Una década con Guillermo Cano

Este sábado 17 de diciembre se cumplen 30 años del asesinato del director de El Espectador.

Dirigió El Espectador desde 1952 hasta su muerte en diciembre de 1986. Archivo

Mi relación de trabajo con Guillermo Cano fue una experiencia gratificante a lo largo de una década completa, tanto más cuanto que al año y medio o dos de estarle colaborando como columnista, me sorprendió con la noticia de que le escribiera dos editoriales a la semana, alternando con Ramiro de la Espriella, Fernando Plata Uricoechea y Jaime Pinzón López. Meses después, me hizo el honor de vincularme al consejo editorial, a pesar de que yo vivía en Cartagena. (Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)

Su ejercicio del periodismo fue un goteo cotidiano de liberalismo puro, iniciado desde muy joven, antes de los 30 años. Don Gabriel Cano, su progenitor, le confió en 1953 la dirección de El Espectador con todos sus trastos, en una época en que, como consecuencia de tantos sinsabores políticos, un gobierno militar se hizo cargo del poder en las condiciones conocidas. (Vea qué pasaba en Colombia 100 días antes de que asesinaran a Guillermo Cano)

Qué bueno fue escribir, bajo su dirección y al amparo de su liberalismo acendrado, sobre la Colombia que había dejado atrás los rastros de la dictadura y los más recientes del Frente Nacional, cuyo lado malo entraba en una fase de traumas con clientelismo y corrupción al rojo vivo. Hubo materia prima política y económica para analizar tantas cosas desoídas, lamentablemente, por los dirigentes de los partidos y sus caudas, que desembocaron, a la postre, en la crisis que precipitó el principio del fin del liberalismo y el conservatismo. (Vea algunos videos de periodistas de la época)

De lujo y variada era la nómina de columnistas que opinaban con libertad, dentro de un código de ética y otro de buenas maneras que sólo una comunidad de objetivos entre quien dirigía y quienes escribíamos hizo posible. Columnistas y editorialistas conocíamos el pensamiento del director tan bien que la unidad de propósitos no se quebrantó jamás, sin perjuicio de que las obvias diferencias que surgían, sobre todo en los editoriales que Guillermo revisaba con meticulosidad, se superaran con cordialidad y sensatez, siguiendo los derroteros que aprestigiaron la tradición de la casa. (Estas eran las luchas y pasiones de Guillermo Cano)

No era difícil establecer que el periodista Guillermo Cano obraba, cuando iba de sección en sección, cigarrillo en mano, con responsabilidad y rigor, a darle el visto bueno a la redacción de las noticias, la pertinencia de los titulares, la extensión de las crónicas, la disposición de las fotografías, el orden de las caricaturas, la temperatura del fotomontaje y, en fin, al material que reporteros, cronistas y fotógrafos acumulaba de conformidad con las instrucciones impartidas el día anterior.

Guillermo compensaba su timidez con el excepcional poder de comunicar, con pocas palabras, gestos y hasta señas, ideas muy claras sobre la imparcialidad informativa y el análisis de los hechos. En el equilibrio para manejar los dos referentes era donde se advertía lo indispensable que es pasar por el filtro de un ideario el influjo de los principios y las convicciones, a fin de que lo informado y lo evaluado constituyeran orientación consistente. De ahí que se notaran tan claras las diferencias entre El Espectador, El Tiempo, El Siglo (después El Nuevo Siglo) y La República.

Siempre pensé que ese era un estándar que venía de don Fidel, don Luis y don Gabriel Cano. Hablo de memoria, pero fue la impresión que me dejó una página de Guillermo titulada “El abuelo que no conocí” y que el país leyó con regocijo por la descripción de la personalidad de don Fidel y las emocionadas alusiones a los avatares que el periodista decimonónico de San Pedro, Antioquia, sorteó desde un 22 de marzo de 1887, enfrentado a la Regeneración y a sus hombres más preclaros, incluyendo al bisabuelo del actual presidente del consejo editorial, quien le comunicó de modo oficial que se le aplicaría el artículo K de la Constitución y se despidió del destinatario con el sacramental “Dios guarde a usted”. Don Fidel se dio por notificado y se despidió del remitente con un “Dios me guarde de usted”.

Hasta aquí me he ocupado del liberalismo de Guillermo como estado de alma, como actitud ante la vida. Ahora bien, como liberal de filiación tuvo la particularidad de observar el proceso de su desempeño sin el menor asomo de sectarismo y de pasiones. Juzgaba el papel histórico del liberalismo como cauce de opinión sin guardarse el coraje y el derecho a la crítica cuando el partido y sus jefes merecían verdades desagradables, para las cuales no había, en su dirección y sus cuadros, ni pizca de autocrítica, a despecho de sus errores, tumbos y corruptelas.

Nunca entendió Guillermo cómo un presidente liberal pudo expedir el Estatuto de Seguridad. El balance que le escuché del Turbay anterior a 1978 y el Turbay posterior a ese año fue impecable, e invocaba un ensayo que su padre había escrito sobre el gran triunfador de la política hasta cuando fue designado canciller, donde cada ascenso del hombre reposado y talentoso terminaba coronado de éxito. Con aquel decreto de estado de sitio, según Guillermo, había quedado desmentida una trayectoria ideológica que arrancó con Ezequiel Rojas, pasó por el Olimpo Radical y se consolidó con el general Uribe, para volcarse como patrimonio nacional en la República Liberal (1930-1946), con López Pumarejo y Gaitán en la cubierta del barco.

Al periodista Guillermo Cano le importaron un pepino los reproches del caciquismo liberal, porque tenía la certidumbre de que sus excesos acabarían por desguazar al partido, y sus advertencias quedarían, las de Guillermo y su periódico, como constancia histórica de que la debacle podía eludirse.

Otro episodio que tengo muy presente fue el de la toma del Palacio de Justicia por el M-19. Ese drama de tres días, imborrable por lo patético e inútil, le reforzó su decisión de arreciar la lucha contra el narcotráfico, por el vínculo criminal del grupo guerrillero con el cartel de Medellín. Era una maldición que no se podía tapar y que había que combatir como se combaten los flagelos: denunciándolo y exigiendo justicia, pues aún había jueces con principios y arrestos para no venderse. El director Cano estaba decidido. Por eso puso su lupa investigativa en el entramado de los carteles, en sus volúmenes de producción, en sus redes de exportación, en el monto de los sobornos y en los laberintos del sicariato.

Sostuvo con dolor de patriota que el hecho de que quisieran hacerle un juicio público al presidente, en la Plaza de Bolívar, no justificaba meter los tanques en el Palacio a sabiendas de que el riesgo de masacre era alto, y que los asaltantes la justificarían con la sobredimensionada provocación del Ejército. Malo si lo ordenó el presidente; peor si los militares actuaron por su propia cuenta.

Alguien dijo, con razón, que el martirio de Guillermo Cano fue un aporte al mundo, no sólo a su país, por cuanto la salud colectiva, de punta a punta de la Tierra, sufría las consecuencias de la bonanza de psicotrópicos procedente de Colombia. De tal tamaño fue el impacto que en el ánimo de Guillermo produjo el auge descomunal del narcotráfico aquí, que no se concibió como un observador silencioso del desfile de sus estragos, sino combatiéndolo con el fuste de un periodista sin miedo a los asedios de la barbarie. No hubo desaliento que lo detuviera, ni tregua que enfriara su paso de luchador.

Había echado su suerte, y murió al pie de su palabra.