Mejor congelado que hundido

<p>Contrario a lo que ha dicho el gobierno Bush, el aplazamiento de la decisión sobre el TLC con Colombia no equivale a matar el Acuerdo sino a darle la oportunidad de que sobreviva.</p>

 El partido demócrata podría haber hundido el Tratado, como quedó en evidencia con la votación que reversó el Fast Track: 224 contra 195. En lugar de ello optó por aplazarlo y mostrar que el problema no es Colombia, sino la política económica de la administración Bush.

En medio de una campaña electoral donde está en juego no sólo la Presidencia sino el control del Congreso, no resultaba razonable pensar que los demócratas se pegaran un tiro en el pie para ayudar a Colombia. Obligar al congreso a votar  los colocó en la disyuntiva de tener que hundirlo para mostrar al electorado la seriedad de sus propuestas, o aplazarlo para evitar perjudicar a Colombia. Optaron por lo segundo y eso es lo que hay que valorar.

Graduar a los demócratas de enemigos de Colombia es una insensatez, no sólo porque no es verdad, sino porque lo más probable es que tengan el control de la Casa Blanca y del congreso por los próximos ocho años.

La gran lección de todo este proceso es que el país tiene que reconstruir su relación con los demócratas y que el gobierno Bush es un pésimo intermediario para ello.  Las dificultades del tratado del libre comercio no son sólo el fruto de una mala coyuntura sino el resultado del sobredimensionamiento del llamado acuerdo bipartidista sobre Colombia.  El exceso de confianza sobre dicho acuerdo llevó al país a construir un monólogo con la administración Bush y dejar de lado al partido demócrata cuando éste era minoría en el congreso.

La última prueba de ello es la situación imposible en que colocaron a los demócratas frente al TLC Colombiano. Los precandidatos presidenciales Clinton y Obama habían hecho clara su oposición al tratado, con lo cual una manifestación parlamentaria en favor del mismo sería interpretada no sólo como una desautorización a sus dos principales líderes, sino como una bofetada a los sindicatos que constituyen un grupo crítico en el proceso de selección interna del candidato demócrata.

Bush sabía esto, y como los republicanos también están en campaña –no hay que olvidarlo- puso al partido de oposición contra la pared. La respuesta fue mostrar quién tiene la sartén por el mango y de paso reivindicar la autonomía del Congreso.

La nueva prioridad de la diplomacia colombiana tiene que ser reconstruir la relación con el partido demócrata, uno de los puntos será el compromiso para discutir del nuevo el TLC, una vez pasada la campaña norteamericana. Pero la agenda tendrá que involucrar compromisos en materia de derechos humanos, protección sindical, fortalecimiento de la democracia y equidad social. Enfocar el dialogo en materia comercial sería una concepción equivocada.

Para renovar esta interlocución hay que incorporar nuevos actores. Se debería pensar en una comisión suprapartidaria y pluralista a la que se deberían invitar, por ejemplo,  al  ex presidente Cesar Gaviria y al ex alcalde de Bogotá, Lucho Garzón, quienes han apoyado el TLC y han mostrado que son capaces de poner los intereses del país sobre los de sus propios partidos.  De esta manera se lograría un dialogo constructivo, con una agenda de futuro y no meramente reproches hacia la administración Uribe o reclamos por la ausencia del famoso acuerdo bipartidista, que a esta hora debe quedar claro que a los demócratas les suena a plegarse a las políticas de la administración Bush.

 

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