hace 15 años a orillas del río Manzanares, al nororiente de Santa Marta. Sus primeros habitantes llegaron de la Sierra Nevada, de Ciénaga y de las zonas bananeras de Aracataca y Fundación, algunos desplazados por las balas y la zozobra que impusieron los armados de todos los bandos y otros por el invierno que los dejó sin techo. Construyeron con tablas y columnas de cemento un puente colgante para comunicarse con la gran ciudad, se asentaron y se fueron multiplicando.

Entre los 10 mil habitantes que hoy recoge Timayui conviven desplazados, reinsertados, amas de casa, mototaxistas, tenderos, aseadoras y desempleados. El puente colgante por el que sólo cruzaban motos y personas, que quedaba cubierto por el Manzanares cada vez que llovía, hoy se ve pequeño al lado de una estructura, inaugurada en mayo, por la que pasan vehículos de todos los tamaños y por la que los habitantes esperan que también llegue el progreso.

En el barrio, lleno de morenos descalzos, suenan los golpes del dominó contra las mesas por el duelo de todas las tardes, pasa de largo un mototaxista transportando a su vecino, rueda la pelota del cotejo que los chicos improvisan en la arena y se oyen las charlas de vecinas en las aceras, mientras se tambalean sobre las mecedoras para recibir la brisa de la tarde. Sol Mejía, de 49 años, se apunta las chanclas, detiene los quehaceres domésticos y a eso de las 3 camina hacia el jardín infantil para recoger a Lauris y Marleny, sus dos nietas de 2 y 5 años.

“A Lina, la mamá, le queda tiempo para estudiar, y las niñas han aprendido mucho… hasta a hablar. Esto ha sido muy bueno”, dice Sol cuando se refiere a la imponente estructura, que brota de la mitad del barrio samario. El jardín infantil más grande de Colombia: el Centro AeioTÚ ‘Ciudad de la alegría’, inaugurado el último noviembre gracias a una alianza entre la Alcaldía de Santa Marta, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y la Fundación Carulla. Son 8.190 m² donde están construidos 12 bloques que fueron imaginados y materializados por el arquitecto barranquillero Giancarlo Mazzanti, quien se inspiró en las formas de las rocas y las siluetas de la Sierra.

Sol llega al jardín (puede entrar a la hora que quiera a visitar a sus niñas), saluda a Roney Martínez y atraviesa las instalaciones decoradas y adecuadas con elementos reciclados que embellecen la estructura. Las canecas de basura son baldes recolectados en el barrio, del techo penden flores hechas de envases de gaseosas y en las paredes hay secuencias de fotografías donde los pequeños de Timayui enseñan cómo lavarse las manos o los dientes. Ahí están Lauris y Marleny.

¿Qué es lo que más te gusta de venir al jardín? “La comida, que me cuenten cuentos y mis amigas”, dice Marleny, quien lleva una dieta regulada por el jardín, porque, como muchos de los niños de la zona, ingresó al programa con indicios de desnutrición.

Alfredo Osorio, padre de Álvaro, de 4 años, agradece el aporte nutricional que reciben los pequeños: “Soy comerciante y trabajamos por el diario. Es un alivio saber que acá los alimentan bien, los cuidan, y que no tenemos que estar pensando en que no hay con qué darles de comer”.

"El espacio es un maestro”
En el salón de ciencia, repleto de papel celofán, linternas y túneles a través de los que se descubren las diferencias entre la luz y la sombra, aparece una pregunta pegada en la pared: “¿Cómo te imaginas la luna?”, a lo que entre garabatos se lee una respuesta firmada por Daniela: Es redonda como una arepa.

“Concebimos el espacio como un maestro, con el que el niño se identifica y se dispone a explorar”, dice la directora ejecutiva de la Fundación Carulla, Natalia Mesa, mientras explica la metodología italiana Reggio Emilia, elegida para ser aplicada en los centros y que entiende al niño como un ser activo en su desarrollo, al educador como un guía que observa, tienta y orienta y a la familia como sujeto clave para la formación. “Este es un cambio rotundo en la educación. Las aulas se dividen en rincones de interés (matemáticas, música, juegos de roles, etc.) que se disponen para que ellos exploren, dependiendo de sus intereses. Como maestros observamos y durante su formación los vamos conduciendo hacia sus preferencias”, dice la licenciada Ailet de Armas, de 25 años.

