La trasescena de Blancos y Negros

Hasta doce meses puede durar la preparación de una carroza carnavalera. Los artesanos nariñenses trabajan por el legado cultural y para prender en los jóvenes esa chispa en sus corazones.

El maestro Andrés Barrera se prepara para el Carnaval con una carroza que tiene una figura de más de ocho metros de altura, un récord en este certamen. / Fotos: Hans Vargas
El maestro Andrés Barrera se prepara para el Carnaval con una carroza que tiene una figura de más de ocho metros de altura, un récord en este certamen. / Fotos: Hans Vargas

San Juan de Pasto, 5:30 a.m. Amanece y en algunos sectores de la capital de Nariño varios habitantes no han conciliado el sueño. Pero no es que la rumba los haya consumido o que hayan disfrutado hasta altas horas de la noche con las actividades del alumbrado en la plaza de San Felipe. Tampoco les hurtó el sueño haber participado del Arcoíris en el Asfalto en la Calle del Colorado. Este puñado de hombres y mujeres han estado durante muchos días, con sus noches, preparando el alma del Carnaval de Negros y Blancos. Ellos son los artesanos, quienes le dan vida a esta festividad.

En sus ojos sólo se reflejan el amor por el arte, por su tierra y profesión. Sus manos, y en realidad todo su cuerpo, son parte de esa manivela que articula cada carroza, comparsa, traje o grupo de baile que durante cinco días cautivan a propios y extraños asistentes a este evento, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esta es la muestra, en cinco actos, de cómo se logra y cómo se vive un carnaval que, a pesar del frío del ambiente, es alimentado por el calor de cientos de corazones.

Acto uno: Ocho metros de alegría

En un garaje gigante, en el barrio Anganoy, occidente de Pasto, Inti, un dios imponente de ocho metros de alto, espera a ser liberado junto con su séquito de seres inmortales. Esta figura es la protagonista de Épica, la obra que el maestro Andrés Barrera llevará a las calles durante el recorrido de siete kilómetros por la calles de la capital nariñense.

Durante seis meses un batallón de 30 hombres y mujeres se han dado cita en su taller para darle vida a este dios, que comanda a los seres inmortales que habitan el volcán Galeras, como lo indican las leyendas de los antepasados.

“Van llegando familiares, amigos y todo aquel que sienta pasión y amor por el arte. Así sumamos las manos necesarias para darles los acabados finales a las obras. Así también empecé yo, hace más o menos 17 años, cuando me vi reflejado en todas las actividades del Carnaval”, señala este artista visual de la Universidad de Nariño que también ha incursionado en la música, la danza y el cine.

Barrera se siente orgulloso, pero no sólo por la cabeza de 8 metros de altura modelada en papel y barro que llevará este año al Carnaval “y que es un récord mundial”, como lo afirma, sino por los aplausos, el cariño y lo que él ve en los rostros de la gente cuando pasa el desfile. “El año pasado fue tan imponente que a la gente le salían lágrimas. Entonces imagínese lo que siente uno. Ese es todo el pago. Aquí no valen los presupuestos (que superan los $40 millones) ni las noches o los días de esfuerzo. Ese sólo gesto es suficiente para todos”.

Acto dos: Bendita entre los hombres

A Dayra Benavídez, el Carnaval la fue enamorando como se corteja a la mujer amada: poco a poco. Y fue así como en los últimos 10 años, la fotografía, las texturas de los trajes y el diseño de los mismos lograron que su alma de artista se involucrara más en esta fiesta.

Esta artista visual, que el año anterior obtuvo el primer lugar en la categoría de traje individual, presenta en 2017 su obra Muju, que en quechua significa “semilla”. “Eso es precisamente lo que yo quiero sembrar en otras mujeres, para que se animen y sean protagonistas de este Carnaval. ¿Por qué? Sencillamente porque esta categoría es única de los hombres y le recomiendan a uno que no participe porque son ellos los que pueden cargar los trajes pesados…”.

“Ya estoy preparada, mi traje está listo. Aunque es imponente, es muy liviano. Durante el desfile estaré bailando siete horas por siete kilómetros. El esfuerzo es muy grande, pero es lo que quiero”.

“Recuerdo que una vez terminé de bailar en el Carnaval de 2016, en mi casa, después de una ducha, visualicé en mi cabeza las espirales y dije: ‘Este será el nuevo tema para 2017’. Fue entonces cuando entendí las palabras de otros artesanos el día de la premiación, cuando me dijeron: ‘Vemos que ya le picó’. ‘¿Qué?’. ‘Esto. Lo que se siente vivir el Carnaval’”, destaca entre risas la artista, residente en Bogotá, ciudad desde donde promueve la cultura nariñense.

