'Yo tengo ya la casita...'

El Congreso de Arquitectura impulsó esta iniciativa social que favoreció a la familia Mosquera. Con la entrega del inmueble, una empleada del servicio doméstico pondrá punto final a 56 años de miseria.

Todos los días, Máxima Encarnación Mosquera se levanta con la misión de agarrarse a trompadas con la miseria, para no caer más abajo de donde está, porque no todo puede ser peor. Ella encarna el dramático y desesperado rostro de la pobreza en Colombia.

Claro, esta humilde mujer forma parte de una de las 350 mil familias que, según el Gobierno, están inmersas en la pobreza extrema. Es decir, aquellas con ingresos muy inferiores a un salario mínimo, que no tienen acceso a la educación ni a los servicios públicos domiciliarios (alcantarillado, agua, luz, gas, teléfono) y, tampoco, a un derecho básico: la alimentación.

El día a día de Máxima transcurre en un tugurio del distrito de Aguablanca, en Cali, donde convive con dos hijas y doce nietos. Su barrio es el Manuela Beltrán, el más violento de la comuna 14, según el Observatorio Social de Cali, por la disputa constante de territorio entre pandillas.

Los fines de semana Máxima cocina para los suyos y el almuerzo, entonces, es mejor que el de los seis días anteriores: con dos huevos en varios platos de agua, un tallo de cebolla y sal alcanzan a pasar hasta el otro día. Es lo que muchos conocen como changüa caballuna.

El pequeño predio que ocupan fue comprado en 1985 por Máxima, quien pagó por el terreno 125 mil pesos. Su “dulce hogar” está invadido por el escenario de la miseria: un fuerte olor a humedad, unos plásticos en el techo totalmente deteriorados por el sol y la lluvia. Varios metros de esterilla sostienen el cambuche de 1,50 metros de fondo por 12 de frente, en el que vive la familia Mosquera, de raíces chocoanas pero de costumbres caleñas, que en agosto pasado fue catalogada como una de las familias más pobres asentadas en la Sultana del Valle.

La pobreza extrema de los Mosquera, y del grupo poblacional al que pertenecen, fue identificada recientemente por la Alta Consejería para la Prosperidad que, apoyada por la Sociedad Colombiana de Arquitectos, construirán una casa digna para ellos. Se trata de una vivienda prefabricada de interés social, de dos pisos, 63 metros cuadrados, totalmente amoblada y con servicios públicos, que les será entregada este mes.

Después de cuatro días de exhaustivo análisis, y con el acompañamiento del gobernador del Valle, Francisco Lourido, se determinó que de las cerca de 100 aspirantes que participaron en la convocatoria, la persona merecedora de la vivienda era la señora Máxima, quien no podía creer que, por primera vez en sus 56 años de vida, el viento soplara a su favor.

Máxima ya vio la casa en fotografías: “Es divina, es divina”, dice en tono cortante, sin reir, en una fría reacción. Quizá aún no asimila las dimensiones de la buena nueva para ella, sus hijas y nietos. Máxima, eso quiere decir que la Navidad le llegó por anticipado y que 56 años de absoluta miseria cambiarán, y mucho: en su nueva casa podrá saber lo que es bañarse bajo la ducha. Eso es mejor calidad de vida.

“De tanta pobreza, uno al final ya no tiene esperanzas de nada. Con decirle que ni me acordaba que la felicidad existía, ahora sí puedo morirme tranquila porque sé que mi familia va a tener un techo mejor para vivir”, dice, entre lágrimas, esta mujer que por su labor de doméstica devenga $320.000 mensuales con los que viven 15 Mosqueras.