La literatura y la experiencia judía en la Segunda Guerra Mundial

Aharon Appelfeld y la búsqueda del yo herido

Odiaba que lo encasillaran como “escritor del Holocausto”. Aquí una revisión de su novela “Vía férrea” a partir de un ensayo de uno de sus más fervientes admiradores: el nobel J. M. Coetzee.

Aharon Appelfeld en 2010, en Lyon (Francia), durante una entrevista que concedió. Nació en 1932 en Bucovina (Rumania) y murió esta semana en Petaj Tikva (Israel). / AFP

Aparte de leer cualquiera de sus libros, para entender la importancia de la literatura que nos deja tras su muerte el israelí Aharon Appelfeld hay que revisar el ensayo que le dedicó el nobel de literatura 2003, el sudafricano J. M. Coetzee.

En marzo de 1998, Coetzee lo publicó primero en The New York Review of Books bajo el título “¿A dónde te apresuras?”. Se basó en la revisión de The Iron Tracks, bautizada en su versión en español como Vía férrea, una obra que refleja el impacto que para los judíos como Appelfeld supuso sobrevivir a un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Luego lo incluyó en Costas extrañas, libro de ensayos de Coetzee sobre los autores que más lo conmueven y que mejor ha estudiado.

Coetzee se fija en el narrador de esa novela: Erwin Siegelbaum (Erwin es una germanización de Aharon), “traficante de objetos religiosos, quien desde el final de la guerra ha estado viajando por la red ferroviaria austríaca”. Trabaja haciendo “una ruta circular que comienza cada primavera en Wirblbahn, el sitio del campo de trabajo donde él y su familia fueron confinados durante la guerra —un ‘lugar maldito’, ‘una herida que no sanará’— y termina veintiún paradas más tarde. Cada parada evoca recuerdos; seguir el circuito implica revivir su vida”.

Resalta el resto del argumento: “Siegelbaum visita ferias de países, comprando las reliquias sobrevivientes de la vida religiosa judía (copas, menorahs, libros antiguos), que vende a un coleccionista que eventualmente las enviará a Jerusalén. Pero sus viajes también tienen un propósito más oscuro: está tras el rastro de Nachtigel, comandante por una vez del campamento de Wirblbahn y asesino de sus padres”. Y el contexto: “Cuando estalla la guerra en 1941, los rutenos se vuelven contra los judíos. De los Siegelbaums, sólo Erwin de quince años sobrevive. Después de la guerra se encuentra en un campo de tránsito en Italia, entre cientos de miles de otras personas desplazadas. Se convierte en un contrabandista, comerciando con cigarrillos, licores y relojes, y acumula una modesta fortuna personal. Ignorando el llamado sionista para emigrar a Palestina, permanece cerca de la tumba de sus padres, siguiendo el camino de las vías de hierro, tomando el manto del judío errante”.

En ese viaje por la Austria rural plantea no sólo el odio contra los judíos, sino el dilema de la fe. “Siegelbaum mismo no tiene fe. Pero él no vive por fe: vive de deber. Su deber es ‘encontrar a los asesinos y matarlos. Mientras vivan, nuestras vidas no son vidas’”. Siegelbaum sólo encuentra al comandante Nachtigel después de 1968, cuando es un viejo sin dientes, hundido en la depresión. Le dispara por la espalda, pero eso no representa el éxito de su misión.

Primera conclusión de Coetzee: con esta novela “Appelfeld ha reconocido una profunda deuda con Kafka (a quien lee, de manera original, como un judío que, en el proceso de ser asimilado, ha perdido el núcleo de su ser y le duele recuperarlo), y sus paisajes ciertamente tienen la calidad abstracta y reducida de Kafka”.

Evidencia que su mérito personal como autor radica en que abordó el tema mientras el resto del mundo apenas lo procesaba. “Cuando comenzó a escribir a principios de la década de 1960, el Holocausto apenas figuraba como un tema en la ficción israelí. La posición pública predominante era sionista: que el Holocausto había sido predecible; que los judíos de la diáspora europea no habían logrado escapar debido a una cierta pasividad, cierta ceguera de parte de ellos; que este molde pasivo de la mente sería eliminado, entre los sobrevivientes, por las nuevas condiciones de existencia en Israel. En la medida en que Israel fue un nuevo comienzo, el Holocausto podría no tener relevancia para su futuro”.

