Un magnicidio que sigue impune

Hace 25 años, la noche del viernes 18 de agosto de 1989, se paralizó el país. La mafia del narcotráfico y sus conexiones con la Fuerza Pública y la clase política asesinaron al hombre que se preparaba para enfrentarlos desde la primera magistratura del Estado.

Sin la protección que debió tener por lo que significaba para la democracia y por el peso de las amenazas que existían en su contra, el dirigente liberal Luis Carlos Galán Sarmiento fue acribillado en  Soacha. (Vea aquí el paso a paso en la vida de Galán)

Hoy, su hijo Juan Manuel Galán, senador de la República, recuerda que cuando el humor de su padre cambiaba era una clara señal de peligro. “Era mamagallista por naturaleza, pero cuando estaba angustiado o nervioso se ponía tenso”. Y así estuvo desde el 4 de julio de 1989, fecha en que fracasó el primer intento de sus enemigos para silenciarlo. Sin embargo, pese a sus apremios y dudas, prevaleció su deber, y esa noche de agosto se fue sereno y firme a enfrentar a la muerte que lo esperaba agazapada bajo una improvisada tarima.

Ese fue su talante. Lo dijo muchas veces en público, emulando la frase histórica del comunero José Antonio Galán: “Ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que fuere menester, sea”. Una condición de liderazgo que conoció el país desde sus 27 años, cuando fue designado ministro de Educación en el gobierno de Misael Pastrana. Apenas un año antes había contraído matrimonio con su compañera de redacción en el periódico El Tiempo, Gloria Pachón, que se convirtió en su mano derecha para todo lo que hizo de él un hombre admirado por los colombianos.

Con la obvia nostalgia de tan larga ausencia, ella recuerda que fue el 20 de julio de 1969, el mismo día que el hombre pisó por primera vez la Luna y el mundo entero lo vio por televisión, cuando él le propuso matrimonio. Se casaron semanas después en una iglesia cercana a la casa de los padres de Galán y la luna de miel fue en una finca que apenas empezaba a serlo. El tiempo necesario para regresar a su estado natural de hombre público, en su primera época con el apoyo y la admiración del expresidente liberal Carlos Lleras Restrepo.

En 1972 nació su hijo Juan Manuel, en la misma época en la que enfrentaba dificultades en las universidades públicas, pero lograba sacar adelante importantes reformas para profesionalizar la educación. Luego viajó a Roma, en calidad de embajador de Colombia en Italia, y allí llegó su hijo Claudio Mario. Cuando regresó al país en 1976, el mismo tiempo en que vino al mundo su hijo menor, Carlos Fernando, empezó una vertiginosa carrera política que rápidamente lo llevó al Congreso y después a constituir su plataforma del Nuevo Liberalismo.

Sus debates fueron históricos. La modernización administrativa y fiscal de los municipios, la reforma electoral que implantó el tarjetón en Colombia, sus reparos por los atrasos del Estado en la política energética y, por supuesto, su indeclinable lucha contra la corrupción, la violencia y el narcotráfico. Tiempos de incansables recorridos por el país. En bicicleta, a caballo, en lancha, asimilando las necesidades de una Nación, escuchando a la gente, ganándose un lugar en el corazón y la mente de sus compatriotas.

Como era de esperarse, también afloraron antes de lo previsto sus contradictores. El 18 de octubre de 1981, apenas a los 38 años, ya era candidato a la Presidencia de la República con una retadora consigna contra sus enemigos: “Contra la corrupción y la mediocridad”. Ya el país empezaba a advertir las señales de lo que sería una pesadilla por el avance de las mafias del narcotráfico que pronto lograron colarse en el deporte, la economía, la clase política, los organismos de inteligencia y las Fuerzas Armadas.

Gloria Pachón evoca cómo empezó a volverse una costumbre visitar funerarias para despedir mártires de la democracia. “A pesar de que era un niño, recuerdo lo que estaba ocurriendo. El asesinato de Rodrigo Lara, de Jaime Pardo Leal, de Guillermo Cano. Todos en casa sabíamos que papá era un hombre amenazado y que Colombia sufría por los violentos”, agrega Carlos Fernando Galán. Aun así, nunca declinó en sus obligaciones familiares y sociales como buen hijo, buen padre, buen hermano y buen amigo.

