"Con todos terminó el coronel Danilo González"

Perteneció al cartel del norte del Valle, pero un día se entregó a la justicia norteamericana y le contó lo que vivió en la mafia.

Andrés López, autor de ‘El cartel de los sapos’. / De ‘Los Informantes’, del Canal Caracol.

Se llama Andrés López, fue integrante del cartel del norte del Valle y sobre su paso por la mafia del narcotráfico escribió el libro El cartel de los sapos, que también fue exitoso seriado de televisión. Ahora responde a una entrevista de Los Informantes del canal Caracol, en la que aborda uno de los temas más espinosos en la historia del tráfico de drogas en Colombia: el papel cumplido por el coronel de la Policía Danilo González Gil, quien al tiempo que trabajaba con distintos carteles, llegó a ser el jefe de la unidad antisecuestros de la Policía. Cuando se iba a entregar a la justicia norteamericana, fue asesinado en Bogotá en marzo de 2004.

 ¿Cómo ingresó usted al mundo del narcotráfico?
Es una historia larga. Vengo de una clase social media, pero el motor para involucrarme en el narcotráfico no fue la necesidad en casa. Creo que fue más la juventud y la irresponsabilidad. Lo hice a los 14 años, donde aparecen esos elementos que lo desenfocan a uno, como la rebeldía y la inconsciencia.

 ¿Cómo fue ese primer acercamiento?
A finales de los años 80. Empecé trabajando en un laboratorio de droga, allí duré varios años. Era cocinero. Un nombre pintoresco que les da la gente en la calle a los que cocinan la cocaína.

 ¿Cómo eran esos laboratorios?
Los narcotraficantes traían pasta base de coca de Perú, Bolivia o Ecuador. Nosotros la cocinábamos. También se compraba base de coca en las selvas colombianas. Los laboratorios para procesar drogas son igual que en las películas.

 ¿Cómo se sentía en ese mundo?
Eran las aspiraciones de cualquier chino a los 14 años, que se quiere comer el mundo. Era una aventura y yo la disfrutaba como si estuviera jugando fútbol.

 ¿Probó la droga?
Ni por curiosidad. No necesitaba consumirla, porque nos manteníamos como las personas que lo hacen: siempre embalados, trabajando hasta 48 horas seguidas sin dormir.

 ¿Es decir, que pasó su adolescencia en un laboratorio de droga?
Fue la época más triste de mi vida. Éramos muchachos, pertenecíamos a la misma agrupación criminal, pero al final nadie era amigo de nadie. Casi todos terminaron muertos o presos.

 ¿Y cómo fue ascendiendo en la organización?
Cuando quise ser el dueño de mi propio laboratorio. Fui mafioso en una época en la que no había guerras, ni carteles, ni bandas criminales. Un día decidí exportar droga a los Estados Unidos.

 ¿Es cierto que conoció al coronel Danilo González?
Escuché el nombre de Danilo González desde finales de los años 80. Desde entonces ya trabajaba con los mafiosos. Creo que desde que empezó su carrera en la Policía ya era bandido. Lo ví muchísimas veces. Es más, tengo un sentimiento contradictorio frente a él, porque me secuestraron una hermana y cuando entablé la denuncia, la persona que la recibió fue Danilo González, en ese entonces comandante antisecuestro de la Policía. En mi caso, terminamos haciendo una alianza entre hampones y autoridades para rescatar a mi hermana.

 ¿De quién de los mafiosos era más amigo Danilo González?
Era amigo de todos. La primera vez que oí su nombre fue en la época de Pablo Escobar, cuando ni siquiera el capo estaba en guerra con el Estado ni con el cartel de Cali. Luego escuché su nombre en boca de los Rodríguez Orejuela, andaba con ellos. Después con Orlando Henao, que era el jefe del cartel del norte del Valle. También estuvo con las autodefensas de Carlos Castaño, con los esmeralderos, con todos terminó Danilo González.

 ¿Y con usted?
Mandé muchas veces droga desde Colombia hasta Estados Unidos en complicidad con el coronel Danilo González. Yo entraba droga a un aeropuerto y le decía que necesitaba que quitara la Policía, y la levantaba. Algunas veces hice algo desde el aeropuerto de Bogotá y él movió al comandante de la Policía Aeroportuaria. Si uno iba a mover droga desde Cali a Buenaventura, él hacía levantar los retenes.

 ¿Al final quién era ese personaje del que poco se habla?
El problema no es lo que hizo Danilo González, sino que para haberlo hecho necesitó de un ejército igual de grande al de los bandidos. En el mundo de la criminalidad nadie puede moverse solo. Yo fui poco del mundo de la Policía, pero el único miembro con quien sí conversé fue con Danilo González y también con otro que se llamaba el teniente Jorge Rodríguez, la mano derecha de Chupeta.

 Se ha dicho que el exdirector de la Policía, general (r) Óscar Naranjo, era amigo de Danilo González, ¿usted supo algo?
Esa cercanía nunca ha estado oculta, ni siquiera por boca de él. Creo que Danilo González compartió muchísimo con el general Naranjo, tanto que hay hasta grabaciones del público en las que el general Naranjo asiste al entierro de su amigo. No fue al entierro del criminal o del hampón que haya tomado un camino distinto, sino al de un tipo que había conocido, de su amigo. El más indicado para preguntarle es el general Naranjo. Además, creo que para llegar a ser general de la Policía en Colombia primero hay que tener unas bolas del tamaño de unas sandías; segundo, que un santo no puede ser director de la institución, y tercero, que tiene que lidiar con tres millones de bandidos. Por eso creo que, para bien o para mal, el general Naranjo hizo una extraordinaria labor y la prueba es que ha pasado por muchas investigaciones en contra y ninguna ha concluido nada.

