Adriana Rivas: el silencio de la tortura

Rivas hizo parte de la policía secreta de Pinochet. Es acusada de tortura, secuestro y complicidad en asesinato durante la dictadura. Lissette Orozco se propuso hacer un documental para que su tía diera su propia versión de los hechos. ¿Cómo se rompe un pacto de silencio que lleva décadas?

Este 16 de octubre se presenta Lissette Orozco, la directora de “El pacto de Adriana”, en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación. Estará hablando de su documental en el marco del Bogotá Film Festival. Cortesía

Yo no soy de dobleces. Yo no soy de mentiras: si tengo que decir algo, lo digo. Todos me conocen así de hocicona. Por eso me conocen en mi familia, porque no me quedo callada. Para mí fue un trabajo más, yo no hice nada malo de lo que me tenga que avergonzar. ¿Me entendés? Ni para dormir mal. Yo no hice nada malo. No hice nada. Yo entré a la Dirección Nacional de Rehabilitación: Dinar. Era la secretaria de Alejandro Burgos y él era ayudante de Manuel Contreras, pero mis años más felices en la DINA fue cuando Juan Morales y yo trabajamos en seguridad. Yo, gracias a Dios, era bonita, tenía buen cuerpo, tenía un buen trato, tenía una buena dicción, entonces yo tenía clase. Yo sabía tratar, sabía comer: podía ir a cualquier parte, iba a pasar como uno de ellos. Nosotros atendíamos embajadores, atendíamos oficiales de España. Después llegó septiembre y me dieron la Bara Militar y ahí estuve cenando con el general Pinochet, el embajador de Estados Unidos y el embajador de no sé dónde. Con toda esa gente estuve almorzando yo. ¿Tú crees que yo habría podido almorzar con ellos siendo una secretaria ejecutiva? Ir a almorzar al Palacio Cousiño. ¿Por qué crees que son los mejores años de mi vida? Porque esa parte estaba vetada pa´ nosotros. Esa parte de la vida de los ricos estaba vetada para mí. Pero yo la viví. Yo estuve ahí.*

Matar al ídolo

Lissette Orozco nació en Santiago de Chile. Nació en una casa donde los muros estaban cubiertos de imágenes de Augusto Pinochet y la biblioteca armada con libros de Joaquín Lavín y políticos de la derecha chilena. En una familia donde le enseñaron que los comunistas eran terroristas, los malos. Los malos de la historia. Que las mujeres salieron a las calles para rogarle a Pinochet que se tomara el gobierno, que la oposición era una sarta de exagerados: “Si no fueron tantos desaparecidos”, decían en las cenas.

Lissette Orozco nació de un papá de 15 años y una mamá de 19. Ambos se fueron antes de que ella pudiera recordarlos bien. Se quedó con la familia de su mamá: su abuela, sus tías y su bisabuela. Se convirtió en la hija de todos y de nadie al mismo tiempo, una especie de náufraga entre los núcleos familiares. Desde que nació, una de las tías de Lissette vivía en Australia: Adriana Rivas, la Chany. La tía que traía regalos de partes lejanas y sabía hablar inglés; la Chany que en medio de las conversaciones se le oía decir muchas veces, “es que en Chile están muy atrasados. Chile es muy atrasado”, la tía —la única mujer— que se atrevía callar a los hombres, que se le salía un acento extraño cuando hablaba de política, a la que todos miraban sin parpadear. Cuando la Chany llegaba a Santiago toda su familia se movía alrededor suyo: ¿quién le haría de comer?, ¿en qué casa se reunirían a hablar?

Cuando la Chany llegaba, Lissette se quedaba muda. La observaba entre las piernas de sus otras tías con admiración frenética. A veces, Lissette trataba de imitar frente al espejo los gestos de la Chany, su risa, su tono beligerante. Pasaron muchos años así: cartas una vez cada tanto, regalos y visitas anuales. Cuando Lissette cumplió 19 años su tía anunció visita a Chile. En ese entonces Lissette estaba en el primer año de la escuela de cine, no cabalgaba en ningún partido político y llevaba una vida normal, hasta que la Chany llegó.

“La detuvieron en el aeropuerto. La detuvieron por algo de derechos humanos… yo no sabía nada, no entendía nada. Yo lo que sabía del pasado de mi tía era que ella trabajaba con la fuerza aérea. Ese día que la arrestaron, en mi familia no dijeron nada, había ese silencio que significa conocimiento: ellos sabían qué estaba pasando. Al otro día salió en la primera página de un diario de acá “Capturada Adriana Rivas, agente de la DINA, la policía secreta del dictador Pinochet”. Lissette hace una pausa larga. “La DINA”, repite.

