Una fuente de inspiración universal

Como padres o hijos, escritores consagrados se basaron en sus experiencias para plasmar en sus páginas la figura paterna. Entre amores y desencuentros, conjuraron historias memorables.

/ Ilustración: Heidy Amaya

Fuesen venerados u odiados, la referencia a los padres en la literatura ha sido ineludible. En millones de páginas permanecen impregnadas historias, costumbres y formas de ver el mundo a partir de relaciones paternales. Los autores se han basado en sus propias vivencias, han creado personalidades imaginarias, incluso utópicas, y también han aprovechado su pluma para hacerles un reclamo o un homenaje.

Los lectores han sido testigos de relaciones imperfectas, como la que retrató Franz Kafka en Carta al padre, en la que explica por qué siempre tuvo miedo de él, por qué se sentía inseguro ante su presencia y de qué forma su rigidez influyó en que se incubara una férrea desconfianza por sí mismo desde su infancia. Con la misiva quería “independizarse de una peculiar e infortunada relación”, pero a la vez alcanzar algo muy próximo a la verdad, cuyo objetivo final fuera tranquilizarlos a ambos más allá de la vida.

Pero así como existieron vínculos febriles —como el de James Joyce con su hija Lucía, o el de Pablo Neruda con la olvidada Malva Marina—, en la literatura también han quedado eternizadas historias conmovedoras y apasionantes. Una de ellas es Patrimonio, del norteamericano Philip Roth, quien narra los últimos años al lado de su padre. Se trata de un profundo ejercicio de introspección en el que se reflexiona sobre el amor, la vejez y los legados inmateriales que les quedan a los hijos. La obra está enfocada en el agente de seguros jubilado Herman Roth —padre del escritor—, quien es recordado por su hijo como un hombre encantador, vigoroso y con carácter. Pero a partir de los 86 años Herman contrae un tumor cerebral que cambia la vida de ambos hasta sus últimos días. Los dos hombres maduros, ante el temor de ser vencidos, luchan juntos para superar un desafío común: la muerte.

Paul Auster también se aproxima a la autobiografía a través de La invención de la soledad, un texto conmovedor que alcanza un carácter universal. En el primer apartado, ‘Retrato de un hombre invisible’, se aborda la repentina muerte del padre y desde entonces se pone en evidencia la voluntad de Auster por recrear los rasgos y maneras de su ser querido. Trata de volverlo a la vida a través de la escritura, de preservar su legado mediante la remembranza. En el segundo, ‘El libro de la memoria’, describe su experiencia como padre y delibera sobre la literatura y la soledad del escritor.

Por su parte, en La carretera, del estadounidense Cormac MacCarthy, ganadora del Premio Pulitzer, un padre y su hijo sin nombres caminan hacia el sur mientras empujan un carrito de supermercado en el que llevan sus escasas pertenencias. Recorren territorios abandonados y lugares devastados en los que sólo hay cenizas. El apoyo recíproco, a fin de cuentas, es el que les permite sobrevivir y no perder la esperanza.

Hay figuras paternas que quedaron consagradas por su heroísmo anónimo. Una de ellas se da en La sonrisa etrusca, del escritor español José Luis Sampedro, en el que un padre, convertido en abuelo, vive sus últimas pasiones: disfrutar de la recta final de su vida al lado de su nieto, Bruno, y de un nuevo amor al que se entrega plenamente.

Al mismo tiempo, pocas se han convertido en obras insoslayables. Tal es el caso de El olvido que seremos, del escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince. Es un libro real y desgarrador que detalla con estoicismo la vida de su padre, el médico y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, quien fue asesinado en pleno centro de Medellín.

La lucha de los escritores parece estar dirigida a enfrentar la amnesia, a mantener viva la memoria y, quizás, a hacer una catarsis frente a los efectos de su pasado. Cada uno, con sus particularidades, logró la osada labor de conjurar la figura del padre desde su experiencia.