 Dicen que el coronel Danilo González se iba a entregar a Estados Unidos cuando lo mataron en 2004, ¿usted qué supo?
Lo único que le faltó a Danilo González fue montarse en un avión y viajar a Estados Unidos. Creo que la persona que más conoció el tema de los acercamientos de criminales con Estados Unidos fue él. También el mejor informante que ha tenido la historia de Colombia se llama Danilo González. Informante para Pablo Escobar, para el cartel de Cali, para el cartel del norte del Valle, para la Policía, para el gobierno y para los americanos.

 Y alias ‘Don Diego’, que refiere en su libro ¿hasta qué punto se relacionó con el Ejército?
Lo escribí en el libro El cartel de los sapos, creo que ahí está todo muy explícito, ahí están detalladas todas las alianzas de Don Diego con miembros de la Fuerza Pública.

 ¿Usted por qué se entregó en Estados Unidos?
Uno no decide entregarse de la noche a la mañana. Tardé muchos años en comprender que estaba caminando en el sentido contrario a las manecillas del reloj. En algún momento pensé que le daba felicidad a mi familia, cuando era lo contrario. Creo que en el fondo también soñé con ver crecer a mis hijos y caminar libremente por la calle. Empezando 2001 tuve el primer acercamiento.

 ¿Fue consciente de los secretos que tenía que revelar?
El día que me entregué asumí que lo que había hecho los últimos 15 años de mi vida había sido equivocarme y que seguramente iba a estar el resto de mi vida en la cárcel. Me entregué convencido de que por primera vez estaba haciendo lo correcto.

 ¿Se convirtió en el talón de aquiles de los capos de ese momento?
No sé. Creo que, como yo, había muchos cansados de vivir de guerra en guerra. Otros con opciones de sometimiento y hasta la posibilidad de disfrutar sus fortunas. Lo irónico fue lograr que 80 bandidos se pusieran de acuerdo para acabar con el narcotráfico.

 ¿Cómo así?
Después de la muerte de Pablo Escobar, pasaron cinco años para que una generación de mafiosos entendiera que ya era hora de acabar con el narcotráfico. Eso no le interesó a nadie, ni al gobierno ni a Estados Unidos. No solamente fui yo, fueron muchos narcotraficantes los que dijeron: acabemos con esto y entreguémonos. Por eso, Andrés López fue apenas uno de los que dijeron: me someto a las autoridades. Otros siguieron al margen de la ley y terminaron muertos. Pocos sobrevivieron. Antes de mí se entregaron entre 15 y 20 capos.

 ¿Tuvo miedo?
Cuando uno está metido en el narcotráfico, que alguien se acerque a proponerte someterte a las autoridades americanas, eso es el anticristo, pero fue lo mejor que hice. En los tiempos de Pablo Escobar el lema era “prefiero una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”, pero en 1997 ya le habíamos perdido el miedo a la extradición. Al final, hasta a Carlos Castaño lo único que le servía era el sometimiento. Yo me entregué y conté todo.

 Hay quienes dicen que usted era un simple cocinero y no conoció lo que escribe en sus libros, ¿qué puede contestarles?
Tienen razón. La mayoría de las cosas que cuento es porque se han acercado a decírmelo. Es más, El cartel de los sapos lo escribí en la cárcel y la mitad de las cosas no las sabía. Muchos terminaron colaborándome para que pudiera relatar lo que pasó.

 ¿No teme a las represalias?
Las condiciones en las que hoy estoy son distintas, no pienso en los mafiosos. Estoy tratando de ganarme la vida decentemente. Disfruto mi familia y no necesito mucho. Además, mis hijos conocen la historia de su papá de la A a la Z. Hoy se sienten orgullosos de su padre y en mi casa ni se habla de esos temas. El pasado ya lo dejamos. Los seres humanos se construyen en el presente.

 ¿Y si sus hijos terminan metidos en las drogas?
Les reviso los bolsillos, les controlo las tarjeta de crédito, quiero que aprendan de la experiencia de su padre y no repitan mi historia. Sigo con el sueño de dejarles una sociedad diferente.

 ¿Es cierto que fue novio de Sofía Vergara?
Ella es un ser maravilloso y vamos a ser amigos eternamente.

 ¿Usted es un sapo?
El mío es un libro que relata la historia de un gremio de narcotraficantes, no es mi vida. Hay cosas del pasado que uno no puede cambiar y hay que aprender a vivir con ellas.

 ¿Y a qué se dedica?
Escribo, produzco, hago documentales, libros de ficción, series de televisión. Estudié en Puerto Rico seis meses, he hecho 14 cursos en Nueva York y tres en Los Ángeles. Estudié en un colegio militar, tengo disciplina militar, incluso cuando estaba en la mafia.

 ¿Se siente escritor, productor y libretista?
Me siento Andrés López, el tipo que debí haber sido desde el primer día.