Un nobel incomprendido

Perfil de Joseph Stiglitz, un hombre sonriente al que le temen los poderosos. Hace una semana, el nobel de economía llenó de jóvenes un auditorio de Medellín hablando de economía, desigualdad y ciudades sostenibles.

Joseph Stiglitz, premio nobel de Economía en 2001, visitó Medellín la semana pasada y reconoció el valor que aporta a la ciudad su sistema de transporte. /Cortesía Alcaldía de Medellín

Joseph Stiglitz llegó en primera clase a Medellín. Se hospedó en un hotel cinco estrellas y cenó con el gobernador de Antioquia, el alcalde de la ciudad y los empresarios más prominentes de la región.

Desde hace 10 meses, los organizadores del Séptimo Foro Urbano Mundial cruzaron los dedos y solicitaron un espacio en la agenda de este personaje, que cada año recibe unas 1.500 invitaciones para dar conferencias.

Podría pensarse que Stiglitz es una celebridad convencional, pero no. El nobel de Economía, considerado por el New York Times como el economista teórico más influyente de su generación, aceptó la invitación a los dos días, llegó el lunes de la semana pasada a Medellín y, antes de acomodarse en su suite de lujo, prefirió andar por la ciudad.

Primero visitó el Museo de Antioquia. La obra de Fernando Botero le llamó la atención, pero aún más los murales de Pedro Nel Gómez, que encontró reveladores por mostrar cómo la maquinaria irrumpió en la sociedad. Dijo que eran similares a los del mexicano Diego Rivera y disfrutó las explicaciones de una guía del museo, con quien no tuvo problema en compartir ideas y anécdotas, como las de sus cenas con el expresidente de Venezuela Hugo Chávez, siempre al lado de un retrato de Simón Bolívar.

Más tarde, probó jugo de guanábana, pastel de guayaba y de arequipe, y caminó por el centro de Medellín como cualquier transeúnte con barba blanca y lentes. Visitó fruterías en la Comuna Dos, utilizó el metro, el metrocable, recorrió la Biblioteca España y hasta tuvo tiempo para entrar a una guardería, donde más que un nobel fue un abuelo querendón.

Los funcionarios del Foro Urbano Mundial que lo acompañaron coinciden en que la sencillez y la curiosidad de Stiglitz fueron pasmosas. Él no tuvo exigencias ni prevenciones, pero sí muchas preguntas sobre Colombia y Medellín: desde por qué el color de las casas hasta los detalles del sistema de servicios públicos.

El nobel ha lanzado preguntas incómodas al sistema financiero mundial. Su blanco preferido es el Fondo Monetario Internacional, al que ha comparado con “un hospital donde los enfermos empeoran” y que “contrata a estudiantes de tercera categoría en universidades de primera”. De hecho, en 1999 el Banco Mundial expulsó a Stiglitz de su vicepresidencia, al parecer por expresar un ligero desacuerdo con la globalización que profesa el organismo.

Después de este episodio, Joseph Stiglitz dejó de ser el aliado de la economía norteamericana, la mano derecha en asuntos financieros para presidentes como Bill Clinton, y Newsweek lo llamó “el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos”.

Como incomprendido volvió a la academia en la Universidad de Columbia, y en 2001, como incomprendido, recibió el Premio Nobel de Economía por sus análisis sobre el funcionamiento de los mercados cuando los agentes económicos no disponen de la misma información para la toma de decisiones.

Pero los reconocimientos a Stiglitz no sólo se deben a sus habilidades innatas en matemáticas. Indudablemente el hecho de nacer en Gary, una pequeña población norteamericana productora de acero, le permitió observar y vivir en carne propia la discriminación racial, la pobreza y el desempleo, que le despertaría el interés por los problemas sociales. El viaje a Kenia cuando tenía 26 años le mostraría el verdadero rostro de la desigualdad, de la que tanto ha escrito. ¿Será casualidad que Paul Samuelson, el primer premio nobel de Economía, también naciera en el lejano y desdichado Gary?

Pues según dice él mismo, todas estas venturas y desventuras significaron muchísimo para decidir sus inclinaciones.

Hoy su gran bandera es el discurso sobre la desigualdad (a la que le ha dedicado obras como su libro El precio de la desigualdad) y los abusos de las potencias contra los países más desfavorecidos. De hecho, los medios españoles lo vieron hace un par de años, megáfono en mano, alentando a los jóvenes indignados del movimiento 15-M e invitándolos a responder a las “malas ideas”, no con la indiferencia, sino con “buenas ideas”.

La semana pasada, durante el Séptimo Foro Urbano Mundial en Medellín, Joseph Stiglitz llenó el Teatro Metropolitano. Cientos de personas, especialmente jóvenes, querían ver y escuchar al “incomprendido”, quien en un discurso de casi una hora, con humor, agudeza y anécdotas, dejó claras sus críticas al sistema financiero de Estados Unidos.

Para él, “el sueño americano es un mito”, ya que las oportunidades de los jóvenes dependen de los ingresos de sus padres, mientras su país ha alcanzado el mayor nivel de desigualdad en ingresos entre todos los países desarrollados.

Por esto, advierte que tengan cuidado los países que quieren emular el modelo norteamericano y le recomienda a Colombia que luche por nivelar su papel en el campo de juego que significa haber formado el TLC con EE.UU.: “Esos no son tratados de libre comercio, libre solo es el nombre. Son tratados manejados por el interés de Estados Unidos, o sea que no crean un campo neutral para los dos países”.

Stiglitz, siguiendo su contradicción con las tradicionales ideas económicas, insiste en que las ciudades deben ir más allá del crecimiento de su Producto Interno Bruto (PIB), pues las que lo han seguido, generalmente no entregan mejoras en calidad de vida. El Nobel dice que en medio del debate sobre el futuro de las urbes, es mejor luchar por ciudades habitables, para la vida, que sean planificadas, que tengan buen espacio público y donde los tiempos de viaje no consuman la rutina diaria. Él, todo un experto en economía, está convencido de que el crecimiento económico también requiere enfocarse en la sostenibilidad social y ambiental.

Después de frases como que el 1% de la población disfruta del mejor nivel de vida, mientras el 99% restante espera una oportunidad, al nobel le sobraron los aplausos y como ídolo, firmó autógrafos a más no poder sobre la foto suya que aparecía en la programación del evento.

Esa noche, luego de 48 horas en Medellín, el “incomprendido” partió a Toronto, luego a Nueva York y más tarde a Atlanta, para atender tres de los más de 1.400 compromisos que le esperan en el resto del año.