Cuatro meses después del golpe de Estado a Salvador Allende, el teniente coronel del Ejército Manuel Contreras impulsó la creación de un organismo que superara los distintos servicios de inteligencia. Dicha entidad tendría como objetivo organizar la elaboración de información y la labor represiva contra los enemigos del gobierno. La Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, actuó como principal agente de opresión y se convirtió en la policía secreta del régimen militar de Augusto Pinochet en Chile, entre 1973 y 1977 (fue reemplazada por la central Nacional de Informaciones). La DINA fue responsable de numerosos casos de infiltración política y de violaciones a los derechos humanos entre los que se cuentan asesinatos, secuestro y tortura de personas.

Nadie en su familia le dijo nada a Lissette. El silencio se extendió durante meses. Comenzaron las protestas en Santiago que señalaban a la Chany de asesina y Lissette lo único que tenía era un baúl repleto de fotos y de diarios y ninguna respuesta. Su tía, mientras tanto, se preparaba para huir y regresar a Australia. “Cuando yo empecé a recopilar información: fotos, diarios, yo no sabía que iba a hacer un documental. Todo lo estaba haciendo con un espíritu intuitivo: estaba estudiando cine y sentía que tenía que dejar un registro de la situación de mi tía, pero no sabía qué hacer. Luego de haber estudiado cine hice un magíster en documental y, bueno, me di cuenta de que tenía una historia en mi casa, que tenía el material y decidí hacerlo película. Aquí había algo personal, familiar, pero sentía que era necesario contarlo y por eso crucé todos los riesgos que crucé”.

El pacto de Adriana es el documental que Lissette hizo para entender. Para darle a su tía la oportunidad de dar su versión y, como si fuera posible, de salvarse. Una hora y media de declaraciones, fotografías y audios donde Lissette escarba en la memoria de un país que está separado por un abismo irreparable. En medio de la grabación, Lissette cuestiona por primera vez sus valores familiares. “Creo que es algo de mi generación. Una generación que cuestiona mucho su pasado, porque nos dimos cuenta que nos mintieron”.

Adriana, la Chany

En tiempos del golpe de Estado de 1973 en Chile, que terminó con el gobierno de Salvador Allende, Adriana Rivas estudiaba secretariado ejecutivo bilingüe. Quería ser veterinaria y había obtenido un cupo en una universidad fuera de Santiago, pero como su padre no la autorizó a estudiar fuera, se metió al instituto de secretarias. Apenas meses después del golpe y sin haber terminado sus estudios, Rivas fue reclutada para un cargo en el ministerio de Defensa. En el papel, era secretaria de la Dirección Nacional de Rehabilitación. Pero en la práctica, trabajaba para la naciente Dirección Nacional de Inteligencia, DINA. “Como yo sabía inglés, me pusieron a traducir lo que llegaba en microfilm, todos los mensajes entre bandos comunistas que se pillaba en los allanamientos”, cuenta. Las traducciones duraron hasta que hizo un curso de agente de inteligencia dentro de la organización y pasó a trabajar en seguridad.

Para la Chany solo había una verdad: ella era inocente, la estaban confundiendo. Ella jamás vio a un detenido y, mucho menos, hirió de muerte a alguien. El documental que estaba haciendo su sobrina le ayudaría a eso, a desmentir las acusaciones que había en su contra y a demostrar que ella tenía la razón, que era inocente. “Si yo no hubiera creído en ella desde un principio, yo no hubiera hecho la película. Si yo hubiera sabido desde el momento uno lo culpable que era mi tía, no hubiera hecho nada. Para empezar, yo no sabía que ella trabajaba en la DINA, siempre pensé que la estaban confundiendo. Cuando supe que sí trabajaba ahí mi tía me dice un cuento de la DINA que no tiene que ver con la realidad y yo le creía a ella. Creo que ese, en un principio, fue el motor para querer hacer esto”.

El pacto de silencio

A la Chany se le acusa de tortura, complicidad en secuestro y asesinato. Ella niega todo. Niega haber visto, al menos una vez, a un detenido, niega haber pisado el Cuartel Simón Bolívar, el lugar que se dio a conocer apenas en 2007 porque nadie salió con vida. Lo niega todo. Según Javier Rebolledo, un periodista chileno que se especializó en la historia de la DINA, no fueron uno, ni dos, ni tres agentes que dicen haber visto a Adriana Rivas en el Cuartel Simón Bolívar, fueron todos los agentes quienes aseguran que ella trabajaba ahí. “Tendría que haber tenido mucha suerte para que no le tocara torturar a alguien —asevera Rebolledo—. Había una política de la DINA en no dejar afuera a nadie. Tú no te podías quedar mirando, porque eso generaba desconfianza en los otros. Lo que hace que sean guardia petroriana y que sean tan unidos no era solo decir: “Es que yo soy muy leal”; había que demostrarlo. Si Adriana, por ejemplo, sabía lo que pasó ahí ¿alguna vez denunció lo que vio? Si, como dice ella, no hizo nada y todos están mintiendo ¿por qué no hizo nada con lo que sabía?”.

