Una flor de vida en el barro

Tenía 11 años cuando sobrevino la tragedia. Sólo uno de sus hermanos se salvó. Sus padres, su abuelo, sus amigos, todos desaparecieron. Hoy prepara una exposición en homenaje a la memoria de su pueblo.

Claudia Méndez, experta en “coaching” y ahora promotora de una exposición en homenaje a su pueblo. Gustavo Torrijos
El último momento en que vio a su familia, Claudia Méndez estaba en la terraza de su casa ubicada en la calle principal de Armero. Eran las once de la noche y desde allí vio cómo las personas corrían despavoridas por la calle y los carros a toda velocidad las atropellaban. De repente se fue la luz, rugió la tierra, algo explotó muy cerca y una nube negra, espesa y turbia, la desprendió de la mano de su padre, Jesús Emilio, a quien nunca volvió a ver.
 
A los once años, Claudia comenzaba a conocer el rostro del miedo. Tras la primera avalancha quedó atrapada en un hueco que se formó en medio del desastre, con la sensación de que un remolino la succionaba y una lata le destrozaba la pijama. Escuchaba gritos, rezos, lamentaciones, y de pronto volvió la nube negra. A pesar de que la oscuridad reinaba, en un destello de luz se vio envuelta en un alud que avanzaba a toda velocidad contra la cúpula de la iglesia.
 
No sabe qué pasó, pero cuando cerró los ojos esperando el impacto algo extraño la expulsó en otra dirección y terminó abrazada al tronco de un árbol caído. Entonces empezó a hundirse. El barro le entraba por la nariz y los oídos, le tapaba la vista, se le metía en la boca. Era sabor a tierra y olor a azufre. Hasta que quedó sin fuerzas, dejó de luchar, pensó que estaba muriendo y entró en una especie de sopor, como si flotara en el aire.
 
Regresó a la realidad por un dolor agudo en la quijada. Era un palo que tenía enterrado y que se sacó como pudo. En ese momento, a pesar de la penumbra, aferrada al tronco salvador, constató la tragedia. A su lado, una mujer hundida en el légamo le decía que no sentía las piernas. Otra persona rezaba en voz alta y una tercera gritaba que era una maldición divina. Entre alucinaciones, gritos de auxilio y extremo dolor físico, pasó la noche casi sin moverse.
 
Cuando el alba se impuso el horizonte era patético. Todo gris, casi negro, incluso su cuerpo semidesnudo. A pocos metros estaba el cadáver de una mujer cortada por la cintura y, en medio de los escombros, cuerpos descuartizados de seres humanos y animales domésticos. Ya no se escuchaban lamentaciones o improperios, imperaba el silencio. Después de un rato, agobiada por la tos que le dejó el barro en la garganta, comprobó que dos jóvenes compartían su suerte.
 
Una muchacha que le habló del colegio y le aseguró que estaban cerca al serpentario del pueblo y un joven que no dejó de insistirle en que no se moviera mucho ni conciliara el sueño. A veces oraban, se quejaban de que las prometidas alarmas nunca habían sonado y, a pesar de que el clima de Armero era de calor constante, sentían un frío sobrecogedor y la angustia de que las horas pasaban y debían enfrentarse de nuevo a la interminable noche.
 
Con sobresaltos y pesadillas, Claudia durmió muy poco. Además de sus dolores se sumió en la zozobra pensando en el muchacho que, arrastrándose entre los escombros, se había ido en busca de ayuda. La despertó del todo una llovizna pertinaz que fue diluyendo el barro de su cuerpo pero dejó aflorar sus heridas. Entonces, como si hubiera estado atrapada, fluyó la sangre escandalosa. Sin embargo, era más su miedo a que apareciera alguna serpiente.
 
Hacia las diez de la mañana, con su compañera de infortunio avistaron el primer helicóptero en vuelo rasante. Así que su amiga empezó a agitar como pudo su camiseta como una bandera, hasta que un socorrista las vio y desde el aire les dijo que no tenía cupo pero volvería por ellas. Fueron dos horas más y cuando regresaron, como el helicóptero no podía aterrizar en el sitio, les arrojaron cuerdas. Ahora el dilema era cómo sacar fuerzas para desenterrarse.
 
Claudia se miró las manos y las tenía cortadas, pero pudieron más las ganas de vivir y, atravesada por los dolores, apretó su cuerda hasta que un socorrista extranjero la rescató halándola de los brazos. Ya en el helicóptero les dieron Coca Cola. Apenas pudieron tomar unos sorbos porque lo que vieron no daba para el alivio: un mar de lodo había borrado su pueblo de la faz de la tierra. Las llevaron a Lérida y allí perdió contacto con la otra sobreviviente.
 
Entonces empezó la segunda fase de la tragedia: carear la realidad. La lavaron con manguera a chorros y le sacaron el barro con estropajo, pero se desmayó. La envolvieron en una sábana y se la llevaron en el piso de un bus hasta Ibagué. Después de revisarla, un médico del hospital Jordán sentenció su diagnóstico: “Tiene heridas feas en el cuello y la pierna izquierda, pero no se pueden cerrar porque están infectadas y hay riesgo de gangrena”.
 
Luego perdió la noción del tiempo. Entre pesadillas en las que el barro la ahogaba y los cadáveres de madres e hijos asidos por las manos rondaban su mente en desvarío, los únicos chispazos de lucidez fueron para gritar y que los auxiliares corrieran a asistirla. Hasta que una mañana una enfermera le susurró al oído: “Ya va a ser Navidad”. Sin darse cuenta había pasado un mes. Entonces, más allá de su pierna destrozada, decidió mirarse por primera vez en un espejo y escasamente reconoció sus ojos.
 
Lo demás es su valiente historia como sobreviviente. Estuvo un tiempo en el ICBF y de allí la rescató un tío paterno. Por él se enteró de que sus padres y su abuelo habían desaparecido y que de sus hermanos sólo se había salvado Emilio. Con la familia de su tío vivieron una época en San Carlos (Antioquia) y después en Cali, luego ella se marchó a Inglaterra a trabajar como voluntaria de apoyo a personas discapacitadas. Algo le decía que lo suyo era brindarse a los demás.
 
Hoy es ingeniera industrial, experta en coaching y asesora independiente en recursos humanos, pero tiene una conexión especial con la astrología, los temas espirituales y el universo de los ángeles. Ya no siente rabia ni le reclama a Dios por sus padres, pero un sabio taita del Putumayo le hizo entender que algo de duelo seguía enterrado en el fondo de su alma y necesitaba soltar esas amarras. En ese camino encontró la cruzada a la que ahora dedica su tiempo.
 
El próximo 13 de noviembre se cumplen 30 años de la tragedia de Armero y con sus amigas Natalia Ramírez y Adriana Montiel, Claudia prepara una exposición dedicada a la memoria de su pueblo. Con objetos, fotografías, textos y testimonios, su propósito es demostrar cómo era la ciudad blanca del Tolima, qué pasó en el momento de la tragedia y de qué manera, entre la soledad, el vacío, la tristeza y los recuerdos, muchos como ella renacieron del barro.