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hace 2 horas

Terminó el Carnaval de Barranquilla, pero la vida y la muerte seguirán de Garabato todo el año

No importa que ya no haya palcos ni que las bocinas de los carros se impongan en el reino de los tambores. La Vida y La Muerte, que se enfrentan encarnadas en la danza del Garabato, continuarán de fiesta todo el año, para conmemorar los 30 años que cumple el grupo.

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Como si estuvieran en el carnaval, la música da paso al silencio. El aire se torna denso. El fulgor carnavalero parece detenerse, y el público, libre de toda distracción, se pone de pie, para aceptar el designio: ha llegado la muerte. E, imponente, amenaza a todo aquel que ose acercarse a su guadaña. Ya viene la batalla.

Cada año, en medio del frenesí de la alegría carnavalera, La Vida y La Muerte se personifican en una danza. Todos conocemos cómo se desenlaza la historia, los garabateros se enfrentan contra quien pretende borrar las sonrisas que minutos antes se dibujaban en sus caras blancas y mejillas rojas. Pero nunca lo logra, La Vida vence a La Muerte y los cantos se resumen una vez más: “¡Que viva el Cipote Garabato!”.

 
 

Horas antes del enfrentamiento, sin vestidos de colores, ni maquillajes pintorescos, La Vida y La Muerte eran dos mortales más. Eduardo Guzmán, la alta figura que alguna vez fue un rebelde adolescente, terminaría blandiendo la guadaña desde los 18 años, por “hacerle un dos” a la familia Pernett, ya que la anterior Muerte de Cipote Garabato se había marchado a Europa. En ese entonces era vecino de Humberto Pernett, fundador de la danza, a quien urgentemente le tocó buscar un “pelao loco” que cubriera la vacante de la muerte una semana antes del carnaval. “Y mira en las que termine”, dice Eduardo entre risas. Ya han pasado 20 años desde el día en que Eduardo le dio vida por primera vez al traje de esqueleto, ahora es el principal responsable de la coreografía de la infame lucha y su rostro de calavera con la lengua asomada es un ícono de esta danza.

Con nostalgia, Eduardo recuerda la legendaria personificación de La Vida en Cipote Garabato, Rafael ‘Nito’ Montaño, quien falleció en 2019. Nito era un artista de nacimiento y un caporal de la danza, muy respetado entre los garabateros. El año pasado, en honor a ‘Nito’, se suspendió la batalla entre la Vida y la Muerte en el cumbiodromo. Eduardo siente que la danza perdió, con su partida, parte de su encanto. Este año la batalla revive con un nuevo intérprete: Gary Pastrana, quien después de 5 años sin usar la capa decidió volver a batir el palo de garabato sobre el asfalto hirviente de la Vía 40. Con el nuevo integrante, Eduardo quiso llevar la lucha a cabo basándose en una pelea de la serie de Caballeros del Zodiaco, y así hacerlo “más de teatro”, como solía ser cuando se disputaba con ‘Nito’ en el escenario.

 
 

La preparación de La Vida, La Muerte y el resto de garabateros toma lugar en la casa de Carmen ‘Tita’ Pernett, co-fundadora de la danza, donde de cada rincón rebosa ‘Coroncoro’, ‘La Candela Viva’ y otros himnos de la fiesta más importante para la familia Pernett. El legado de los Pernett en la sede de Cipote Garabato se respira en el aire. Nada más es pasar por la puerta de la casa de Carmen un sábado de carnaval y ver la vistosa entrada decorada con desmesuradas cayenas, los músicos esparcidos por toda la cuadra y las figuras vestidas con los colores de la bandera de Barranquilla, para saber que en ese lugar nació una tradición que hoy está más viva que nunca. Una vez adentro te inunda el legado cultural de esta familia: centenares de fotos de carnavales pasados, incontables premios, placas y reconocimientos.

Hernán Pernett, su hermano, actual director, productor y co-fundador de la danza, es el personaje clave en todo este asunto. La carga más estresante de toda la danza la lleva él. Con sus medias rojas que dejan entrever su estatus de Caporal Mayor, Hernán debe estar al tanto de cada movimiento, de los jueces, de los músicos y del equipo de apoyo, mientras baila con ‘Chava’ Barros, su pareja; es una tarea agotadora.

