Viaje al alma costeño caribe

Un escritor plantea una semblanza de su cultura en cinco planos, más allá de las generalizaciones que han hecho carrera en el interior del país.

El costeño es una elaboración mestiza, y que existen marcadas distancias entre regiones y pueblos. /Cristian Garavito - El Espectador

El mar Caribe, de occidente a oriente tiene 4000 kilómetros de extensión; de norte a sur, 3000 kilómetros. Es un mare nostrum para Centroamérica, todas las Antillas, Colombia y Venezuela. El caribe colombiano, que es nuestro caso, tiene, aproximadamente, el 20 % de la población y el 15 % del territorio del país. Lo componen ocho departamentos y posee once parques naturales; su estructura física es plana, pero por ironía tiene el pico montañoso más elevado de Colombia: la Sierra Nevada de Santa Marta con casi seis mil metros de altura sobre el nivel del mar. Siete ríos fertilizan sus tierras, ya sean propios o tributarios. En esa geografía cultural y acuática nos hallamos los costeños caribes colombianos. En ella nos desenvolvemos.

La relación de la Costa Caribe con el interior del país ha sido casi siempre contradictoria. Partiendo de que la capital, por razones económicas y culturales, debería estar en el litoral y no a mil kilómetros montaña adentro, tornando difíciles las comunicaciones y caro el transporte de exportación e importación. En forma generalizada, se sostiene en el interior que el costeño es juguetón, dicharachero, burrero, bailador, fiestero y flojo. Y esta afirmación se aleja demasiado de la verdad. Para empezar, el clima, entre otros factores, torna al costeño en un ser extrovertido; y lo incita a vivir demasiado tiempo de las puertas hacia afuera, ya sea hacia la calle o hacia el patio. “Yo soy un patiero”, defendía con vehemencia el maestro Héctor Rojas Herazo cuando alguien le pidió que se definiera. “Yo soy el hijo del telegrafista de Aracataca”, dijo García Márquez para zanjar cualquier posibilidad de alcurnia en su familia.

Cuanto aquí digamos se refiere al hombre costeño popular o promedio. Pues las caracterizaciones generales que se le adjudican al costeño no afectan a toda la población. Aquí hay que establecer una distinción de clases. Pues no es idéntico el interés, el sentir y el expresar de un costeño campesino, rebuscador o proletario, que los valores de un costeño con bienes materiales, dueño de tierras o industrias, o con títulos profesionales que va hacia arriba en la escala social.

En nuestro hombre promedio la vida interior es casi siempre exterior. Si queremos explicar su idiosincrasia debe señalarse que sus sentimientos y predilecciones más recónditos los conoce todo el mundo, es decir, sus familiares, sus amigos, sus vecinos. Por ello, quizá, sus traumas son menos fuertes, pues les resta intensidad al compartirlos con los otros. Al dividir con sus congéneres sus problemas, los debilita y los torna vivibles. Claro que esta actitud excesivamente externa le perjudica gran parte de su vida privada y lo puedo volver manipulable y sugestionable por las corrientes de moda.

Por el flanco etnográfico no debe olvidarse que no hay un solo costeño; que el costeño es una elaboración mestiza, y que existen marcadas distancias entre regiones y pueblos. “Los costeños, dicen los interioranos, sin distinguir entre antropologías y regiones”. Que nuestro comportamiento no es uniforme, está plenamente demostrado. Diferencias notables nos entregan una pluralidad, a veces interesante. Sin duda, un barranquillero de la nueva época no se parece casi en nada a un sinuano, y un guajiro tiene una escasa similitud con un sincelejano o un sanjacintero. Un cartagenero comparado con un vallenato, poco que ver. Pero a todos se les nombra costeños. Se olvidan las particularidades, que son las que forman la cadena de las identidades, pues lo que te caracteriza es lo que te diferencia, y lo que te diferencia es lo que te identifica.

