La tragedia de tres mujeres que perdieron su juventud en las Farc y la cárcel

Torturas, abortos no deseados y violencia son aspectos que tienen en común las historias de estas mujeres que hoy buscan resocializarse, aún tras las rejas.

EFE

Con un nudo en la garganta y los ojos vidriosos, tres antiguas guerrilleras de las FarcRC, privadas de su libertad, relatan sus historias de vida con la intención de dejar atrás un oscuro pasado que les arrebató su juventud y buena parte de aquello que más querían, su familia.

En el interior de la cárcel de Chiquinquirá, en el departamento de Boyacá (centro), muchas de las excombatientes allí confinadas recuerdan que fueron reclutadas siendo menores de edad y desde ese momento se convirtieron en nuevas víctimas de un conflicto que se prolonga en Colombia por más de 50 años.

El caso de Laura (nombre ficticio), de 34 años, es sobrecogedor: "Tenía 11 años cuando ingresé a la guerrilla" de las Farc, cuenta en una entrevista con Efe.

Laura decidió, por voluntad propia, unirse a las FARC después de que grupos paramilitares obligaran a su familia a abandonar su hogar en "24 horas".

Era una niña y con un año de entrenamiento ya sabía armar y desmontar un fusil como uno más de esa organización, relata.

Estuvo 18 años en las filas de las Farc, participó en las tomas guerrilleras de Mitú y Miraflores, ambas en 1998, y fue ascendiendo hasta formar parte del anillo de seguridad del "Mono Jojoy", jefe militar de la guerrilla, abatido en un bombardeo en 2010.

Pero su fervor ideológico empezó a disolverse en el momento en el que le tocaron el corazón, pues fue su propio bando el que le robó la vida de su hermano, comandante de un frente de las Farc.

"Eso me desmoralizó porque es mi sangre, es mi familia, es la persona con la que siempre compartía, siempre me escuchaba", cuenta.

A su otro hermano "lo mató el Ejército", mientras que su hermana cayó en la operación militar que acabó en la selva con la vida del "Mono Jojoy".

Con todo, tuvo que hacer frente a tres consejos de guerra de la propia guerrilla, uno de ellos por negarse a un aborto forzado que no pudo evitar.

Otras de sus compañeras corrieron peor suerte y abortaron en más de una ocasión en operaciones de riesgo realizadas por guerrilleras enfermeras que hoy ya no quieren volver a ejercer su profesión.

"Si un hombre (de las Farc) embarazaba a una mujer civil pues lo podía tener, pero si una mujer (guerrillera) quedaba embarazada la hacían abortar", afirmó Dilma (nombre ficticio), de 32 años, compañera entre rejas de Laura que el próximo 11 de julio cumplirá 13 años en prisión.

Criada en el municipio de Solita, en el departamento de Caquetá, en el sur del país, Dilma fue engullida por un lugar sin ley. "Solo había guerrilla y narcotráfico y allá la ley es la guerrilla", explica.

Un grupo paramilitar torturó y asesinó a uno de sus hermanos y atemorizada por el hecho de que pudiera repetirse la historia, Dilma se alistó con 16 años en las Farc.

Después de toda una juventud marcada por la guerra, Dilma ya no quiere oír hablar más de guerrilla.

"Allá es peor cárcel que acá porque al menos para hacer tus necesidades fisiológicas aquí no hay que pedir permiso", sentencia.

Una historia diferente a la de los frentes guerrilleros es la de Sandra Milena (nombre ficticio), de 35 años, miliciana de las Farc que llevó una doble vida en Neiva, capital del departamento del Huila (sur).

"Trabajaba de lunes a viernes en la oficina, estudiaba enfermería por la noche y los fines de semana me llamaban (las Farc) y me hacían subir (a la montaña) para cualquier cosa", recuerda.

Sandra trabajaba para un abogado cuyos hijos ocuparon cargos políticos importantes y su misión era filtrar toda la información posible a la guerrilla sobre las personalidades que acudían a esa zona para cometer atentados.

Las tres guerrilleras desmovilizadas acaban de terminar un programa de integración a la vida civil del Ministerio de Justicia que les ofreció apoyo psicosocial, así como formación para emprendimiento empresarial.

Pese a que todavía les quedan años por cumplir en la cárcel, ellas no pierden la ilusión por empezar una nueva etapa.

Sandra Milena sueña con montar una tienda de peluches; Dilma, con una de bolsos con sus hermanos; y Laura, un pequeño almacén de ropa.

Pero los que más desean es reencontrarse con sus seres queridos. "Lo primero que quiero hacer es tomar a mi hija y almorzar todos juntos en una mesa redonda", concluye Dilma.

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