Por fuera del desfile, Hernán es el encargado de la logística, de ahí que sea él quien hable con los periodistas, dé los permisos y firme contratos, entre otras tareas que de carnavaleras no tienen nada. Hernán es una persona muy jovial y energética, pero comprende el peso de la responsabilidad que sobre él está dispuesta. En un momento ríe y en otra condena la incompetencia. Baila, se enfurece, canta, grita, sonríe, regaña; una eterna contradicción. Pero así es la vida del director.

Al preguntarle por sus medias rojas, Hernán responde que le obligaron a usarlas. Fue una idea de la junta directiva que, siguiendo al fallecimiento de su hermano Humberto, le reconoció como el Caporal Mayor. Anteriormente, un garabatero utilizaba las medias rojas indicando su estatus de líder, mientras que otros cuantos visten medias amarillas que los califican como Caporales «Menores». “Eso lo único que hacía era crear discordia”, dice Hernán refiriéndose a las medias amarillas, “les daba a los garabateros un aire de superioridad que se prestaba para tensiones”. Por esta razón, fueron abolidas de la danza. Hernán dice que así se ahorran egos, evitando que la gente “se crezca” y empiece a mandar solo porque tiene un color de medias distinto.

 
 

Es inevitable que en las conversaciones con los danzantes no surja la mención de un personaje emblemático, que indudablemente es símbolo y leyenda del Cipote Garabato: Humberto Pernett, co-fundador y último director antes de Hernán, su hermano. El alentador, alegre y entusiasta Humberto ha dejado un hueco grande en los corazones de sus congéneres garabatos. Su rostro está presente en las capas de los garabatos, sus fotos en cada dos de tres paredes en la casa de ‘Tita’ y su nombre engravado en el centenar de trofeos que recibió como director. Irónicamente, la danza del Cipote Garabato, reconocida por la estridente pelea entre la vida y la muerte, de donde surge la consigna “¡Que viva la vida! ¡Que viva el Cipote Garabato!” ha sufrido dos pérdidas importantes en un espacio de tan solo tres años: la suya y la del antes mencionado Rafael ‘Nito’ Montaño.

Rodrigo Ponce, un garabatero allegado al fallecido Humberto Pernett, resalta por vestir una capa que lleva una recreación del telón del teatro Amira de la Rosa, inspirado en la historia del hombre caimán y pintado por Alejandro Obregón. Originalmente, cuenta Rodrigo, la capa era un regalo que le había prometido a su finado amigo, quien admiraba el trabajo de Obregón. Lastimosamente, Humberto nunca pudo ver la capa en vida, pero Rodrigo la lleva como una insignia que le permite tenerle siempre presente.

 
 

Detrás de las capas coloridas y los largos vestidos negros, se esconden arquitectos, contadores, jueces y profesores, cada uno atraído por el son de tamboras, llamadores, alegres, flautas de millo y maracas. Algunos incluso llegan desde otras ciudades o países, dejan la faena tirada, con tal de sentir una vez más la seductora adrenalina y el bullicioso calor en medio del cumbiódromo.

Entre estos garabateros intrépidos se encuentra Gustavo Sánchez, quien desde el 2014 regresa sin falta al Carnaval de Barranquilla. En ese entonces a Gustavo lo invitó un amigo que hacía parte de una cumbiamba, quien lo convenció de viajar desde Medellín para gozarse los ritmos caribeños bailando en la Vía 40. En el 2017 se unió a Cipote Garabato por medio de otro amigo, y dice que en esta danza encontró su lugar. Suele participar en grupos folclóricos en Medellín, pero para él no tienen comparación, su corazón está en Barranquilla. Se aprende la coreografía una semana antes de la Batalla de Flores y ya queda listo para el jolgorio. Esta vez viajó con un amigo en carretera, quería despegar el carro porque era nuevo y se tiró 23 horas en llegar a Barranquilla.