Le gustaban las peleas de boxeo, no se perdía unos Juegos Olímpicos, gozaba con el fútbol, celebró a rabiar los triunfos de Fabio Parra y Lucho Herrera en el ciclismo. Con el campeón de la Vuelta a España en 1987 alcanzó a desarrollar una espontánea amistad que se vio reflejada cuando Lucho Herrera le regaló la bicicleta que había usado en el Tour de Francia. Con esa cicla salía a dar vueltas al parque. Un día la bicicleta desapareció y sólo después de su muerte se supo la verdad. Luis Carlos se la había regalado a su primogénito, Luis Alfonso, el hijo que tuvo antes de casarse y que heredó su amor por el deporte y el derecho.

Siempre fue un hombre de amigos y de familia. Con los primeros dejó inolvidables recuerdos desde cuando improvisaban partidos de fútbol en la biblioteca del periódico El Tiempo, y de los suyos, costumbres que sus hijos rememoran con amor. Siempre compartieron la hora del desayuno. Él se sentaba a la mesa con el periódico en la mano y disposición a explicar las noticias. Cuando regresaba temprano a casa jugaba el video juego Pac Man con sus hijos. Juan Manuel, Claudio y Carlos Fernando sostienen que nunca pudieron ganarle.

Todas esas añoranzas empezaron a verse trastornadas por el devenir político. En 1988 emprendió su segunda aspiración a la Presidencia de Colombia, y desde el mismo día en que aceptó arriar las banderas del Nuevo Liberalismo y regresó a las filas del oficialismo para disputar el primer cargo del Estado, lo hizo con la conciencia de que iba a ser un camino de espinas. Su victoria en la consulta liberal, mecanismo aprobado para garantizar la unión de ambas colectividades, no sólo era inminente sino esperada con entusiasmo por sus crecientes seguidores.

Hasta que llegó el día fatídico. La semana previa al 18 de agosto, su esposa Gloria le insistió en que no fuera a la manifestación prevista en Soacha, sobre todo después del atentado que la mafia había preparado en su contra en Medellín y el cual las autoridades lograron frustrar. Sin embargo decidió acudir al acto político porque era su deber. Estaba impactado por el dolor de la justicia, una vez más masacrada, esta vez con el asesinato del magistrado Carlos Valencia García dos días antes, y por la noticia del magnicidio del coronel Franklin en Antioquia.

De hecho, uno de sus primeros actos de aquel viernes fue dictarle a su secretaria Lucy Páez una declaración lamentando lo sucedido. “Con estos bárbaros episodios, la violencia golpea los principios fundamentales de la organización social que representan los jueces y los agentes del orden. Pero todos tenemos que afrontar el peligro y no desmayar en la defensa de la sociedad”, quedó escrito y fue su último texto. Cuando salió de su casa rumbo a Soacha, se fue convencido de que iba a volver antes de la medianoche a abrazar a sus hijos.

Lo demás es historia conocida. Cuando llegó a Soacha se paseó por la plaza en el platón de una camioneta. Desatendiendo consejos de seguridad, no se cansó de saludar a la multitud que lo aclamaba, cruzó palabras de satisfacción con sus escuderos y confidentes, Juan Lozano y Germán Vargas Lleras, y luego subió a la improvisada tarima donde lo esperaban los homicidas. Levantó su mano derecha y de inmediato se escuchó la primera ráfaga de balas. Todos lo vieron por televisión esa misma noche cuando el luto ya sobrecogía a Colombia.

Cuando su esposa y sus hijos se enteraron, acudieron esperanzados por su vida, pero al llegar al hospital de Kennedy se tropezaron con la abrupta verdad. El narcotráfico y sus aliados le segaron los sueños. Desde ese mismo día la gente salió a las calles a repudiar el hecho y las honras fúnebres de Luis Carlos Galán se convirtieron en un día de soledad y de tristeza. Al día siguiente, Gloria, Juan Manuel, Claudio y Carlos Fernando empezaron a empacar sus cosas para marchar al exilio. Habían perdido al hombre de sus vidas y Colombia al líder político que pudo representar el cambio de rumbo que se sigue esperando.