La violencia que silenció a Silvia Duzán en la masacre de Cimitarra

Hace 25 años, mientras la ATCC ganaba el premio Nobel Alternativo de Paz, en Santander los tildaban de ser colaboradores de la guerrilla. Su resistencia pacífica fue su sentencia de muerte.

Archivo, Óscar Pérez y Andrés Torres Silvia Duzán, Salomón Kalmanovitz y María Jimena Duzán
En 1966, la guerrilla de las Farc llegó a la región del Carare porque sus condiciones geográficas hacían de esta región de Santander un lugar ideal para refugiarse. Nueve años después, en 1975, se fortaleció la fuerza pública en la zona, a través del Batallón Rafael Reyes. Por la misma época llegaron los paramilitares. En medio de ese fuego cruzado vivía la población civil. Hasta que, cansada de ser víctima de unos y otros, optó por la resistencia pacífica. Así surgió la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC).
 
La idea nació en 1987 por la union de 36 juntas de acción comunal y 14 organizaciones de base. Inicialmente la secundaron 650 socios y, con el correr de los días, gracias al apoyo de los campesinos, se logró el reconocimiento de su independencia. Nunca necesitaron de  politicos tradicionales y, por el contrario, ese mismo año lograron que el INCORA les concediera un crédito para resolver problemas de transporte fluvial e instalar una tienda comunal.
 
No obstante, como lo documento el grupo de Memoria Histórica, desde el mismo momento en que la ATCC empezó a tener influencia entre los pobladores de la region del Carare, se advirtió una estigmatización en su contra. A sus principales promotores los señalaron de ser aliados de la guerrilla. De hecho, en la región circuló un panfleto en el que los señalaban de promover la desmilitarización de la región y así reanudar la ola de secuestros.
 
La Asociación respondió a los señalamientos defendiendo la legalidad de su trabajo y refrendando su vocación pública de rechazo a cualquier tipo de violencia. Fue esta persistencia por la paz la que interesó al canal 4 de Londres (Inglaterra), cuyos directivos decidieron realizar un documental para mostrarle al mundo lo que sucedía en Colombia, donde en medio de la violencia generalizada, una comunidad había declarado su absoluta neutralidad.  
 
De esta manera, en canal 4 de Londres contactó a la periodista María Jimena Duzán, quien para la época trabajaba en El Espectador, para que fuera ella quien dirigiera el documental y contara esa historia de Resistencia pacífica. Sin embargo, ella tenía copado su tiempo y decidió recurrir a su hermana Silvia, también periodista para que se encargara de ese trabajo en la zona del Magdalena Medio, region que ambas conocían por su labor profesional.
 
Además, el periodismo corría por las venas de Silvia Duzán. Lo mismo que su hermana María Jimena, lo habían heredado de su padre Lucio Duzán, quien por muchos años fue columnista del periódico El Espectador. Hoy María Jimena –columnista de la revista Semana- recuerda que todos los sábados, su padre las llevaba a ambas a la sede del diario en Bogotá, y mientras él entregaba su texto y conversaba con su amigo Guillermo Cano, ellas se encantaban con la rotativa.  
 
Sin embargo, en aquella época Silvia Duzán no estaba del todo convencida de dedicar su vida a las noticias. Por eso decidió estudiar economía. En el camino se impuso el destino y terminó siendo parte del grupo fundador de la revista Semana en 1982. Allí comenzó a trabajar con un equipo de periodistas que hizo historia y fue también en ese escenario donde conoció a Salomón Kalmanovitz, con quien empezó a salir en 1983 y contrajo matrimonio en 1988.
 
Para ese momento ya Colombia era otra y el narcotráfico causaba estragos en su tejido social. Quizás por eso, Silvia anhelaba entrevistar a un sicario y entender su forma de vivir y actuar. Entonces se fue a Medellín y, con la ayuda de Alonso Salazar, logró quedarse durante ocho meses y cumplir su expectativa profesional: no solo entrevistó a uno de los sicarios que causaban daño y dolor en la ciudad, sino que entendió a fondo por qué habían surgido en Colombia.
 
En esos días en los que Silvia rebuscaba información en la capital antioqueña, le llegó la propuesta del documental en el Magdalena Medio. Así que viajó a Santander y como ya era su talante, se dejó llevar por la historia. “Desde el primer día que fue se emocionó mucho y se dio cuenta que eran hombres valientes de quienes se podían decir cosas increíbles. Por ejemplo, filmó bombardeos contra la población civil, en Yondo”, recuerda hoy su hermana María Jimena. (Vea: Así recuerdan a Silvia Duzán luego de su asesinato hace 25 años)
 
No necesitó mucho tiempo para conocer a profundidad el trabajo de Josué Vargas, presidente de la ATCC, de Miguel Ángel Barajas, vicepresidente, y de Saúl Castañeda, otro de los integrantes de la asociación. Con ellos se reunió varias veces, escuhó su testimonio de vida y constató que su acción era clave para el país en momentos en que los grupos armados ilegales de izquierda y derecha polarizaban a la sociedad, en medio de las omisiones del Estado. 
 
