Un papá genial: Yuri, Noboru y Caori Takeuchi Ta

Conoció más lugares de Colombia que muchos colombianos, nunca quiso conducir ni tener carro para no dañar el ambiente y fue uno de los principales impulsores de las matemáticas en el país.

 Yu Takeuchi con su nieta.  / Archivo particular
Yu Takeuchi con su nieta. / Archivo particular

Los hijos de Baldor probablemente se sentían igual que nosotros en la niñez y adolescencia. Nuestro padre era un personaje muy popular, todos los profesionales de la Universidad Nacional y los matemáticos e ingenieros de Colombia aprendieron matemáticas avanzadas con alguno de sus más de 30 libros y publicaciones.

Si uno mencionaba Takeuchi, cualquiera nos relacionaba de inmediato con “el maestro” (hasta donde sabemos, el apellido Takeuchi es frecuente en el Japón, pero ninguna de las familias inmigrantes a Colombia lo tiene). Era tan popular que incluso se presentó en televisión en algún programa de entrevistas de personajes famosos del país.

Era un hombre excéntrico. Desde cuando llegó a trabajar a la U. Nacional en Bogotá y conoció la moda juvenil de los bluejeans, abandonó para siempre los trajes de paño de dos y tres piezas y la corbata que utilizaban los académicos japoneses (y en esa época aún los colombianos). Para él, la comodidad era lo principal y siempre usaba un par de jeans y un saco de lana virgen de Boyacá, de los muchos tejidos por nuestra madre. Solo lo volvimos a ver usar, “obligado”, una corbata en los matrimonios y grados universitarios de los hijos mayores y para recibir ciertos premios como el Honoris Causa de la Javeriana, la Cruz de San Carlos de la Cancillería de Colombia y la Orden del Sagrado Tesoro, en la categoría Rayos de Oro y Cinta al Cuello, del gobierno de Japón.

Fue un autodidacta para el aprendizaje del español, de manera que en su largo viaje por barco a Colombia desde Japón, subrayaba y traducía libros infantiles. Le seguían impresionando algunos colombianismos y era frecuente oírlo decir con picardía y deleite palabras como “chimbo” y “chanchullo”.

Se negó a comprar y conducir carro particular, confiado en el caminar y en el transporte público y la necesidad de no contaminar el ambiente. Escribió sus libros y él mismo publicó la revista trimestral que por más de 10 años, con dinero de su propio bolsillo, imprimía en el garaje de nuestra casa. Quería que estuvieran al alcance de los estudiantes y profesores de todo el país. Para ello compró una gran impresora, una guillotina gigante de papel y una quemadora de planchas para impresión offset. En una época en que no existían las computadoras, teníamos una máquina de escribir en la que se intercambiaban los moldes para los distintos tipos de letras y alfabetos matemáticos. Crecimos dando vueltas alrededor de la mesa para compaginar los libros y después graparlos y pegarles la cubierta con colbón.

Como experto cocinero, era un aficionado a los aparatos domésticos: en nuestra casa tuvimos tal vez uno de los primeros hornos microondas del país, una gran tajadora de carnes frías, extractores de jugos y una máquina para la elaboración de pastas. Por supuesto, también hacía tofu, miso y la salsa soya que consumíamos en nuestras cenas. Papá “importaba” los granos de soya que cultivaban los agricultores del Valle del Cauca y, mediante un proceso químico casero, la fermentaba con ácido clorhídrico para luego neutralizarla.

Muchas veces lo acompañamos a los cientos de viajes por las distintas ciudades y pueblos de Colombia a los que iba a dictar sus conferencias de matemáticas. Conoció más sitios del país que muchos colombianos, desde el Chocó hasta el Caquetá, desde Sucre hasta Nariño. Para que conociéramos el Japón, que ya no extrañaba, en nuestra adolescencia nos llevó a cada uno de nosotros a recorrerlo también, contándonos múltiples anécdotas históricas.

Las novelas y series policíacas y de ciencia ficción de la época lo apasionaron. Perry Mason era uno de sus ídolos y la señora Emma Peal de Los Vengadores, su personaje femenino favorito. Tierra de Gigantes y Viaje a las Estrellas algunas de sus preferidas. En nuestra infancia, nos traía libros infantiles de los que se encontraban en la universidad. En esa época eran libros rusos bellamente ilustrados y así aprendimos lo que es una isba y quién es un mujik. Más adelante, nos llevaba con regularidad a la primera Librería Panamericana, para que escogiéramos nuestra propia literatura.

Nuestros hijos, sus nietos, cambiaron algunas cosas en la familia. Para entonces, ya menos dedicado a la universidad, nuestro padre se volcó a consentirlos. Nunca antes lo habíamos oído cantar, para ellos lo hacía. Como alguna de sus nietas no se dejaba bañar en la tina, se ingenió hacerlo con una regadera de plantas, como se cuidan las flores del jardín. Para ellos hubo comida especial, los jugos de mango de azúcar en los teteros, la enseñanza individual de los primeros números y letras con ingeniosas estrategias didácticas.

Su generosidad era infinita, no tenía dudas en apoyar causas para el bien común, podríamos definirlo como un buen feminista. Las mujeres le parecíamos tanto o más brillantes, eficientes y trabajadoras y, sin duda, admiraba la genialidad de los colombianos. Sus aforismos sobre la incapacidad de los colombianos para trabajar juntos y su sentido del humor son famosos. “Un colombiano es más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son infinitamente más inteligentes que dos colombianos”, decía. A su alumno y hoy rector de la Universidad Nacional, el profesor Mantilla, le oímos contar sobre “su asombro al ver que en la costa colombiana los baldes con langostas no necesitaban tapa, al contrario del Japón, donde había que taparlas para que no se escaparan al ayudarse entre sí”.

Aprendimos con él que el trabajo en equipo es lo más importante para el desarrollo de un pueblo. Lo queremos tanto que hoy su esposa Shizu y nosotros sus hijos preservamos su legado y patrocinamos un premio en su nombre, los premios anuales Yu Takeuchi, otorgados a través de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales a las mejores tesis de maestría y doctorado en Ciencias.

Lo extrañamos mucho.

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