Homenaje

160 años del natalicio de Rafael Uribe Uribe: un liberal pura sangre

El 12 de abril de 1859 nació el político liberal que, fiel a sus convicciones, logró enemigos en todo el establecimiento.

Rafael Uribe Uribe falleció el 15 de octubre de 1914. Archivo particular

Dos hombres abordaron a Rafael Uribe Uribe cerca al Capitolio Nacional y lo mataron con un hacha y una manopla. Dos hombres que representaron un complot de todo el establecimiento. Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal fueron los implicados. A Uribe lo querían matar por defender a los trabajadores, las ideas liberales, los derechos de las minorías y la emancipación de una sociedad que iba encaminada a abolir la hegemonía conservadora y rebelarse con un nuevo tiempo que, tras bambalinas, construía un porvenir donde todos pertenecían, pero que, en las tablas de nuestra historia, se manifestaría como una de las más interminables tragedias, similar a las que dieron origen al teatro y que abrieron el telón de una condición que mostraría su lado más sórdido y monstruoso.

Rafael Uribe Uribe nació en la época de la Confederación Granadina, en el tiempo de una nueva guerra civil, de un escenario que atravesaría la obra de este líder liberal, que creció en medio de una política binaria que superaría su tiempo y construiría la estructura del Estado colombiano. Uribe aprendió a leer y escribir lejos de los días convencionales y citadinos. En los silencios del campo, que son interrumpidos por los pájaros y los vientos abruptos, Uribe empezó a escribir su historia y a leer aquel tiempo que lo antecedió y que quiso determinarlo. Él y su familia vivieron en Medellín, pero las costumbres arraigadas al conservadurismo los obligaron a trasladarse al Cauca, un territorio en el que empezó a emerger el liberalismo como una fuerza política que confrontaba la herencia homogénea y universalizante de los conservadores.

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Cumplió 17 años y con ellos llegó la primera muestra fehaciente de su lucha por los valores que su familia y su destino le fueron legando. Era el año de 1876, la época del “Olimpo radical” —presidida por la Constitución de Rionegro y caracterizada por una hegemonía liberal recalcitrante—, que estaba por llegar a su fin luego de tres guerras civiles y varias reformas políticas. La separación del poder de la Iglesia del poder estatal y la llegada y consolidación de la academia como un derecho y un motor que impulsaba las libertades individuales surgían en los estados que conformaban el territorio y se convertían en diferencias y conflictos entre los conservadores y la fragmentación de los mismos liberales, que se dividían en radicales e independientes.

Volviendo a 1876, año en el que se desató una guerra civil a causa de una persecución religiosa en el estado del Cauca, Rafael Uribe Uribe se enlistó en las filas del ejército liberal que, en agosto de ese año, se enfrentó al ejército conservador en la llamada Batalla de los Chancos. Allí, este soldado liberal obtuvo el recuerdo de guerra que llaman cicatriz, al recibir un balazo en una rodilla.

Años después de culminar la guerra civil en el territorio nacional, Uribe se consolidó como abogado y jurista tras haber estudiado en el Colegio del Rosario, en Bogotá, y dictar clases en la Universidad de Antioquia. Y allí, entre claustros y pasillos, conoció a Fidel Cano, otro hombre que vivió con el propósito de ejercer un pensamiento liberal que respetara la individualidad y promulgara un porvenir incluyente. Así, en la década de 1880, Uribe alternó su oficio en el derecho con sus cavilaciones en los periódicos que se erigían como medios para protestar, denunciar y señalar los espacios en los que la sociedad debía despertar de la herencia colonialista y los valores que, en ese entonces y por varios lustros más, eran mayoría y dictaban la moral de la nación en torno a los principios del catolicismo y las bases del conservadurismo.

Junto a Cano, Rafael Uribe Uribe participaría en La Consigna, periódico del cual fue director; El Trabajo, periódico fundado por él en 1884 en Medellín y, varios años después, escribiría en El Espectador, “Periódico político, literario, noticioso e industrial”, fundado por Cano y en el que sus servicios como abogado aparecen en la parte inferior izquierda de la primera publicación, el 22 de marzo de 1887.

Con la imposición de la Constitución política de 1886, en cabeza de Rafael Núñez y de los sectores más tradicionales del conservadurismo y algunos pocos del liberalismo, se constituyó la República de Colombia, se consolidó la centralización política (fenómeno que afectaría estructuralmente el desarrollo conjunto del territorio) y se fortaleció la educación ligada a los principios dictados por el catolicismo, declarada religión oficial para la nación.

Este acontecimiento empoderó al movimiento de la Regeneración, comandado por los conservadores, y exaltó los ánimos de los sectores liberales que se veían impedidos de participar activamente en los asuntos del Estado a causa de la derrota de los liberales radicales en una nueva guerra civil ocurrida en 1885.

Uribe Uribe, quien, además de abrir espacio al liberalismo con la imprenta, lograba controlar las tropas liberales de Antioquia tras combatir con el grado de coronel efectivo y defender las causas de los sectores radicales de la ideología. Allí ejerció con vehemencia y autoridad su rol como coronel. Fue encarcelado por asesinar a un soldado insubordinado y absuelto al poco tiempo. En aquel entonces escribió el Diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones de lenguaje, uno de los libros en los que Uribe Uribe reflejó sus virtudes intelectuales y sus intereses por promover el conocimiento y la cultura como ejes de una ética integral y estructurada en la sociedad.

El espíritu combativo de este liberal a ultranza permaneció intacto. Fue veterano de cuatro guerras civiles, entre ellas la Guerra de los Mil Días, que desencadenó una crisis social, económica, geográfica y política. Luchó como coronel pero no olvidó su condición de soldado. Salió victorioso en algunas batallas y terminó por defender tajantemente escenarios de paz y diálogo. Perteneció a la Dirección Nacional Liberal y al Senado de la República. Fue plenamente consciente de que su lucha no acabaría en ninguno de los frentes y que las convicciones se alzan imperecederas en el tiempo y el anhelo de construir una comunidad libre, pensante y tolerante ante la diferencia.

 

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