Un alma en pena en eterno fandango

Gabriel García Márquez decía que el realismo mágico no era otra cosa que la realidad que vio y vivió durante sus años en la región Caribe. Esta historia lo confirma una vez más.

Toda la noche los pobladores bailaron al ritmo de la papayera y encendieron las velas. / Fotos: Alejandro Villegas

La noticia del fandango en honor a la “Mocha” voló más rápido de lo que permiten los caminos intransitables de los límites entre Bolívar y Sucre, en los Montes de María. Doña Delcy Méndez, propietaria del único restaurante y hotel de El Salado, preparó camino para el corregimiento de Canutalito, en Sucre. Hacía 14 años no iba. Recuerda muy bien la fecha porque fue un mes antes que por esa vía 450 bárbaros, motosierra en mano, ingresaron con brazaletes de las autodefensas, mocharon cabezas como salvajes y protagonizaron en estas tierras polvorientas y olvidadas del Caribe una de las peores masacres en la historia de Colombia. Más de sesenta personas murieron en esa orgía de violencia en El Salado.

No importaba que la vía para llegar a Canutalito fuera peor que lo que llaman una trocha, siempre y cuando ella alcanzara a llegar a las 2 de la tarde para la misa que pidió el espíritu. Y después arreglar sus cosas para quedarse hasta la noche para el fandango. No iba sola. La acompañaba una peregrinación de saladeños que ocuparon los desvencijados carros que se atrevían a transitar por allí. A mitad de camino el camión, convertido ya a esa altura en improvisada buseta, detuvo su marcha. Doña Delcy, con un sonoro grito, llamó a un campesino que intentaba arrastrar su burro.

—Vamos para Canutalito para la misa y el fandango, ¿te vas con nosotros?

—Qué voy a ir por allá —le alcanzó a responder a media lengua el campesino.

—No sea que se te aparezca la “Mocha” —dijo doña Delcy mientras soltaba una estruendosa carcajada que emularon varios de los presentes.

Luego de una larga hora de camino, doña Delcy llegó hasta la misa que sería en honor a santa Lucía, la legendaria religiosa italiana a quien le sacaron los ojos pero siguió viendo y que es motivo de devoción en los pueblos de la Costa. El padre José Chadid empezó la celebración lanzando sátiras al pueblo, pero a esa altura se pensaba más en el fandango. “Si el alma pidió un fandango, pues tendrá su fandango, aunque santa Lucía no es lo que quiere”, dijo desde el púlpito.

Desde hacía 15 días en Canutal, Canutalito y El Salado, todas estas regiones castigadas por la violencia feroz de los ilegales y el Estado mismo, se preparaba esta fiesta que fue el resultado de una colecta. Todo empezó luego de que los pobladores escucharan hasta la saciedad la inverosímil historia de José Rafael Arrieta y el alma en pena que no lo dejaba en paz.

La “Mocha” comenzó a aparecérsele a la vera del camino desde marzo pasado, cuando iba hacia su parcela. “Primero veía a un hombre con camisa manga larga, sombrero vueltiao y pantalón caqui. No tenía la planta de los pies”, contaba Arrieta, un hombre moreno de piel cuarteada y estatura pequeña. Así fueron los 14 encuentros con el alma. Le salía por delante una vez se acercaba con su burra, y después se perdía en las mañanas sin que nadie más pudiera verla. No le decía nada.

Un miércoles de agosto, hace dos semanas, Arrieta resolvió enfrentar esas apariciones. “Eran las 8 de la mañana. Lo vi. Se quitó el sombrero para mostrar que era mujer y a mitad de camino me dijo: ‘No te vayas a asustar que necesito hablar seriamente contigo’. Yo quedé privado ahí”.

Como los perros fieles, su burro lo llevó inconsciente de vuelta hasta Canutalito, donde se encontró con una patrulla de la Policía que lo creía muerto. Lo bajaron de su improvisado transporte y lo llevaron en camioneta hasta su casa, a donde llegó aún sin aliento y sin musitar palabras.

Al siguiente martes, la mujer, o la sustancia de ella, reapareció y José Rafael, con más decisión que coraje, se le enfrentó.

—¿Qué le pasa conmigo? —le preguntó.

—Ven esta noche a las 10 aquí mismo —le respondió el alma.

—Por allá no voy y menos solo.

—Puedes venir acompañado, pero que ellos estén a una distancia.

Horrorizado les contó lo sucedido a un primo y a dos amigos más, quienes le contestaron: “Vamos a acompañarte, pero primero vayamos a San Pedro (el municipio al que pertenece Canutalito) para que el cura te ayude”. El padre le pidió que se quedara para la misa de 6 de la tarde y antes de despacharlo le hizo varias “liberaciones”. Al terminar le dijo: “Cumpla su cita y arrodíllese, pídale a Dios que le dé fortaleza”.

Y así fue. Esa noche llegó acompañado por 17 personas, entre primos y amigos, armados tan sólo de intrigas y un par de linternas. Ellos se quedaron en un tramo y él avanzó 100 metros más, donde puso rodillas en tierra y se persignó. Al momento apareció la sombra que le pidió “apagar el foco”, y ahí el agitado campesino tiró al piso la linterna. Todo quedó bajo la luz de la luna.

