Un cardenal por vocación

El dos veces presidente del Episcopado, designado cardenal el pasado miércoles, siempre supo que quería entregar su vida al catolicismo.

Monseñor Rubén Salazar fue nombrado cardenal el pasado miércoles, por el papa Benedicto XVI.  / Gabriel Aponte
Monseñor Rubén Salazar fue nombrado cardenal el pasado miércoles, por el papa Benedicto XVI. / Gabriel Aponte

El nuevo cardenal de Colombia, monseñor Rubén Salazar, ofició su primera misa a los seis años. Tomaba con solemnidad hojitas de matarratón en las manos, las ofrecía a Dios y se las daba como hostias a una prima y a su única hermana, María Luz. Su madre, Josefina Gómez de Salazar, una mujer religiosa, de catequesis y misa diaria, le tejía los manteles del pequeño altar. El momento era solemne y serio, como los juegos de los niños.

Quizás por esa devoción temprana es que María Luz exagera y dice que la vocación religiosa de monseñor Rubén se notaba desde que nació, el 22 de septiembre de 1942. Ella está sentada en un sillón, en una de las tantas salas que tiene la curia arzobispal en Bogotá, donde vive junto a su hermano.

Cuenta que monseñor siempre fue un niño destacado, “inteligentísimo”, de varias medallas de honor en el Colegio Salesiano de Neiva, donde estudió hasta séptimo de bachillerato, antes de seguir el camino del sacerdocio de la mano de su tío Rubén, es decir, monseñor Rubén Salazar Cuartas, hermano de su padre, Narces Salazar, que murió a causa de un infarto cuando aún sus hijos estaban pequeños. Con 12 años llegó al Seminario Menor, en Ibagué. No era un niño común: rezaba de rodillas y de memoria todo el rosario, no le gustaba el fútbol y tenía una enorme capacidad para aprender idiomas.

Por eso nadie de su familia se sorprendió cuando se fue a Italia a estudiar teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y en el Pontificio Instituto Bíblico. Allí también se convirtió en un especialista en sagradas escrituras y hoy es, naturalmente, una autoridad en el tema, reconocido así por los sacerdotes de la Conferencia Episcopal. Sin embargo, cuando volvió a Colombia, luego de sus estudios en el exterior, aún no tenía 25 años, la edad que se requiere para ser sacerdote, así que esperó hasta el 20 de mayo de 1967.

En Ibagué tuvo a su cargo la primera parroquia, en un sector pobre donde hoy lo recuerdan y lo extrañan; también fue obispo de Cúcuta y, más tarde, arzobispo de Barranquilla. Trabajó varios años en el Secretariado Nacional de Pastoral Social y el 8 de julio de 2010, por mandato del papa Benedicto XVI, fue elegido arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, tomando posesión el 13 de agosto de 2010.

“Acompáñame, y te muestro algunas fotos”, dice de pronto María Luz. La curia arzobispal es una casa suntuosa, con cuadros religiosos del siglo XVI, sillones antiguos y vírgenes doradas. Todo es de propiedad de la Iglesia. El único toque personal de monseñor Rubén en la decoración de la casa, fuera de algunas fotos, está en el comedor: una colección de cerca de 20 platos pintados a mano, que desde el año 70 le envió una monja a la que conoció cuando estuvo en Alemania, trabajando en una parroquia. “Es que lo adoraba, a él lo quieren mucho”, dice María Luz, y anota que cuando llega a un lugar se aprende los nombres de todos, empezando por la señora que trae el tinto. En el tercer piso de la casa están los cuartos de monseñor Rubén y su hermana. Las escaleras son empinadas y no es fácil imaginarlo subiendo por ellas, porque aunque goza de buena salud, padece de la columna tras un accidente de tránsito que tuvo hace algunos años y por poco le cuesta la vida, aunque le dejó fracturas múltiples en la nariz y una rodilla.

Su cuarto no tiene nada fuera de lugar. Todo está en orden. Es metódico. Se acuesta temprano, se levanta a las cuatro de la mañana, reza en el atril al lado de su cuarto y prende el radio para escuchar noticias antes de que amanezca. Por su despacho pasan políticos y funcionarios del Gobierno todo el día.

El nuevo cardenal de Colombia, monseñor Rubén Salazar, quien junto a los demás miembros del Colegio Cardenalicio podrá hablarle al oído a uno de los hombres más influyentes del mundo, recibió la noticia de su nombramiento el pasado miércoles, en un retiro espiritual en Panamá. Es el único cardenal colombiano que está activo en la Iglesia y no teme decir, con su tono duro e imperturbable, “no al aborto, no a la eutanasia y no al matrimonio gay”.

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