Son doce aulas para escuchar historias, explorar colores, texturas, pintar, hacer gimnasia, dormir, que acogen a todos los niños, entre 0 y 5 años, desde las 7:30 a.m. hasta las 3:00 p.m. La Alcaldía aportó $2.000 millones para la construcción de la estructura, el ICBF $300 millones para la dotación y la Fundación Carulla se comprometió a sostener y administrar el lugar por los próximos 10 años (asumiendo costos que pueden superar los $3.000 millones). Las familias de lavanderas, aseadoras, celadores y albañiles no pagan un peso por que sus 300 niños accedan al Centro AeioTÚ.

Los lugares guardan la esencia de los chicos. En una fotografía, Manuel disfrazado de pirata; en otra, Michel con una peluca roja. Una pared con los retratos familiares de nueve de ellos y 54 botellas de plástico toman forma de mosaico y anuncian con imágenes sus cumpleaños.

La utilización de materiales reciclados es clave y está orientada a la estimulación de la creatividad que lleva a los niños a descubrir distintos usos para un solo elemento. “Estamos entregando a los niños de estos jardines, ubicados en los sectores más pobres de la ciudad, la misma educación que reciben los niños de los colegios más pudientes del país”, dice el alcalde de Santa Marta, Juan Pablo Diazgranados.

Aunque al principio Sol se extrañó de ver que a Marleny y a Lauris no les enseñaban con tiza y tablero, ni las ponían a llenar planas, ni les mandaban tareas, hoy agradece que sus nietas tengan educación y nutrición, de alta calidad, de forma gratuita y que mientras ella las recoge todos los días en la tarde, su hija de 19 años se puede dedicar a terminar el colegio.

“Sentimos este espacio propio, porque la comunidad ayudó a levantarlo con su mano de obra”, dice Jimmy Guerrero, expresidente de la junta de acción comunal, “puede que no haya cupo para todos los niños del sector, pero somos conscientes de que quienes tienen acceso al jardín son los más necesitados”.

Estudiarlos hasta que crezcan
Por primera vez en Colombia, con el objetivo de medir el impacto de la educación inicial en el desarrollo de los niños a través de los años, la Fundación Carulla y la Alcaldía de Santa Marta promovieron la realización de una alianza entre la Universidad de Rutgers, a través de su Instituto Nacional para la Investigación Temprana (Nieer), la Universidad de Harvard y la Universidad de los Andes para que, durante los próximos 15 años, estudien el impacto de la atención ofrecida en el centro ‘Ciudad de la Alegría’, de Santa Marta, en el desarrollo, el aprendizaje y el comportamiento actual y futuro de los niños, frente a otros de las mismas comunidades. Los 300 niños vinculados y otros 300 que se encuentran por fuera del programa participan desde noviembre en este estudio.

Cuatro jardines infantiles públicos para más de 1.000 pequeños
‘Ciudad de la alegría’ no es el único jardín infantil destinado a niños de estratos bajos. La Alcaldía adecuó ‘El Libertador’, el único centro que existía hasta 2008, donde se atendía a sólo 80 niños de toda la ciudad. Hoy 150 niños acceden a este espacio, administrado por la Fundación Carulla.

En el barrio María Eugenia se inauguró en febrero de 2010 el jardín ‘Derroche de luz’ (en una alianza entre ICBF y Comcaja), con capacidad para atender 300 pequeños, y el último centro en abrirse fue ‘La Paz’, que desde abril de este año atiende a 315 niños en el sector que del mismo nombre.

El alcalde Juan Pablo Diazgranados asegura que en 2012 se pondrán en marcha dos jardines más a través de convenios que ya fueron firmados. Así, Santa Marta está a la cabeza en educación de la primera infancia en Colombia, al tener a 20% de su población de 0 a 5 años vinculada a estos programas. “Hoy tenemos 1.547 niños en espacios óptimos, y aún están por fuera 7.500 que podrían atenderse si la futura administración se convence de la necesidad de construir más jardines. De lograrlo en los próximos años, seríamos la primera ciudad a nivel nacional en tener cobertura a la primera infancia”.

Arquitectura sostenible
Durante la entrega del VIII Premio Internacional de Arquitectura Sostenible de la Universidad de Ferrara (Italia), en julio pasado, el arquitecto Giancarlo Mazzanti recibió una mención especial por este proyecto. Paredes de cemento prefabricadas, patios interiores y el diseño de las ventanas bajas, crean una buena ventilación natural que reduce el derroche de energía para la climatización de los espacios. El arquitecto concibió la construcción del jardín como un espacio para que los habitantes de la región se sientan partícipes en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.

 

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