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hace 6 horas

Una fiesta amenizada con millo

En Barrio Abajo, uno de los sectores más populares de la capital del Atlántico, se celebra la Rueda de Cumbia, evento que recuerda las fiestas de antaño en el Caribe y que ha contagiado a artistas como Piero, Cuco Valoy y Jorge Drexler.

Turistas de todas partes llegan a la Rueda de Cumbia que se celebra en Barrio Abajo, uno de los sectores más tradicionales de Barranquilla. / Fotos: Jesús Fragozo Caro

Una pequeña tarima de tablas de madera está en una esquina del Barrio Abajo (Barranquilla). Ahí hay seis músicos que tocan cumbia mientras un gentío baila dando vueltas al entablado que tiene la forma de un círculo, en donde apenas hay espacio para el grupo de millo. Hay mujeres con polleras, y las que usan pantalón de mezclilla alzan las manos como si llevaran falda. Los hombres van como sea. Total, es una Rueda de Cumbia, y ahí lo más importante es bailar hasta que se hinchen las piernas.

La fiesta amenizada con flautas de millo (planta), dos maracas, tres tambores y una guacharaca, es una especie de ritual que se celebra por dos o tres viernes durante el Precarnaval. Todo depende de que se reúnan $3’700.000 para sacar el permiso en la Alcaldía. El dinero que se paga a la Policía, Sayco y Acinpro, la Oficina de Atención y Prevención de Desastres y la autoridad ambiental es financiado en parte por la Secretaría de Cultura de Barranquilla; el resto, que es más del 50%, sale de los comerciantes que venden cerveza y comida durante el evento, y de los integrantes de la Fundación Noche de Cumbia y Fandango “Tradición del Barrio Abajo”, los organizadores, que prestan plata para hacer la fiesta. Sólo unas tres veces han cobrado por la entrada.

Los bailadores llegan a la rueda atraídos por la melodía del millo. Son las 10 de la noche y es la antesala del Carnaval de Barranquilla, que empieza hoy y termina el 17 de febrero. Manuel Caridi (62 años) es un negro que no para de bailar con una extranjera de pelo corto y rubio que usa un vestido azul. Es un viejo zorro que no dejó de dar vueltas ni siquiera cuando llegó la reina popular, Lisney Manjarrés Herrera, su sobrina. No tienen el mismo apellido, pero él afirma —con cierta arrogancia— que es el tío.

“Unos 24 músicos ya se han subido a la tarima en donde al final de la rueda habrán tocado más de 200”, asegura Gustavo Jaraba, uno de los organizadores. Él, que hace parte de un grupo de millo, estuvo junto con su hermano Humberto a cargo de abrir la fiesta. Los músicos se van turnando durante toda la noche, pero no hay un segundo en que la rueda quede en silencio.

“Queríamos sacar una cumbiamba, pero luego nos dimos cuenta de que no había tiempo ni plata. Decidimos tocar un día en la calle y llegaron unas 20 personas. Al año siguiente lo hicimos otra vez, y esa cifra se duplicó. Así fue como surgió la idea de hacer esta fiesta”, afirma Gustavo mientras bebe una cerveza en la terraza de su casa. Él, Humberto y un grupo de amigos celebraron en 2001 la primera Rueda de Cumbia.

Más de 200 personas, entre turistas y barranquilleros, han llegado a la rueda. El cantante uruguayo Jorge Drexler, que ganó en 2005 un Óscar, es uno de los bailadores que imitan los pasos de un hombre que lleva un sombrero vueltiao. Piero y Cuco Valoy son otros de los artistas que han estado en Barrio Abajo, quizá porque es el único evento capaz de retroceder el tiempo: representa las fiestas populares que se hacían en la región Caribe hace más de un siglo. Ahí no hay diferencias económicas ni de tipo sexual.

“Antes esto era una tradición de los pueblos del Atlántico en donde se bailaba fandango y bullerengue”, asegura el fundador de la cumbiamba El Cañonazo, Luis Alberto Martínez (88), que sacó en el 64 el primer grupo de bailadores. Pero las Ruedas de Cumbia se celebran desde la época de la esclavitud, en diferentes partes de la región. Así lo afirma el director de El Gallo Giro, Enrique Guzmán (47), que preside una de las cumbiambas más conocidas del Carnaval. “Por aquel entonces se ponía una vara de mangle con una bandera roja en la plaza, y todos sabían que ahí se iba a bailar. Los músicos tocaban al ladito del palo”, afirma.

Los que se meten a la rueda, mientras tanto, no paran de reír. Es como si alucinaran apenas pusieran un pie en el círculo. Camilo Blanco tiene 15 años, pero parece que tuviera 11. No se cansa de arrastrar los pies. “¡Ay hombe, güepa, güepa!”, grita un hombre corpulento que toca la tambora. “¡Güepa je!”, responden al unísono los que están bailando. Así se la pasan toda la noche, por lo menos hasta las 2 de la mañana, hora hasta la que está permitido el evento.