Tejer, una tradición olvidada

A pesar de los engaños y la inexperiencia, un puñado de mujeres lleva 14 años luchando para que las artesanías de seda que hicieron famoso a este municipio no se queden en el abandono.

Sandra Mariño (foto) lleva más de diez años tejiendo un sueño: que las artesanas de la seda de Anserma sean reconocidas en el mundo. / Fotos: Juan José Horta

Más de 50 telares yacen como escaparates de madera abandonados en una esquina del taller, que no tiene luz ni agua potable, en pleno centro de Anserma, un municipio de Caldas con 476 años de historia. En un taller ubicado en la galería del pueblo, un grupo de artesanas bautizó este lugar como el “cementerio de los telares”, y a pesar de que les han hecho un duelo colectivo de once años a estas estructuras, ahí mismo, a pocos metros, Martha Beatriz Sepúlveda, Estela Pulgarín, Constanza Rubiano y Sandra Mariño siguen tejiendo tercamente chales, chalinas, ruanas y pashminas de seda y otros hilos. Gloria Giraldo, otra mujer que hace parte del grupo que lucha contra el olvido de esta tradición, trabaja desde su casa por problemas de salud y es la única artesana que tiene un telar bien hecho. “Vivo a punta de terapias y tejer me ha ayudado a salir adelante”, comenta.

La ventaja de Gloria no la tuvieron sus otras compañeras, porque cuando crearon la Asociación de Artesanos de la Seda en 2001, animadas por el alcalde de la época, Jorge Iván Duque Cardona, de los cinco telares que mandaron hacer, el de ella fue el único que funcionó. “No sabíamos tejer, no teníamos ni idea de qué era un telar y mucho menos sabíamos manipular la seda”, recuerda Martha, vicepresidenta y voz líder del grupo.

Pero así empezaron, con la idea de aprender a tejer para que no se perdiera una tradición que había llevado a Anserma a ser reconocida como la capital nacional de la seda. Hace más de veinte años, este municipio, ubicado a 76 kilómetros de Pereira, tenía más de 45 hectáreas de morera, planta de la que se alimenta el gusano de seda. “Para esa época los cultivos de morera abundaban en la región. Acá los terrenos son ideales por su extensión y clima templado. Los sericultores mantenían sus cultivos y teníamos aliados comerciales como Gef, así que implementar el tejido de seda nos pareció una idea maravillosa”, explica Duque, quien repite mandato en el municipio.

Martha es la única artesana casada y con tres hijos que se mantiene firme con la asociación desde el primer día. “Quise hacer parte del proyecto para mantener la tradición, pues vengo de familia de mujeres artesanas. Las cinco que quedamos no tenemos mayores obligaciones en el hogar. Lo que hacemos acá lo hacemos por gusto, por amor”. Las otras mujeres que estuvieron en el inicio (casi 600 en total) se fueron dispersando por 2004.

Los problemas

“Creamos una asociación porque nos explicaron que así nos entrarían recursos económicos y materia prima. Tejedores del Cauca y de Artesanías de Colombia nos dictaron talleres de capacitación: Martha Sastre nos enseñó a tinturar la seda, Claudia Vásquez nos hizo expertas en el manejo de telares y Daniel Vargas, a quien recordamos con cariño y agradecimiento, se encargó del diseño textil”, dice Martha.

Hoy las artesanas que sobreviven en la asociación recuerdan con cariño el aprendizaje que les costó dedicarse de lunes a viernes, todo el día, a la capacitación, en la que incluso participaron varios hombres.

Gilberto Castro fue uno de ellos. Después sería el tesorero de la asociación. “Su liderazgo y supuestas ganas de sacar esto adelante lo llevaron a tomar la batuta. Además nos mostró una cara amable”, relata Gloria, presidenta de la agremiación. A ella se unen Constanza y Estela ratificando que todas confiaron en él. Pero con el tiempo les demostró que pretendía engañarlas con los proyectos que llevaba al grupo.