Del apogeo de un Carnaval de Barranquilla a un Festival del Burro en San Antero, sin contar el Festival del Porro o el Festival Vallenato, por ejemplo, el costeño desmonta lo dramático, lo cejijunto, lo seriote. Carnavaliza su entorno, escribiría el muy comentado Mijail M. Bajtín. La vida la colma de hechos lúdicos y en ellos, quizá, halla una compensación. A lo amargo le echa dulce. A lo doloroso le agrega una carcajada. En este sentido, en acepción original, sin saberlo, es un pueblo dialéctico: une los antípodas para intentar superar la contradicción que lo agobia.

El caribe sabe, por tradición e instinto, que el drama es menos duro si se le enfrenta no con la rigidez del puño sino con la amplitud de la sonrisa. Entonces da la impresión de que la búsqueda de lo lúdico o lo sensual fuera una forma de enfrentar la muerte. Buscar el placer para hacer una memoria que choque contra la adversidad. Habrá, entonces, si se piensa así, tanto hedonismo, tanta diversión acumulada que, metafóricamente, el cuerpo ya no podrá desaparecer. O, si se reflexiona de otra manera, el afán por la diversión es producto de la idea de que antes de que el cuerpo se pudra hay que extraerle toda la magia, todo el gusto, todo el poder de sabrosura y gracia. De tal suerte que este ajetreo lúdico no sería más que conciencia de nuestra finitud y de nuestras limitaciones; y en el fondo, ello implicaría tristeza esencial y dejaría la alegría como la mera apariencia, como el disfraz contra la amargura.

Este es un país de fiestas, de reinados y de sangre. Según investigadores de la Universidad Nacional, en 2010 en Colombia se daban más de 3700 celebraciones oficiales al año, sin contar los saraos que escapan a las estadísticas. Hay una masa borrosa que mezcla, para su consumo, alcohol, droga, baile y muerte. Parece que existe una cruel dicotomía entre la sensibilidad social y la sociedad bullanguera. O, tal vez, hay dos países, distintos y desproporcionados. Uno, el mayoritario, indiferente, o plegado al fiesterismo, a los hombros levantados, al “esto no es conmigo”. Y otro, pequeño en dimensión física, quizá no en proporción ética, que reflexiona y le duele la indolencia de la mayoría manipulada. Esto, sin mayores variantes, se da en la costa Caribe.

Y por paradoja, en nuestro entorno los que padecen un nivel económico bajo, dígase salario mínimo, desocupación, o trabajo de maraña o de rebusque, son los que se encargan de la jarana mayor. Entre menos economía, más bulla. El escándalo, tal vez, no es un medio de expresión sino un mecanismo de rechazo, un instrumento para hacerse notar y lograr, en el instante, una mentirosa y transitoria nivelación sociocultural. Respecto de ese comportamiento, caben unas palabras del escritor y analista Carlos Monsiváis en una entrevista concedida a Yazmín Ross: “Una marea de relajo está invadiendo las ciudades devastadas de fin de siglo y que en materia de tendencias del comportamiento es un carnaval del gusto, un enmascaramiento y desenmascaramiento continuo de todo lo que se vive... Si no tengo opciones voy a darle a lo que hago la característica de lo elegido. Transformar lo que me dan en una opción. Esa es la esencia de este relajo popular...” (Magazín Dominical de El Espectador, 10 de octubre de 1993).

¿Pero en verdad, hasta dónde llega la alegría cierta del costeño caribe? Creo que García Márquez tiene razón cuando dijo: “No creo en la alegría del costeño”. Si ahondamos un poco podría pensarse que la bebeta y la fiestería extremas no son alegría pura, sino alegría contaminada, desquite frente al subdesarrollo. La bullaranga es la revancha. Como el Estado no me escucha, que me escuche, a todo volumen, siquiera el vecino. Frente al silencio del progreso, el escándalo puede ser la compensación. Es, en esencia, una paradoja: los que poco o nada tienen, mucho beben; y los que mucho o algo tienen, beben menos. El consumo del alcohol, pues, parece ser inversamente proporcional al poder adquisitivo. Causa asombro, por no decir decepción, ver a hombres sin trabajo conocido o si acaso de salario mínimo, empezar a tomar desde el viernes por la noche y finalizar, andrajosos y pestilentes, en la madrugada del lunes. En ese lapso viven su mundo de mentiras. Hablan, ríen, discuten, gritan, proponen, critican, secretean, pelean, duermen y despiertan con la boca hedionda a cobre, los bolsillos vacíos y la esperanza muerta. El tipo blasfema, incumple la palabra, se envenena de fracasos y comienza a maldecir la mala suerte, su mala suerte. El desastre se avecina. El caso Pambelé es demasiado elocuente.

