Sin brillo a pesar del sol, segunda de abono

En Manizales se compra el 50 % de los abonos sin conocer los carteles. Los aficionados saben que las graderías suelen convertirse en cascadas y en segundos empapan calzones, calzoncillos y camisetas...

EFE

Saben que la mayoría de toros son malos o pésimos; saben que los toreros son caprichosos. Pero no deja de ir a los toros. La gente goza la feria después de gozar las fiestas de fin de año. La considera merecida, necesaria, justa. Los toros son la esencia de las Feria. La empresa de la plaza responde. La cuida, la pinta, la consiente. Las ganaderías llevan sus toros estrella, y los toreros llegan a jugarse lo que traen. En esta temporada la plaza cumple 60 años y el tiempo lo celebra a soles plenos y cielos despejados. (Vea: Primera de Abono, Manizales 2015)

Ayer también se esperaba una gran corrida. Con una ganadería de tradición –Achury Viejo–, unos toreros dispuestos, tendidos llenos, gente alegre, la corrida parecía corresponder una tarde de orejas. El paseíllo puso las ilusiones sobre la arena. El primer toro de la tarde –Serpentino, 446 kilos– inauguró destemplanzas. Salió cuidadoso, desconfiado, como si quisiera saber antes de dar los primeros pasos en la arena qué le podía pasar. Los capotes lo animaban con sus colores y sus movimientos. Manuel Libardo lo toreó a la verónica con mucha suavidad y el toro aceptó el juego. Serpentino tenía fuerza y humillaba. Hizo pelea con el caballo y con unas chicuelinas al centro; la plaza entera entró en el embroque del gusto. Todo iba derecho hasta que Santana, el gran banderillero, erró en su cita. Nunca lo había hecho, pero la suerte así se la jugó. Presagio. Manuel Libardo recuperó el ánimo con la muleta: derechazos largos, aseados, majestuosos, pero un par de naturales trompicados detuvieron la música que un tanto a contracorriente el presidente había ordenado. Volvió a la derecha y toreó. Simplemente torea, liga, templa y cierra con manoletina. La espada no tuvo efectos rápidos. Aplausos. Con su segundo Manuel Libardo tuvo suerte y la mejoró con una capa calmada y templada. Había un clima alegre y sereno en el público hasta que el toro embistió por el anca el caballo que montaba Clovis y botó al gran picador a la arena. Remolino de capotes y angustias. ¡Horror! Sacaron a Clovis exánime. Hoy se recupera en el hospital, para fortuna de todos. La corrida continuó en mal aire. Manuel Libardo es un torero puro, lento, largo. Torea a gusto, sin estridencias. Al natural, cargó la suerte y le fue reconocido. Con tandas de derecha y cuatro o cinco manoletinas bien dibujadas, hizo al toro, que, sin embargo, no cayó con el estoque sino con el verduguillo. A disgusto del público, perdió la oreja.

Naranjo, el “torero de la casa”, recibió con un par larga cambiada, muy toreras, a Madrileño, que entró al galope. Naranjo lo recogió por delantales clavado en la arena. Es ahora un torero sin miedo, decidido, se le sienten los pasos firmes. Llevó su toro al caballo y ahí peleó. En honor a Pepe Cáceres, probó en quites por cacerinas al toro después del castigo y recibió el recado: Madrileño se venía abajo. Aplomado pero mirón, alcanzó a Naranjo en un muslo. Punto y coma: estocada rutinaria. Bronca al toro. Con el quinto de la tarde tampoco le fue como merecía. Una tercera vara y dos puyazos adicionales con rabia e innecesarios arruinaron el toro y de paso, la faena de Naranjo.

Juan del Álamo no tuvo ganas en su primer toro, Serranito de nombre y el más pesado: 480 kilos. Le cogió asco en los primeros lances: el toro levantaba la cara a la salida del capotazo. Viloria trató de corregirlos con la vara sin lograrlo. Tampoco los banderilleros pudieron hacer algo para darle gusto a Del Álamo. Serranillo calamochaba. Una estocada media, media docena de descabellos, dos avisos y un desplante injustificado con la ganadería –o peor, con la afición–: el torero abandonó la arena sin escuchar el tercer aviso. Serranillo, vivo al desolladero. Con su segundo toro, Rondeño, un poco distraído, Del Álamo estuvo menos desanimado. El toro humillaba pero manseaba; a vara lo reanimó y, al contrario de sus hermanos de camada, fue a más. Del Álamo aprovechó la reacción de Rondeño, lo sacó a los medios y lo llevó templado con la derecha hasta un par de redondos meritorios. Por naturales no dio juego y volvió a la seguridad de la derecha. Lo alegró con manoletinas, y el público se habría entregado si al final una espada tendida, casi forrada en piel, no hubiera echado todo a perder.
La tarde pasará inadvertida en los anales de la Feria.