En 2004 se le presentó a la asociación un convenio entre la Red Andina de la Seda y un grupo de inversionistas japoneses que llegaron a Anserma con la firme idea de capacitarlas en las mejores técnicas italianas en tejido de seda. “El grupo estaba muy entusiasmado. Gilberto mandó a construir 60 telares (valorados en $2 millones cada uno) que resultaron mal hechos. Nos dimos cuenta porque las agujas que él compró eran viejas y dañaban la seda. Gilberto nos decía que era culpa de nosotras por tener mano pesada y no porque los telares no funcionaran. Otra cosa que nos pareció extraña fue que nunca vimos por escrito que Japón donara los insumos. Yo empecé a desconfiar de Gilberto”, apunta Martha Beatriz.

Las artesanas continuaron con el trabajo y aprendiendo de la experiencia. Martha asegura que “a pesar de que no teníamos una retribución monetaria, nos dieron toda la materia prima para trabajar. De nuestro bolsillo nunca sacamos un peso para pagar capacitaciones y materiales. Para nosotras, eso y el conocimiento no tienen precio”.

Recibir el apoyo y el aprendizaje las mantuvo unidas. Estela cuenta que “nos quedamos por las ganas de mantener viva la tradición de los telares. Estamos agradecidas por el conocimiento. Los diseñadores que han venido a enseñarnos han sido los mejores”. Estela se apuntó a la asociación sin saber nada de artesanías. “Ni siquiera terminé la primaria, cosa que me atrasó respecto al resto de las muchachas, pues para aprender a manejar un telar es necesario hacer cálculos matemáticos”. Sin embargo no se quedó atrás y hoy es la tesorera del grupo.

En 2008 llegó un nuevo proyecto, Pademer, programa de ayuda del Ministerio de Agricultura estimado en $40 millones. La idea era capacitar, producir, vender y organizar legalmente Asedan, pues luego de siete años no había sido registrada en la Cámara de Comercio. Con Pademer, Gilberto Castro les prometió que les iba a pagar un sueldo.

La insistencia de Claudia Collazos, a quien las cinco mujeres llaman su ángel de la guarda, para que aceptaran el proyecto, las llevó a tomar una decisión con la única condición de que Daniel Vargas, el diseñador textil que les enseñó gran parte de lo que saben, fuera el responsable creativo del proyecto. El retorno del diseñador representante de Artesanías de Colombia al taller terminó por sacar a Gilberto de la Asociación. “Sentimos que ganamos una batalla”, sonríe Estela.

Finalmente recibieron un sueldo: por hora ganaban $2.500 por cada cuatro artesanas. El resto se destinó para pagarle al equipo de Pademer y saldar multas acumuladas por no realizar los trámites legales a tiempo. Asedan fue inscrito como régimen simplificado y las artesanas comenzaron a capacitar gente nueva y jóvenes de la región. “Para nosotras es muy importante mantener viva esta tradición”, dice Martha.

El trabajo de Pademer y un tejido creado por ellas, llamado tejido ansermeño, las hicieron ganadoras de la Medalla a la Maestría Artesanal, reconocimiento por parte del Gobierno Nacional del hermoso y pulido trabajo como tejedoras, la calidad y perfección de sus productos. Ser merecedoras de este premio las ayudó a levantar los ánimos y las ganas de seguir luchando por la asociación, por lo que el año siguiente asistieron a la primera edición de Expoartesanos en Medellín. Junto a esta feria y Artesanías de Colombia en la capital del país, las cinco tejedoras de la seda de Anserma mantienen a flote año tras año esta tradición sin importar la indiferencia de la gente de su propio pueblo. “Acá vienen a preguntar por nosotras y nadie da razón. La gente del pueblo dice que acá no existen artesanas”, se queja Gloria.

Actualmente, Martha, Estela, Gloria, Constanza y Sandra siguen firmes en su taller, produciendo prendas en algodón ya que la seda está muy escasa. “La seda la compramos en el Cauca y no siempre sale de buena calidad”, aclara Constanza. “Gracias a las ferias hemos logrado que la gente nos conozca. Estamos solas pero organizadas. Ya no enfrentamos estafas y mentiras. Acá estamos las que amamos esto, perseverando y luchando por nuestra tradición”, concluye Martha.

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