El 26 de febrero de 1990 era un día clave para finiquitar el documental. Por eso, en su agenda de trabajo, Silvia tenía el compromiso de viajar a Cimitarra (Santander). Esa mañana, su esposo Salomón Kalmanovitz la llevó al aeropuerto El Dorado, pero ella perdió el vuelo. En vez de aplazar el viaje, por la importancia de ese último encuentro con los líderes de la ATCC, decidió viajar por carretera. Después de una agotadora jornada, ya en horas de la noche llegó a la terminal de transportes del pueblo. 
 
Josué Vargas y Saúl Castañeda la recibieron personalmente. En su libro ‘Mi viaje al infierno’, escrito por María Jimena Duzán, quedó escrito que ese viernes 26 de febrero, cuando el reloj marcaba las nueve y treinta de la noche,  su hermana Silvia y tres de los líderes de la ATCC entraron al bar restaurante La Tata, donde solía compartir la gente del común en Cimitarra. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que dos hombres hicieran presencia en el lugar para acribillarlos a bala.
 
Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Ángel Barajas murieron en el sitio de los hechos. La periodista bogotana alcanzó a ser trasladada a un centro médico, donde ocurrió su deceso.  En contraste, los asesinos huyeron tranquilamente del lugar, pasaron por el frente del batallón Rafael Reyes y se perdieron en la oscuridad sin que nadie los molestara. Solo tiempo después las autoridades llegaron al restaurante, pero ya los testigos se habían ido a refugiarse a sus casas pues en el pueblo predominaba la ley del silencio.
 
Al día siguiente, aún nadie sabe por qué, los cuatro cadáveres aparecieron en el batallón Rafael Reyes. Allí tuvieron que irlos a reclamar Salomón Kalmanovitz y Carlos Ángulo, un primo de Silvia. “Fue un momento muy duro. Comprar las sábanas, amortajar el cuerpo, escuchar los comentarios ofensivos de los militares, oírlos decir que lo mejor era que María Jimena Duzán ni se asomara por la región”, recuerda Kalmanovitz, quien no necesitó mucho tiempo para entender la impunidad que los esperaba. 
 
A esas mismas horas, María Jimena Duzán estaba en Estados Unidos. Paradójicamente había viajado el día anterior para huir de las amenazas que entonces recibía. Su hermano menor fue el encargado de contarle la noticia. Inmediatamente regresó a Colombia. Después de las honras fúnebres de su hermana viajó a Europa y estuvo fuera del país durante tres años. Un tiempo suficiente para decidir que, así la justicia no lo hiciera, ella algún día se encargaría de investigar lo que había sucedido. 
 
Lo único doloroso es que esa espera duró 20 años. Por mucho tiempo, ni siquiera en familia se hablaba del tema. Pero un día de 2010 entendió que había llegado el momento y todo lo que tenía que decir sobre Silvia para que lo supieran sus hijas y su familia, su pasión por el periodismo y por la vida, o su trabajo en Cimitarra buscando la verdad, quedó consignado en su obra “Mi viaje al infierno”. En ese texto también dejó su conclusión personal: fue un crimen impune realizado por el paramilitarismo.    
 
Después de ese triste 26 de febrero de 1990, las familias de Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Ángel Barajas tuvieron que abandonar la región del Magdalena Medio para salvaguardarse. Perdieron sus tierras, su ganado y su exilio forzoso quedó como evidencia que una época en la que el paramilitarismo era ley. Sin embargo, por su trabajo por la lucha de la tierra y de la vida, ese mismo 1990, la Asociación de Campesinos del Carare fue galardonada con el Premio Nobel Alternativo de Paz. 
 
Su reconocimiento no se detuvo ahí. Cinco años más tarde, en el año 1995, recibieron también el galardón “Nosotros el pueblo, 50 comunidades” otorgado por las Naciones Unidas en Nueva York. El mundo reconoció su acto de valor, de paz y de heroísmo, pero en Colombia su sacrificio y el de la periodista Silvia Duzán, se fueron perdiendo en los vericuetos de la mala memoria. Tampoco la justicia hizo mucho. Si acaso, un juzgado de instrucción criminal recogió testimonios y ratificó la hipótesis del paramilitarismo.
 
Hoy, 25 años después de estos hechos, el grupo de Memoria Histórica plantea otra conclusión: “El paramilitarismo se movía en Cimitarra con un ala militar y otra política”. De esa nefasta alianza salieron los asesinos de Silvia Duzán y los líderes de la ATCC. La abogada Omaira Gómez lleva años rastreando documentos en decenas de despachos. Cuando encontró el expediente, se estaba enmoheciendo en una bodega de Bucaramanga. A pesar de sus omisiones y yerros, al menos permitió que en la actualidad el caso sea motivo de investigación y análisis en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 
 
 

 

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