Una granja autosostenible: la apuesta de varias madres de soldados muertos

El principal y último paso para que este grupo de mujeres pueda sacar adelante su proyecto es conseguir las tierras. Algo que se ha vuelto un reto, porque muchas de ellas no son reconocidas como víctimas del conflicto armado.

/ Foto: Archivo
Un grupo de madres de soldados muertos en conflicto, acompañadas por la Fundación Dignidad, Respeto y Honor, desde el 2014 trabajan para hacer realidad lo que se les ha vuelto un proyecto de vida: crear una granja integral y autosostenible. Pero para ellas la tarea no ha sido fácil y el camino, largo. Ahora están en la última etapa del proyecto que es conseguir la tierra, quizá la etapa más compleja por la suerte de limbo jurídico en el que están la mayoría de las “mamás”, al no ser víctimas directas.
 
En el 2012 Lizeth Peña creó la Fundación Dignidad, Respeto y Honor. Ese mismo año, el 24 de agosto, Gladys López fue declarada como víctima por la muerte de su hijo Edwin Carranza Acevedo, quien durante cuatro años fue soldado activo del Ejército. Aunque ni Peña ni López se conocían en esos momentos, ambos hechos les permitieron encontrarse años después y empezar el proyecto de la granja autosostenible con acompañamiento y asesoría de la Universidad del Bosque.
 
El 24 de septiembre de 2008 Carranza empezó su carrera como soldado, primero lo hizo prestando el servicio militar obligatorio durante un año y siete meses. Luego de ese tiempo decidió que quería servir como soldado profesional, por lo que por casi dos meses estuvo en entrenamiento. Durante tres años dedicó su vida a las fuerzas militares, y así lo hizo hasta el 16 de febrero de 2012.
 
Ese día, cuenta su madre, Carranza salió con varios de sus compañeros a buscar agua, pero fueron emboscados. “Al primero que le tiraron fue a él con un arma que tenía de todo: alambre de púas, estiércol, toda la porquería. Duró 30 minutos, hasta que murió desangrado y sin atención médica”, cuenta López a El Espectador.
 
Cuatro meses después de que su hijo muriera, el Ministerio de Defensa la declaró víctima. Pronto distintas organizaciones sociales empezaron a buscarla, dice que para que agrupara y representara a las madres víctimas. Así fue como Gladys López y Lizeth Peña se conocieron. Aunque en su relato dan los nombres de las personas que las llamaron y les hicieron promesas que resultaron falsas, piden que los nombres no se revelen: “Hemos avanzado mucho en el proyecto, pero nos da miedo, porque esa gente tiene mucho poder político”.
 
Ambas coincidieron en un taller de duelo de una importante fundación para militares, algo que, para Peña, no tiene ningún objeto: “En esos talleres solo las ponen a llorar, pero no hay ayuda ni atención especializada”. Después de conocerse coincidieron con una abogada, quien les prometió que “iba a sacar los casos y les pidió plata para eso. Pero no resolvió ninguno”.
 
Con la desazón de los engaños, pero también con la enseñanza que les dejaron, empezaron a trabajar juntas y con otras madres de soldados. Ya en esas, Peña fue como oficial de reserva a un evento en la Universidad del Bosque. Allí conoció a los profesores John Peña y Carolina Peña, y su sueño de hacer algo con estas mujeres empezó a tomar forma.
 
Con Carolina Peña, una politóloga que enseña la clase “Práctica social” a estudiantes de octavo semestre de la carrera de Bioingeniería, empezaron a conversar para trabajar en colaboración con la Fundación Dignidad, Respeto y Honor. La idea ya estaba: una tarde mientras estaba con Gladys en Unicentro, a Lizeth se le ocurrió tener un proyecto social (en este punto aclara que “Gladys le dio forma a la idea que propuse”).
 
Así empezó a tener un norte la granja autosostenible. Una empresa que para Carolina Peña trasciende las aulas de la academia y, además de ayudar a educar “profesionales útiles para la sociedad”, se puede convertir en un “ejemplo para la sociedad y para reconstruir tejido social, además de reposicionar derechos. Nosotros lo pensamos como una reconstrucción de memoria positiva: este proyecto sucedió, por algo que pasó y que no se puede repetir. Necesitamos una sociedad consciente y estos proyectos ponen a las disciplinas académicas en un plano real”.
 
Pero los retos para este grupo de madres, de “mamitas” como las llama Carolina Peña, no han terminado aún. Ahora se encuentran ante el más grande: conseguir el pedazo de tierra donde puedan iniciar su granja. Gladys y Lizeth coinciden en que necesitan unas “nueve hectáreas” para comenzar. Además, Carolina Peña asegura que el mismo fue diseñado para que “montar una unidad productiva sea suficiente, y a partir de ahí empezar a crecer”.
 
El mayor inconveniente, coinciden las tres mujeres, es que como apenas 5 de las 90 mujeres han sido declaradas como víctimas (entre ellas está Gladys), es difícil encontrar el apoyo de entidades estatales para que les donen las tierras, a pesar de que el proyecto esté bien estructurado. Pero para Carolina hay otro factor: el afán de protagonismos de las organizaciones sociales.
 
La piedra en el zapato nuestra ha sido el contexto, que no se ha pensado en el bien común. Al conflicto le falta la humanización, porque se sigue viendo la figura de la víctima, pero no a la persona que está allí. Y a eso se suma que las instituciones están muy cerradas a las cosas si no obtienen protagonismo, si no suenan”, remata Carolina.
 
Pero todos los problemas, los inconvenientes, las promesas falsas no han conseguido desanimar a este grupo de madres que buscan llevar adelante con un proyecto que, además de todo, significa volver al campo, a las raíces de muchas de ellas que o bien han tenido que dejarlo por desplazamiento o porque la burocracia que supone el proceso para ser reconocidas como víctimas las ha obligado a trasladarse a Bogotá. Y un proyecto que, además de todo, no quieren que sea solo para ellas, sino del que esperan, como lo reconoce Gladys, pueda acoger incluso a desmovilizados.
 
Hay, además, una última apreciación que hace Lizeth Peña para hablar del proyecto. Más allá de los protagonismos que quieren las personas que se ofrecen a “ayudarles” o de que sean llamadas víctimas, Peña asegura que la sociedad tiene un compromiso con ellas: "Esto no es de partidos, es de agradecimiento a las mamás de los soldados que entregaron a sus hijos a un conflicto que es de todos”.
 
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