Al final, lo único que importa es la cultura

De alguna u otra forma, todos somos producto de la cultura que hemos construido a través de generaciones. No son las cifras o las campañas, es la cultura y nosotros mismos lo que importa al final del día.

El arte, fuente infinita de cultura, de pensamiento, creación y memoria. Getty Images

Todos nacemos de la cultura, crecemos por ella, vivimos para ella, comprendemos gracias a ella, incluso podríamos morir a causa de ella. Dicen que todo viene de la cultura, y la verdad de esta afirmación reside en las pocas o muchas ideas que nos acechan por las noches, que no nos dejan dormir, que le dan un vuelco a nuestra cabeza y nos dividen en dos con la fuerza de un rayo.

Todo proviene de la cultura y por esa razón lo que al final del día importa es ella y sólo ella. Un político en campaña enciende pasiones por unas semanas, un deportista despierta el corazón hasta el tuétano por unos días, las redes sociales nos ofrecen todo de forma inmediata para luego desaparecer sin dejar rastro, pero la cultura no sabe de cifras, de pasiones momentáneas, de mensajes inocuos con vuelos de mariposa. La cultura sabe de almas trastocadas, de personas duales con la luz y la oscuridad bailando en un vaivén. La cultura sabe que a las palabras no se las lleva el viento, sabe que son la piedra angular de toda arquitectura humana, sea un ágora, una nación o una buena charla. Sabe que estamos condenados a ella porque está hecha de mediatez.

Mediatez, mediato, mediatum. Dícese de aquello que en tiempo, lugar o grado está próximo a una cosa, mediando entre las dos. He ahí por qué hemos sido un Nerón que, entre el amor al teatro y al comercio, también degustó de la represión y de la ejecución de sus enemigos. Hemos sido aquel rey que se preocupa por ser popular entre el pueblo y ese mismo que toca la lira mientras su ciudad arde. También hemos sido las siete mujeres y los tres hombres que, por gracia de Boccacio, reunieron las cuatro virtudes cardinales, las tres virtudes teológicas y la division tripartita de nuestra alma en razón, apetito irascible y apetito concupiscible. Somos sus diez jornadas en las que, alrededor del fuego, hablaron de lo que más les agradaba, sus infortunios, sus amores, sus miedos y sus hazañas.

Somos el Pierre de Lev Tolstói que intenta acoplarse a una sociedad petesburguesa que rechaza su suerte como heredero de conde, y también somos su Anna Karenina, que deslumbra a esa misma sociedad mientras en su interior se esconde una infidelidad irrefrenable, indómita, letal. Somos el extranjero de Albert Camus, ese a quien el mundo desgarrado ha olvidado y por eso se ha convertido en una sombra sin voluntad. Somos asimismo su Sísifo, que arrastra y arrastra la roca hasta la cima sólo para que esta vuelva a caer y volvamos a llevarla una y otra, y otra… y otra vez hasta la eternidad. Somos incluso Harry Potter, que busca la felicidad en un espejo del pasado, y el Frodo Bolson que emprende el Camino del Héroe con una pesada carga alrededor de su cuello en forma de anillo, maldad y ambición.

Todos nacemos de la cultura, crecemos por ella, vivimos para ella, comprendemos gracias a ella, incluso podríamos morir a causa de ella. Somos la cita que se nos quedó prendada al corazón, el personaje que no nos podemos sacar de la cabeza, la composición musical que lleva el ritmo de nuestra vida y el cuadro que delinea nuestros más grandes sueños. Somos la subversión que la cultura concebió y construyó a su antojo y por eso es que no nos cambiará la vida la inmediatez de una campaña, una victoria o un tweet. La revolución estuvo, está y estará en ese libro eterno que no hemos sido capaces de desterrar de nuestra sala.

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Juliana Vargas / @Jvargasleal

Cultura

Al final, lo único que importa es la cultura

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