El alma en pena no le dio la cara pero sí le soltó los motivos para provocar estos encuentros fantasmagóricos.

—Yo era guerrillera y a mí me dispararon una vez. Me estaba desangrando y en esas venían tres niñitos para el colegio. Una muchachita se quitó la falda para amarrármela a la herida y los dos peladitos salieron a buscar ayuda al pueblo. Cuando la ambulancia llegó, me auxilió y ahí le dije a santa Lucía que si me salvaba de los ‘paras’ y cuidaba de esos niños, le haría una misa y un fandango.

—Pero no es mi culpa —le respondió Arrieta.

—Déjame te cuento —ripostó el alma—. Después del atentado me agarré a santa Lucía y cuando venía en una moto para Canutalito, a cumplir la “manda” y a pagar el fandango, me maté y comencé a vagar sin encontrar descanso.

—¿Por qué me coges a mí? Yo soy un hombre pobre y enfermo.

—Por esa misma razón te escogí. Todo el pueblo te quiere y tú me vas a sacar de estas penas. Yo sé que la gente no te va a defraudar. Échales el cuento —insistía la difunta.

—No te prometo nada porque yo tengo que comunicárselo al personal. Si el personal (amigos y familiares) me ayuda, lo haré; si no tenemos que volver a hablar —le aclaró.

Salió pesaroso y se arrastró de vuelta hasta donde sus acompañantes. “Apenas salí les dije a los muchachos: ‘déjenme suspirar un poquito’”.

—Si eso fue lo que te pidió esa alma, eso lo hacemos —le respondieron con entusiasmo y en coro sus acompañantes.

“En las siguientes noches nos reunimos donde el primo mío y la gente mandaba la plata. Me daban $50.000, $30.000 o $2.000. Así reunimos el 1’600.000 que costaban el fandango y la misa”.

El cura José Chadid lo recibió de nuevo a la mañana siguiente en San Pedro, luego de llegar temblando y llorando. “No tenía por qué no creerle. Él es un hombre cuerdo y yo acá he hecho varios exorcismos. Eso de las almas en pena ya me ha ocurrido. Pero estoy seguro de que si le preguntamos a santa Lucía, no querrá fandango ni fiesta de toros”.

Llegó el sábado de agosto y desde la 1 de la tarde, a pesar del asfixiante calor, los feligreses comenzaron a llenar la pequeña iglesia blanca de Canutalito, que enmarca el modesto parque de este corregimiento. A la cita llegaron hasta de Sincelejo los vendedores de fritos, helados y, por supuesto, de cerveza, que levantaron sus toldos de madera.

Al lado de la iglesia se instaló un improvisado “casino rural”, una mesa con varios números grandes donde se ponen monedas y, en caso de que los dados coincidan con el puesto escogido, gana el apostador. Una fiesta que se mezcla con la devoción colectiva.

A las 2 de la tarde llegó a cumplir con la “manda” el sacerdote Chadid, que sudaba de forma contagiosa. Desde el púlpito sus palabras justificaban la misa mientras pedían miradas de admiración para Arrieta. El moreno de piel cuarteada no paraba de llorar.

—Esta es un alma que está divagando, pero que no está con el deseo de meterse en otros, porque hay espíritus que sí lo hacen y esos sí son malos y se meten en los que son más débiles, que no se saben ni siquiera una oración ni persignarse —dijo el cura en su sermón.

El espectáculo prometía ser una historia garciamarquiana. Justo ahí llegó la papayera y empezó a entonar el himno nacional, un preámbulo que no defraudó porque a la salida de la iglesia esperaba una numerosa cabalgata, que se convirtió en una vistosa carrera por las arenosas calles, escoltada con los picós (los enormes parlantes que se usan en la Costa), a ritmo de música caribe y vallenatos a todo volumen.

Nadie quería irse y los torrentes de ron y de aguardiente pasaban de mano en mano. En una región donde al agua es un lujo, se repartía licor con generosidad a quien atravesara por la calle, fuera conocido o no. Llegaron las 8 de la noche y un atril se dispuso frente a la iglesia, en donde se treparon los músicos de la papayera. Con esto, se daba apertura oficial al fandango.

Mujeres y hombres, sin importar si eran niños o adultos, comenzaron lentamente a arremolinarse en torno al atril con cadencia y elegancia. Diez minutos después todo el pueblo empezó a bailar velas arriba, mientras los músicos no paraban de tocar ritmos rápidos y contagiosos. Las mujeres bailaban con las velas encendidas y no las soltaban jamás, aferradas a ellas, firmes en su danza, mientras caía la parafina en sus brazos.

Catorce años atrás los que bailaron fueron los paramilitares. En esta ocasión de agosto se bailaba por la vida. Por la liberación de un alma en pena. Y por la libertad del propio Arrieta. Ese moreno de piel cuarteada, entre tanto, presidía en las escalinatas de la iglesia su fiesta o, mejor, la de su pueblo. “Esa alma tiene que estar agradecida conmigo porque le estoy cumpliendo, espero que ella me cumpla a mí y no verla más”. Así se fueron yendo la noche, las velas, el baile, la música, el licor. “La vida es un fandango y quien no la vive es un pendejo”, dicen en esta región.