Acto tres: El virus del Carnaval

Para Carlos Rosero, el Carnaval de Negros y Blancos es como un virus “que nos invade y del cual no podemos escapar”. Y su testimonio es la muestra de esta “enfermedad”, ya que desde los 15 años ha estado involucrado en todas las categorías que componen esta fiesta del sur del país, con una tradición de más de 200 años.

“Desde hace 10 años me he centrado en la producción de las comparsas y en esta versión del Carnaval la obra está dedicada a la Quillacinga, de la cual provenimos. Es un deber de todo artesano rendir un homenaje a quienes eran muy hábiles con sus manos y respetaban a los animales y la naturaleza. Eso es lo que somos. Es lo que identifica a los nariñenses”, destaca este hombre de 58 años.

Mientras labora en la tercera planta de su casa, en el occidente de Pasto, Rosero es enfático en afirmar que “no me veo fuera de la senda. Esta es mi vida”. Y vestido con bata blanca, como un médico en consulta externa, atiende con cariño y precisión cada una de las piezas que su grupo presentará este año. Supervisa palmo a palmo las piezas de orfebrería, los aretes, las máscaras y los trajes en papel, cartón o icopor que serán expuestos ante el público en una muy colorida y alegre danza a través de las calles de Pasto.

“Para mi generación, esto lo hacemos por cariño, por amor, para aportar a la ciudad y dejar un legado. Hay que rescatar cada día nuestra cultura y mostrarles a los demás cuáles son nuestras raíces”, señala mientras toma en sus manos una de las máscaras gigantes que los bailarines cargarán con orgullo durante el desfile.

Acto cuatro: Los “disoñadores” de Nariño

José Vicente Revelo Salazar es como ese técnico de fútbol que quiere ganar una copa. Para 2017 alineó a una gran nómina para participar en la categoría de carrozas en el Carnaval de Negros y Blancos. Es por eso que en las bodegas de la Policía Nacional de Pasto se hizo a un gran espacio para darle vida y color a La muerte no es el final, la obra con la que quiere arrasar este año.

A dos turnos, un enjambre de artesanos reclutados de otros años en el Carnaval se reúne para realizar esta carroza, en la que irán 40 personas transmitiendo toda la alegría a los miles de asistentes de esta fiesta magna de Nariño. “Es por ello que este año queremos que se reconozca no sólo a una persona, sino a todo el equipo de trabajo, a todas esas manos que han puesto su talento en estas monumentales obras”, dice este zootecnista de 42 años de edad, quien está involucrado en las lides carnavalescas desde hace 17 años.

La muerte no es el final nació de la visión de un amigo suyo, quien en un sueño veía cómo la muerte perseguía a otro amigo en común. “Fue cuando, seis meses atrás, decidimos rendir un homenaje a todos aquellos artistas que nos han dejado un legado de gran valor. El nombre de nuestra obra nace de las palabras que Maicol, quien tuvo la visión, le dijo a la muerte: ‘¿Para qué buscas a mi amigo si la muerte no es el final?’”.

De esta manera, el guardián de la puertas del infierno, ese perro de tres cabezas que estará al frente de la carroza, acompañado de una serpiente gigante, un guerrero indígena, una doncella y dos máscaras de cinco metros de altura, esperan transmitir a lo largo del recorrido la reflexión necesaria para que el Carnaval nunca muera y siga alojado en los corazones de los nariñenses.

Acto cinco: Un ejército muy alegre

Como un ejército muy bien entrenado, docenas de jóvenes y adultos se ubican rápidamente en el lugar. La cita de hoy es la conocida plaza del Carnaval, en el centro de Pasto. Más atrás llega otro ejército, pero de músicos, quienes son los encargados de encender la fiesta. Si usted no puede asistir al desfile de los colectivos coreográficos, esta es la oportunidad de verlos en sus entrenamientos.

Sentado en una esquina de esta plaza está Wellington Claret Burbano Córdoba, su director, quien, además de estar vinculado al Carnaval desde hace dos años, es un promotor de la cultura andina. Este hombre de 42 años hace parte de la Fundación Ayawaska, un gran colectivo en el que la música y la danza fluyen por las venas de sus integrantes.

“Este año, nuestra producción se denomina Mujuquinua, herencia milenaria de la Andes y en la que hacemos un homenaje a la quinua, un cereal que tiene un gran potencial alimenticio. Para ello hemos preparado un gran trabajo, en el que participan 200 personas, entre músicos y bailarines”, destaca el maestro Burbano.