Otra garabatera cambambera es Nancy, que con bastantes años de trayectoria en la danza, siempre viene de Barcelona a bailar con sus compañeros. Este año, bajándose del avión se fracturó un brazo. Pero nada detuvo su afección por el garabato; luchó contra viento, marea y su doctor para poder venir y acompañar a sus amigos, así sea como público, pero presente. Aunque no pudo bailar, Nancy se paseaba por la sede con su vestido de garabato bien puesto, las flores carmesíes sobre su cabeza y las vistosas joyas que usan las mujeres de la danza.

Gabriel, alias ‘El Llamarada’, también viaja cada carnaval para convertirse en un garabatero. Lleva 26 años en este vaivén. Y aunque es bogotano de pura cepa, su baile no amerita que lo califiquen de “cachacho” desde los palcos. ‘El Llamarada’, cuando se le pregunta por su apodo, explica “a mí me dicen así porque me pongo rojo cuando bailo, pero me gusta más pensar que las llama son una alegoría a la vida misma”. En tiempos en los que la cosa estaba más dura, al ‘Llamarada’ le tocaba llegar al Ernesto Cortissoz en el primer vuelo del sábado de carnaval, y partir en la madrugada del domingo. Ahora se lo goza de principio a fin. Incluso, se lleva su alter-ego currambero a la fría capital, donde este año figura como el Rey Momo de la Asociación Cívica Barranquillera de Bogotá.

En Cipote Garabato hay un sinfín de personajes peculiares. La danza incluso cuenta con su propio cura, pero su identidad, para la protección de su integridad, seguirá siendo un secreto; y un profesor de educación física que considera necesario esconder su identidad, porque según él, si los estudiantes lo ven en esas andanzas le dejan de trabajar.

 
 

El Cipote Garabato es más que una danza, es una familia. Sus integrantes se comportan como parte de un solo hogar. Hay discusiones, hay nuevas amistades, parejas se conocen, viejos amigos se reencuentran, grupos emergen; en fin, una reunión familiar de más de 200 integrantes. Por un lado, están los jóvenes, en otro los que se han ido pero que vuelven para esta fiesta, en otro los extranjeros atraídos por la recocha carnavalera, en otro los locos, en otro los que solo vienen a pasarlo bien, en otro los emocionados por la reunión, los que siempre están y los que casi no llegan.

Edgardo “Pepe” Jiménez, miembro fundador, cuenta con 32 familiares dentro de la danza. Gran parte de este combo es juniorista y no deja que ese dato pase por alto. En un principio solo él decidió integrarse a Cipote Garabato y poco a poco fue llamando a todo primo, cuñado, hermano, que se le atravesara para que hiciera parte de este grupo folclórico. Edgardo se integró a la danza después de que el grupo en cuestión se separara de la cumbiamba ‘Cipote Vaina’. En ese entonces tan solo eran entre 10 y 15 parejas dispuestas a recuperar la tradición del garabato, que había perdido su popularidad y era bailado exclusivamente por los miembros del Country Club. Hoy en día, entre tanto ir y venir, desde su fundación hace 30 años, la danza Cipote Garabato llena las estanterías de su sede con 25 Congos de Oro y decenas de reconocimientos más.

Al grupo no sólo se integran familiares de los antiguos miembros, algunos conocen a sus futuras parejas mientras danzan. Esta es la historia de otros dos garabateros: Edgar y Marta. Edgar nació en la cuna del carnaval en Barrio Abajo, se integró a Cipote Garabato hace 25 años y antes de esto bailó 15 años en una cumbiamba. El folclor es la esencia de su vida, y fue precisamente allí donde hace 12 años conoció a quien sería su futura esposa.

Llegado el final de las preparaciones en la casa de ‘Tita’, con el sol sobre la nuca, los danzantes bajan del bus que los deja en el epicentro de las fiestas carnestolendas y se dirigen al punto de partida desde donde se acometen a la tarea de bailar por 5 kilómetros. Los garabateros, buscando apremiantemente una sombra a la que arrimarse, se acumulan apretados bajo el farol que cargara con los músicos a través del desfile. A eso de la 1, después de una hora y tanto de espera, se empieza a mover la danza. Una vez cruzado el umbral, las parejas bailan guiadas por la melodía de una flauta de millo, el golpe de la tambora y un coro que responde, entre otras cosas: “con esa nomenclatura” a la petición de la voz principal de “voy a buscá una mujé”. Los danzantes, en pasos enérgicos, mueven los hombros, dan pequeños saltos, se juntan, golpean el piso con sus garabatos, dan vueltas y se dirigen al público gritando, haciéndolos saltar de la emoción.

