Personajes del año

Alberto Donadío: restituir el facilismo por periodismo

Hoy en día el periodismo está inmerso en conceptos de inmediatez, primicia y distracción que llevan a la desinformación. Figuras como la de Alberto Donadío hacen que volvamos la mirada hacia la esencia de este oficio: la investigación y el cuidado de las palabras.

Edwin Bustamante - El Colombiano

El mes pasado, el portal de clasesdeperiodismo.com expuso en un artículo que “la prensa existe para el bien común, no para el beneficio económico”, una frase dicha por Carl Bernstein, periodista que, junto con Bob Woodward y bajo el mando editorial de Ben Bradlee, sacó a la luz el caso Watergate: una noche de junio de 1972 fueron detenidos cinco presuntos ladrones en la sede del Partido Demócrata de Estados Unidos.

La investigación de este equipo de periodistas dio como resultado que lo de aquella noche no consistía en un robo, sino en un espionaje tramado por el comité de reelección del entonces presidente Richard Nixon.

En la década de los 70, a diferencia de The Washinghton Post, periódico en el que se gestaba dicha investigación, medios impresos como Rolling Stone, The New Yorker, Harper’s y The New York Times Magazine, direccionaron el periodismo como género literario, a través de lo que hoy se identificaría con el denominado periodismo narrativo.

Mientras, el trabajo realizado por el equipo de Bradlee revolucionó la historia del periodismo, pues fundó una nueva metodología para con éste. Se trataba, pues, de la orientación de la labor hacia una fuente principal inmersa en el acontecimiento en cuestión; un listado aparte de fuentes secundarias, asimismo, el descarte en el listado; la pertinencia de la protección de las fuentes; el rigor en el uso de las palabras y en la confirmación de los datos, y la resistencia ante la presión del poder, todo basado en la disponibilidad de tiempo para hacer periodismo.

En Colombia, antes de los años 70, el periodismo se ejercía en gran parte a punta de una “fuente oficial”, de columnas de opinión y de algunas crónicas en las que se denunciaba la desigualdad social y se le enviaba un guiño al abandono estatal. Pero -quizás inspirados en lo que ocurría en The Washington Post- para 1972, Alberto Donadío y Daniel Samper Pizano fundaron la Unidad Investigativa de El Tiempo, algo que cambió las dinámicas del periodismo en el país y que marcó a toda una generación de periodistas.

Donadío nació en Cúcuta en 1953. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes y estuvo vinculado a El Tiempo entre 1972 y 1987. En esa Unidad Investigativa sembró las primeras semillas de lo que sería una impecable y comprometida carrera periodística. Entre sus más de 20 publicaciones, todas muestran del resultado de la investigación y la ventaja de la posibilidad de tener tiempo para trabajar, se encuentran El espejismo del subsidio familiar (1985), Los hermanos del Presidente (1993), La guerra con el Perú (1995), Yo, el Fiscal (1996), La mente descarrilada (1997), El uñilargo, la corrupción del régimen de Rojas Pinilla (2003), Galvis Galvis o el carácter: cartas privadas de un hombre público (2007), Que cese el fuego: homenaje a Alfonso Reyes Echandía (2010), Guillermo Cano, el periodista, y su libreta (2011), La llave de la transparencia: el periodismo contra el secreto oficial (2012), El cartel de Interbolsa (2013), Los italianos de Cúcuta (2014). Historia de un espía ruso en Bogotá (2017).

Además, los libros Colombia nazi (1986) y El Jefe Supremo (1988), que escribió en coautoría con su esposa, la periodista Silvia Galvis (1945-2009). Alberto Donadío es muestra del entendimiento de que la razón de este oficio es el bien común, no el beneficio económico, como dijo Bernstein. De que la información no se entrega a base de lo que uno u otro personaje afirmen en un tuit. De que el cuerpo bonito para hablar de chismes no es más que una distracción injusta. De que la carroñería de la primicia en el lugar de los muertos es un acto vergonzoso de inhumanidad. De que las páginas no están para pagar favores ni para vender el buen nombre de las industrias o los políticos. De que una “foto de Hitler en Tunja” no da razón de ningún Hitler en ninguna Tunja. De que la omisión deviene en desinformación. De que no puedes pretender escribir algo que valga la pena de un día para otro, ni menos en diez minutos.

Donadío, claro está que junto a un grupo selecto de periodistas en Colombia, ha comprendido el valor de la palabra y del esfuerzo de encontrar la palabra precisa (sí, muy a lo Silvio Rodríguez), así como del casi incontable tiempo que esto requiere; ha comprendido que a ese esfuerzo no se llega sin el descubrimiento de nuevos datos y de nuevas fuentes, y de la comprobación de los mismos.

Habría que preguntarnos cuáles son los referentes de periodismo en Colombia; si está bien que sean los tops, el publirreportaje, los chismes, el artículo parco, la inmediatez y los horrores gramaticales a los que se llega por la falta de cuidado. O si mejor sería volvernos hacia aquellos pocos comprometidos que se fijan en cada palabra, que comprueban en enemil fuentes, que se toman el tiempo para redactar pues saben que en sus manos está en juego una verdad que afecta a la comunidad.

Habría que preguntarnos cuáles son los ciudadanos que queremos formar. Si unos que quieran cinco libros para creer en el amor, algún chisme para elevar la distracción, o alimentarse de la desinformación que genera la inmediatez. O si nos esforzamos por conseguir unos que puedan estar enfrente de textos llenos de datos verídicos e inclinaciones críticas, que permiten un panorama de lo que pasa y, así, de lo que podría llegar a pasar. 

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