Teniendo la autoridad moral del sobreviviente, Appelfeld superó otro factor en contra: novelar esa tragedia no era un tema bien recibido. “Combinado con este silencio público, había una sensación de que había algo indecente en describir el Holocausto, de que el tema debía estar, si no fuera del alcance del lenguaje, al menos fuera del alcance de cualquiera que no lo hubiera vivido”.

Trascendental resulta para Coetzee que esa época creativa de Appelfeld coincide con el juicio de Adolf Eichmann en 1961, un punto de quiebre: “una generación de israelíes educados bajo el sionismo comenzó a darse cuenta de que las víctimas judías del Tercer Reich no podían ser culpadas por su destino y excluidas de la historia. Desde entonces se ha producido un cambio gradual en el pensamiento, para darles un lugar más amplio en la historia de Israel, y así aceptar una concepción de una identidad israelí más ecléctica”.

Según el citado análisis, el Holocausto forzó el regreso de Appelfeld a la literatura hebrea a pesar de ser el “más europeo” de los novelistas de su generación, como Amos Oz y A.B. Yehoshua. Apoyado en el idioma hebreo -también hablaba alemán, polaco, rumano e inglés- creó “un estrecho territorio ficticio basado en su propio pasado y el de su familia”.

Coetzee enfatiza: “Appelfeld ha testificado elocuentemente sobre la lucha que enfrentó antes de poder escribir sobre sus propias experiencias de guerra. (Su madre fue asesinada por los alemanes, su padre enviado a un campo de trabajos forzados, pasó los años de la guerra deambulando por la campiña rumana con otros niños, escondiéndose, fingiendo que no era judío, llegó a Israel en 1946, a la edad de catorce años). Comenzar una nueva vida en Israel parecía requerir un esfuerzo deliberado de olvidar”.

Para superar esa barrera contra la memoria, Appelfeld vuelve de manera eficaz a su propio pasado, según Coetzee, “sólo cuando trató de volver a imaginarse a sí mismo no como un niño inteligente escondiéndose de sus perseguidores, sino como una chica aburrida e inarticulada, Tzili (novela de 1983)”. Y lo cita: “Si me hubiese mantenido fiel a los hechos, nadie me hubiera creído. Pero en el momento en que elegí [Tzili] ... eliminé ‘la historia de mi vida’ de la poderosa memoria y la entregué al laboratorio creativo”.

Entonces el nobel sudafricano ve en el escritor israelí su mayor cualidad: “La fe en el poder de la ficción para recuperar y recrear al yo herido”, “devolverle a la persona torturada su forma humana, que le fue arrebatada”. Esa es la esencia de la obra de Appelfeld, que puede ser confrontada desde otras perspectivas si se toman las obras clásicas de otros sobrevivientes del Holocausto como el italiano Primo Levi y el francés Patrick Modiano, premio nobel de literatura 2014, los dos autores de trilogías sobre el tema, o en la del húngaro Imre Kertész, nobel de literatura 2002.

El también novelista israelí Amos Oz dijo, después de enterarse de la muerte de su colega, dijo que lo más valioso de su obra es el distanciamiento para no describir cámaras de gas y a la vez dejar constancia histórica de la época que le tocó. Appelfeld rechazaba el apelativo de “escritor del Holocausto” y, en entrevista a la agencia AFP, había dicho: “No se puede ser un escritor de la muerte. La escritura supone que uno esté vivo”.

A pesar de “los poderes curativos del arte”, Coetzee cree que, a largo plazo, “la visión del alma del sobreviviente del Holocausto que obtenemos en la ficción de Appelfeld sigue siendo sombría”. Vía férrea es para él su libro “más oscuro”. “Bajo la ira que siente (Siegelbaum) hacia la red de vías férreas a la que permanece atado podemos detectar un complejo destino de la víctima: la sentencia que le condena a odiarse a sí mismo y a autocastigarse”.

Se apoya en el crítico Gershon Shaked para plantear la vigencia del mito del judío errante, “deambulando por la faz de la tierra, incapaz de alcanzar la paz de la muerte”. Y vuelve a la influencia judía de Kafka, porque los personajes de Appelfeld asumen “una sentencia de odio a sí mismo y autocastigo que, dado que es dictada por una autoridad invisible para el que sufre, no se entiende como una sentencia, pero como un destino, una paradoja digna de los Kafka de En la colonia penitenciaria”.

Queda planteada otra pregunta: ¿Cuánto influyó la literatura de Appelfeld en la de Coetzee a la hora de que el segundo procesara el drama del apartheid sudafricano en sus novelas? Una invitación a leerlos en paralelo para tomar una posición.

 

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