Entre los guardias de la DINA se creó un pacto de silencio hacia la institución. Un acuerdo de que nunca nadie hablaría de lo que pasó en los cuarteles. Sin embargo, ese pacto va más allá de protegerse entre ellos de los crímenes que cometieron, tiene que ver, sobre todo, con que lo que hicieron es algo tan horrendo que es inconfesable. Es demasiado terrible para confesarlo. Según Marco Antonio de la Parra, psiquiatra que analizó las entrevistas que le hizo Lissette a su tía, cuando ella dice que hay buenos y malos, eso revela que estaba, de alguna forma, al tanto de lo que estaba pasando. “¿En qué momento ella empezó a no saber? Esa negación es para dejar de tener dolor psíquico, el dolor mental del que ella se protege es el de la destructuración melancólica: el darse cuenta, el reconocer “he hecho un mal. Yo soy responsable. Yo soy culpable”. ¿Qué nivel de dolor tendría ella al tomar contacto con la verdad? Debería tener una depresión devastadora. El problema es que ella no ha podido ver que ya ha cruzado la frontera entre el bien y el mal, que cruzó sus propios valores y se ha violentado a sí misma: para volver atrás tenés que deprimirte”.

Lissette se da cuenta de la verdad. Tiene una película en la que su tía niega todo de lo que la acusan y, al mismo tiempo, una cantidad de voces demostrando que sí, que ella estaba ahí, que ella golpeó a comunistas, que ella vio a los secuestrados. En una de las grabaciones de El pacto de Adriana, la Chany lo dice: “La tortura existe en Chile desde que yo tengo uso de razón. Todo el mundo sabía que tenían que hacer eso y que era la única forma de quebrar a la gente. Los comunistas eran muy cerrados, tienen una formalidad militar mucho mejor que la de los militares. ¿Para qué estamos con cosas? Era necesario. Lo mismo que usaron los Nazis era una parte necesaria. Estados Unidos lo hace, en todo el mundo lo hacen, así sea callado debajo de la tierra. Es la única manera de quebrar a la gente”.

Sin embargo, la familia nunca dijo nada. Nada. “Mientras preparábamos el desayuno yo le preguntaba a mi tía cosas de la Chany de cuando ella era niña y lo que salía era un relato en primera persona. Hay un testimonio de una tía que no apareció en la película, ella me decía que mi tía Adriana le decía: “Oye mijita puede irme a sacar los cigarros de la cartera” y cuando iba mi tía y metía la mano a la cartera veía una pistola. Ese tipo de relatos me ayudaron a darme cuenta cómo mi familia normalizó tener un familiar dentro de la Dina. Nadie cuenta nada. Todos fueron sus cómplices”, cuenta Lissette.

Cinco años se demoró Lissette en terminar el documental. Ese enjambre de voces que la dejaron al borde del abismo, ella en un lado y su tía en el otro. “El momento clave fue cuando me puse a montar la película, cuando me puse a revisar todo el material que yo había vivido con ella. Cuando yo vivía no me daba cuenta de nada. Fue cuando lo vi que me di cuenta de que me humillaba, me manipulaba, me decía que amenazara a personas, me di cuenta de que me usó. Cuando me di cuenta de eso no necesité escuchar de su boca que interrogó a personas en esa época, porque bastaba con ver cómo me interrogaba a mí”.

El 4 de junio de 2014, el fiscal general de Australia presentó la solicitud de extradición ante el parlamento federal australiano. La petición estaba firmada por más de 600 chilenos residentes en ese país. “Llamo al gobierno australiano a escuchar la preocupación de quienes han firmado esta petición. Espero que el gobierno actúe con diligencia para asegurar que se haga justicia, haciendo todo lo posible para devolver a Adriana Rivas a Chile para que enfrente el juicio del que escapó”. Pero en diciembre de 2016, un fallo judicial determinó sobreseer temporal y parcialmente a Adriana Rivas, paralizando la petición de extradición.

“Esta película es la metáfora de un país que quiere saber hasta cierto punto estas cosas: hay una gran parte de Chile que no quiere saber esto y que probablemente va a negar y borrar todo lo que sea una versión diferente de su propia historia. Especialmente cuando tú trabajas con la vida privada. Con pequeñas cosas, con pequeños momentos. Acá hay un vínculo de admiración de sobrina a tía que se ve invadido por la historia de un país y, lo más importante, hay una sobrina que quiere saber la verdad. Eso es puro poder. Es dinamita”, sentencia el psiquiatra.

*Fragmento del documental El pacto de Adriana, dirigido por Lissette Orozco.

 

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