Una noche en Bellavista

Se habla y se habla del hacinamiento en las cárceles colombianas sin que aparezcan soluciones. Los guardias del Inpec hicieron huelga en busca de mejores sueldos, pero los presos viven en un infierno muy lejano de la resocialización.

Más de 5 mil internos viven apiñados en la cárcel de Bellavista, que apenas tiene capacidad para 1.900 reclusos. Foto: El Colombiano

“Estoy acá por falsificación de moneda, estoy condenado a 48 meses”, dice Garfield; así le pusieron sus compañeros de pasillo en la cárcel de Bellavista, porque era gordo, barbudo y de ojos saltones como el gato de caricatura. Llegó pesando 114 kilos, pero ha perdido 36 en el último año. Es el encargado de redactarles documentos a los compañeros de prisión que no tienen cómo pagar un abogado, y no porque él lo sea, simplemente es el único que tiene el libro con el Código Penal Colombiano y de ahí estudia las leyes. Así se ha ganado el respeto de todos.

Son las nueve de la noche. Garfield es uno de los más de 5 mil internos que viven apiñados en la cárcel de Bellavista, que apenas tiene capacidad para 1.900 reclusos. Nos recibe en medio de la algarabía de quienes con él comparten el pasillo 2 del patio 4. Allí hay cupo para 150 internos, pero por la crisis carcelaria tiene alrededor de 350 reclusos, peleándose centímetro a centímetro cada espacio libre de este estrecho corredor. Para llegar hasta este punto hay que cruzar un estricto control del Inpec. Sorprende que cuando se llega a la entrada principal del patio 4, sólo hay un guardián custodiando los 1.600 reclusos que están en la parte sur del penal; en caso de un motín sólo tiene su bastón de mando para repeler y controlar la revuelta. Así tiene que encerrar todos los días, a las cinco de la tarde, a todos los internos en su pasillo, que parece más un acto de valor, que una tarea normal de su trabajo.

La reja de cada pasillo, amarillenta y oxidada, no está asegurada con candados, como mucha gente se imagina; está trancada con un tornillo y una tuerca. Para abrirla es necesario utilizar dos llaves inglesas fijas. “Donde se presentara un incendio dentro del pasillo, se demorarían mucho tiempo en abrirla. Los muertos se contarían por centenares”, sentencia Pinzón, un guardián que forma parte del sindicato del Inpec.

Cuando se entra al pasillo hay que caminar con cuidado para no pisar a nadie. En el suelo, en filas de cuatro, están arrumados los “piratas”, así les dicen a quienes no tienen dinero para pagar por un “parche”, que es el lugar donde hay una cama. Los “piratas” tiran al piso sus “perros”, como llaman a las colchonetas, y casi que entrepiernados duermen cada noche de su condena, rebosan el pasillo, no hay por dónde caminar.

Garfield sigue guiando la visita. A la mitad del pasillo hay una pequeña reunión de internos. Están calentando comida, con una improvisada hornilla que fabricaron con alambres y una resistencia que alimentan con la electricidad que contrabandean desde afuera del penal. El menú para estas condiciones es gourmet para quienes la preparan: salchichas y arepa. Este tipo de hornillas está prohibido por el reglamento carcelario, pero debido a que la última comida que se da en Bellavista es a las 2 de la tarde, la guardia tiene que permitir que lo hagan. Sobre las 10 de la noche el hambre apremia y tener 1.600 internos pidiendo comida puede ser contraproducente para la guardia y el penal. El desayuno se reparte a las 5:30 a.m., el almuerzo a las 8:30 a.m. y la cena a las 2:00 p.m. Si no se hiciera de esta manera no alcanzaría el día para repartir los alimentos.

Llegar al fondo del pasillo es ver la imagen más cruda y cruel. En el piso del baño hay reclusos acostados, entre charcos de agua purulenta y junto a inodoros, duchas y goteras de aguas negras que caen de los patios de arriba. El espacio en el penal ya no da para más y este es el último rincón, el más deplorable, el más sucio, donde un interno tiene que pagar su condena, rodeado de paredes repletas de hongos que crecen gracias a la constante humedad que destilan los muros.

“Para uno dormir bien acá debe tener plata, un ‘parche’ comprado puede ir desde los $900.000 hasta los $3 millones”, dice Garfield. Pero a muchos no les da para el crédito hipotecario y así poder tener vivienda propia dentro del penal. Sus familiares les dan plata para pagar un arriendo semanal y así poder tener una cama que cuesta desde los $35.000 hasta los $120.000, todo depende de si la quiere con televisor y ventilador. Pero en estos pequeños ‘parches’, de dos metros por dos, la comodidad no es lo que más se siente. La mayoría de camastros son compartidos hasta por tres internos.

La droga se convierte muchas veces en el tranquilizante ideal para pagar una condena en estas condiciones: “Si no fuera por la marihuana que se consume acá, la gente sería mucho más agresiva y ahí sí habría problemas. A pesar de las requisas de los guardianes, la droga ingresa a borbotones. Un cigarrillo de marihuana puede costar $3 mil, pero si no hay dinero con qué comprarlo, haciéndoles oficios varios a los caciques de los patios un “bareto” se convierte en el mejor pago por un trabajo”, señala uno de los internos que prefiere que nadie lo identifique.

El ingenio en la cárcel da para todo. Algunos, ante la falta de espacio para dormir, cuelgan cobijas de las paredes y las rejas para armar improvisadas hamacas. Pero, como cada centímetro en este lugar tiene dueño, hay que pagar hasta por el espacio aéreo y en algunos pasillos colgar la hamaca puede costar $4.500 a la semana.

El espacio en este lugar para los “Piratas” se acabó. La crisis ha llevado a que se tenga que dormir por turnos, como en una especie de pico y placa de Morfeo; el primer turno va de 8:00 p.m. hasta las 2:00 a.m. y el segundo de las 2:00 a.m. hasta las 6:00 a.m. Mientras, los que no se pueden acostar tienen que esperar junto a la reja a que les toque la “ficha”. Algunos ya no descansan en la noche y esperan ansiosos a que el guardián abra las rejas del pasillo en la mañana para salir corriendo y encontrar el mejor lugar para descansar durante el día en el patio.

Por el hacinamiento ya casi no hay proyectos para redimir pena. “Muchos estamos esperando entre estas cuatro paredes la oportunidad de hacer algo para salir lo más rápido posible de este infierno —dice Garfield—. Así como estamos es imposible que alguien que le haya hecho daño a la sociedad se resocialice. Sabemos que cometimos un error y por eso debemos pagar acá, pero no en estas condiciones, nosotros también somos seres humanos”, concluye Garfield mientras asoma la boca por una rendija de la puerta. Salimos del pasillo y el guardián atornilla de nuevo el seguro con el par de llaves inglesas.

 

ESPECIAL PARA EL ESPECTADORMEDELLÍN

 

* Investigadores del programa ‘Los informantes’.