Antes que los garabatos, están los portadores de los estandartes y del símbolo de la danza: un rostro gigante maquillado, el nombre de la danza y un lema en el que se lee “30 años de tradición”. Al otro lado, justo después del último garabato que dirige el camión donde van los Soneros de Soledad, va el equipo de apoyo que corre afanado de un lado a otro desviviéndose por la hidratación de los que danzan. Y uno los ve ahí, pasando agua y suero rehidratante como si no hubiera un mañana. Alcohol no reparten, pues claramente eso ya lo tienen asegurado los garabateros desde antes. A cada inscrito en la danza le toca una botella de ron blanco, siguiendo la tradición que bien recoge la canción “[...] y a zamparle un trago de ron”.

Cada carnaval es especial en el cumbiodromo. Con la complicidad de algunos de sus compañeros garabatos, Kevin logró que este año su novia Laura se uniera a Cipote Garabato con un único fin: proponerle matrimonio frente a miles de espectadores y en medio del embrollo de la danza que tanto adora. Lo que sería una lucha entre la vida y la muerte, con rapto de doncella incluido, terminó siendo una excusa para ponerse de rodillas frente a los palcos donde estaban sus familiares y hacer la pregunta pertinente: “¿Vas pa’ esa?”.

El público entusiasmado, en las 3 ocasiones que se hizo la renombrada batalla, pareció quedar encantado con el nuevo intérprete de La Vida mencionado antes, Gary Pastrana, conocido en la danza por la pasión y energía inagotable que lleva consigo a toda hora. “En esta danza hay dos tipos de personas: el que la hace por placer y el que la vive; Gary es de los que la viven”, dice uno de sus compañeros sobre la nueva personificación de La Vida. Para él, ser La Vida no se trata de actuar o emular una coreografía; es sobre sentir la adrenalina en la sangre, darle una razón de júbilo al público y verterse enteramente en el papel.

El sol de mediodía que se colaba por los zapatos ya no es más una molestia. Ahora, su óbice presencia no se compara a la euforia de los que bailan hipnotizados al son del chandé. La tarde cae y una vez pasada la Cárcel Modelo, que delimita la recta final, la danza cruza el puente que desemboca en Barrio Abajo. Los poderosos bailarines, que han traído una energía incomparable y lo han dado todo en el camino, se dirigen a los buses en busca de un merecido descanso.

De nuevo en la sede, al final del día, las mujeres se despojan de sus joyas doradas y el color piel se vuelve a asomar en la cara de los hombres.

Todos los bailarines se organizan en torno al sancocho que prepararon Laudid y sus hijas, trabajadoras desde hace décadas en la sede de Cipote Garabato. En una reunión informal donde sobran las risas, la danza se deleita con la sopa y finalmente se despide ansiosa de volver a la vía 40 el año siguiente.


Verdaderamente, la temporada no culmina el martes de carnaval. Alrededor de las 5 a.m. finaliza la fiesta de disfraces que suelen organizar los integrantes de este grupo folclórico en el Gran Salón del Hotel El Prado. Los garabateros festejan rodeados de una eufonía de música tropical y whiskey que, desgraciadamente, no es ron blanco con agua de coco. Pero esta solo es la primera de muchas celebraciones que marcan el inicio de un nuevo ciclo carnavalero para esta familia.

Yo me voy a despedí'

Ya yo me estoy despidiendo

Hasta luego compañero'

Por ahí nos vamos viendo.

 

 

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Laura Martín Flórez-Robin Maury Barrera / Especial para El Espectador

Nacional

Terminó el Carnaval de Barranquilla, pero la vida y la muerte seguirán de Garabato todo el año

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