Por todo lo anterior, caben hacerse algunas preguntas, unas concluyentes, otras inquietantes, válidas, incluso, para todo el país: ¿Por qué tanta proliferación de borrachos entre los pobres? ¿Será acaso alegría de verdad, falsa alegría, o alegría alienada? ¿Qué tanto festejan? ¿Este, en el caso que nos atañe, será el paradigma del hombre costeño? ¿Qué sabrá esta persona de identidad cultural? ¿Cuáles serán sus símbolos identitarios? Para sentir identidad cultural, para saber qué es eso, se requiere un proceso previo de conocimiento que conduzca a sentir como propias las expresiones que la historia y la tradición nos legaron como herencia básica. Ese proceso es de carácter educativo y, lastimosamente, no se da de forma sistemática entre nosotros. Sin embargo, estas deformaciones no impiden que surja el talento y seamos reconocidos en forma destacada, a nivel nacional e internacional, en expresiones culturales como la música, el pensamiento, el deporte y la literatura. Los nombres de García Márquez, José Barros, Pibe Valderrama, Rojas Herazo, José Yunis, Rafael Carrillo, Orlando Fals, Alejandro Obregón y Falcao García, entre otros, nos eximen de más ejemplos. Y esto sin incluir al duro y solidario campesino costeño, el montuno espléndido, ese que en forma heroica, resiste la explosión del sol, la violencia que quiere exterminarlo y todas las adversidades que se estrellan contra su sombrero.

Está probado que la costa Caribe ha sufrido postergación económica y política. Varios son los motivos. Una de las razones es la carencia de un grupo de líderes idóneos y eficaces que la proyecten y le defiendan sus intereses en el ámbito nacional centralista. Entre nosotros se da el fenómeno de que quienes tienen capacidades académicas no son líderes políticos o no les interesa la política y quienes son líderes políticos no tienen demasiadas capacidades académicas, con pocas y debidas excepciones. Rafael Núñez Moledo, desde hace mucho más de un siglo, sigue calentando como único costeño el principal sillón del entonces llamado Palacio de San Carlos.

Por las anomalías antes nombradas, y por las no mencionadas, el costeño caribe necesita mirar hacia su espíritu, es decir, mirar hacia su mar interior en búsqueda, por lo menos, de dos cosas: la primera, formular la crítica a los desvalores y las superficialidades que acosan y dañan a muchos; y la segunda, caminar al rescate de los valores que, sin perder o extraviar las esencias, nos permitan forjar una pirámide de axiologías fundamentales que nos posibiliten tener mayoritariamente una vida valiosa y profunda. Hay que intentarlo, la educación de cobertura y de probada calidad es uno de los instrumentos. No tenemos montañas físicas insalvables que nos impidan mirar a fondo hacia nuestro interior espiritual.

No hay duda: si los costeños caribes afrontáramos nuestra autocrítica con mayor severidad, los resultados podrían ser satisfactorios; con los suelos más arables y fértiles del país quizá dejáramos de ser simples exportadores de productos primarios y, quién quita, hasta tuviéramos, ciento treinta años después, un segundo presidente de la república.

 

* Catedrático de la Universidad de Córdoba. Coordinador de El Túnel, grupo cultural de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al alemán, al francés, al eslovaco y al inglés. E. mail: [email protected]

Temas relacionados