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Ser LGBTI y vivir en la calle, un grito que se ahoga en el silencio

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Organizaciones de derechos humanos señalan que las políticas públicas desconocen las barreras a las que se enfrentan las personas LGBTI en condición de habitabilidad en calle.

*Mireya cuenta que sin percatarse pasaron cinco años desde que, agobiada porque en su casa no le respetaran sus decisiones, resolvió empacar en una bolsa dos blusas, un par de sandalias y un pantalón naranja. Solo cayó en cuenta de lo que habían hecho el paso del tiempo y el bazuco en su cuerpo la tarde en la que se vio reflejada en un ventanal de un restaurante en el centro de Cúcuta.

De aquella mujer trans robusta con cachetes colorados, mirada expresiva, cabello abundante y amarillo recién pintado no quedaba nada. La mujer que se veía a sí misma en aquella ventana tenía el pelo —al que ya se le asomaban algunas canas— sucio, roto y en desorden; los ojos perdidos y la piel pegada a los huesos.

Aunque Mireya no recuerda, o más bien prefiere no hacerlo, tiene claras dos imágenes de su primera noche en la calle: la primera vez que durmió en la banca de un parque y la primera bocanada de bazuco. En la banca durmió porque un habitante de calle la vio tan angustiada que le ofreció un pedazo de cemento para que descansara. El cigarrillo de bazuco fue el pago de una transacción sexual que le propuso aquel hombre. Ese día, dice, “empezó el descenso hacia algo más real que el infierno”.

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De lo que pasa en ese infierno al que llegan cientos de miembros de la población LGBTI no se sabe mucho. En 2015 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) recomendó a los Estados recolectar información estadística sobre la violencia contra personas LGBTI que viven en las calles en América Latina y el Caribe. En general, dice la CIDH, las escasas estadísticas señalan que una de las formas más extremas del estigma y discriminación hacia las personas trans en América Latina es la violencia social e institucional.

Según la investigación “Goce del derecho a la ciudad de las personas transgénero habitantes de calle”, que acaba de publicar la Alcaldía de Bogotá, la violencia psicológica es la forma de discriminación y estigmatización más constante que sufren las personas trans habitantes de calle.

De acuerdo con el Centro de Documentación y Situación Trans de América Latina y el Caribe, todos los espacios sociales pueden convertirse en un lugar hostil, porque “la discriminación y el estigma son transversales a todas las dimensiones de su vida social y se manifiestan constantemente en las prácticas cotidianas de una buena parte de la sociedad”.

En este sentido, dice la investigación, “una vez habitada la calle, las personas trans también se descubren en un ambiente hostil para expresar libremente su identidad de género”. Miembros de la población LGBTI consultados para este documento señalaron que otros habitantes de calle no se refieren a las personas trans por los géneros con los que se identifican. Esto constituye una forma de violencia simbólica en contra de este sector.

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“En la calle ciertos parches ven la orientación sexual o identidad de género como algo contagioso, de tal manera que amenazan a las personas del sector LGBTI si los ven interactuando con sus familiares o parejas”, explica la investigación.

Diana Carolina Díaz Martínez, coordinadora de la Corporación Consentidos de Cúcuta, explica que ante la ausencia de iniciativas oficiales para caracterizar a esta población, las organizaciones han desarrollado sus propios mecanismos. Según cifras de esta corporación, en Cúcuta hay aproximadamente 1.200 personas en situación de calle y habitantes de calle, entre ellas varios LGBTI. De estas personas el 70 % son venezolanas. “Seguramente la cifra es más alta, pero al no contar con los recursos humanos y económicos para ampliar la investigación, no es posible ser más preciso”, dice.

Díaz Martínez explica que se tienen identificadas a por lo menos siete mujeres trans que desde hace al menos cuatro años viven en la calle. “Las siete mujeres conviven con temas asociados al consumo de sustancias psicoactivas. Todas empezaron consumiendo bazuco hasta que llegaron a la heroína inyectada o inhalada, situación que las lleva al límite y las pone a vivir solo en función de la consecución de recursos para el consumo de la droga (…) varias de ellas, antes de habitar la calle, se practicaron cirugías o iniciaron el proceso de hormonización. Hoy en día esos procesos están interrumpidos y su estado de salud es irregular. Andan sucias, sin zapatos, delgadas... con su aspecto físico muy deteriorado”.

Juan Carlos Archila, director de la Fundación Censurados, dice que el acceso a la salud para los habitantes de calle en general, pero en particular para quienes pertenecen a la población LGBTI, tiene una génesis elemental: “Si no hay identificación no hay doliente, si no hay doliente no hay EPS, y si no hay EPS no hay atención. La mayoría de los habitantes de calle o en situación de calle no tienen identificación y al momento de tramitar un servicio médico la exigen y como no tienen el documento, se la niegan”.

La crisis generada por la pandemia ha aumentado el número de personas LGBTI en situación de calle. Según explica Caribe Afirmativo, durante la emergencia sanitaria decenas de mujeres trans han sido obligadas a permanecer en situación de calle porque quienes les arriendan los cuartos en los que viven las han expulsado, porque no tienen los recursos para pagar el alquiler.

En este sentido, Vanessa Salamanca, representante legal de la Fundación Zapatilla Dorada, dice que la crisis ha aumentado de forma acelerada el número de mujeres trans en situación de calle y muchas ni siquiera alcanzan a reunir los $20.000 diarios que cobran los administradores por una noche de hospedaje.

Sin embargo, aclara Diana Carolina Díaz Martínez, el aumento de habitantes de calle y personas LGBTI en situación de calle no es exclusivo de las mujeres trans. Durante el último año en Cúcuta se ha agrandado un grupo de hombres gais en el centro de la ciudad. “A diferencia de otros grupos, esta población afronta problemas con el consumo de alcohol y todos manifiestan haber sido objeto de discriminación por parte de sus familias y otros habitantes de calle”.

De acuerdo con el trabajo de campo de la investigación de la Alcaldía de Bogotá, la experiencia en las calles de las ciudades está atravesada por la “mirada de los otros”, lo que implica que las personas LGBTI sean objeto de constante escrutinio. “Las calles se convierten en los escenarios de insultos asociados con su identidad de género y orientación sexual. Una mujer trans lo explica de esta forma: ‘Uno tiene que aprender a cuidarse y no ponerle cuidado a como lo miran y lo tratan en la calle’”.

Para Juan Carlos Archila, la ausencia de cifras claras “hace que la problemática no se pueda dimensionar, y como esto no sucede, pues no pasa nada. Lo que no está escrito no existe, y si no existe pues está bien. Por eso los Estados no hacen mucho para solucionar estos problemas”.

*Nombre cambiado para proteger su identidad.

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