Reseña

Alfredo Iriarte: el defensor de las historias ocultadas

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Presentamos un texto en el que se recuerda el humor y la ironía con la que Alfredo Iriarte narró cómo algunos académicos decidieron ignorar o alterar gran parte de la historia real latinoamericana.

Alfredo Iriarte fue uno de esos escritores que supo mezclar el humor y la ironía mientras iba narrando los sucesos más atroces de nuestra historia latinoamericana. Durante su carrera nunca ahorró palabras para exponer a los defensores a ultranza de la historia oficial, a esos académicos que decidían o aún lo hacen, sobre aquello que se debe y no se debe contar. En libros como Bestiario tropical, historias en contravía y Lo que lengua mortal decir no pudo, Iriarte vuelve a hechos históricos que algunos han preferido dejar de lado, no mencionarlos, recubrirlos y dejar lo que ellos consideran merece ser contado.

En su libro Lo que lengua mortal decir no pudo (1981), este cachaco recordado por ser un férreo defensor del uso del lenguaje no tiene problema en señalar que algunos académicos e historiadores han sido precisamente esos “emisores de moneda falsa” que han estado “al servicio de los poderosos”. Quizá por eso se le recuerda más en su papel de defensor del lenguaje que de historiador, porque su escritura incomoda, no deja que su lector, quien quiera que sea, pueda pasar una sola página sin sentir un poco de molestia, indignación o agrado por lo que se va narrando.

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Para el lector interesado, este libro es una recopilación de sucesos históricos que van desde la época de la Conquista hasta la caída del gobierno de Rojas Pinilla. Pero la línea argumentativa que lo recorre está muy alejada de las grandes y gloriosas gestas de los próceres de la patria ya conocidas por todos. Iriarte nos recuerda que todas las riquezas saqueadas por los españoles quedaron en manos de una nobleza con apetito insaciable, que derrochaba hasta más no poder cada pedazo de oro robado a Latinoamérica. La época de la Independencia llegó, pero no acabó con la purga, tan solo fue cambiando de manos a medida que el tiempo fue corriendo; primero fueron los grandes próceres de la patria que, por estar más interesados en ostentar el cargo de dueños del poder, fueron dejando sumido al país en ese período muy bien llamado la patria boba, posteriormente serían nuevamente los españoles, los terratenientes o las grandes multinacionales de países como Inglaterra o Estados Unidos, quienes asumirían con gran empeño el papel de verdugos de nuestro continente.

Ahora bien, Alfredo Iriarte en este libro no tiene miedo en tomar partido en un debate que hoy sigue más vivo que nunca, sin embargo, es claro en decir que no es ni investigador ni historiador, “él es un lector apasionado de historias americana y colombiana, inmunizado contra las tergiversaciones y los embustes de los académicos”. En esa medida, reafirmará a su manera que algunos se han empeñado en ocultar los hechos, en tergiversarlos con el fin de ser los dueños de la historia oficial, negando todo lo que no se parezca a ella.

Cualquiera diría que tal debate no existe, pero permítanme recordarles que hay quien aún dice que la masacre de las bananeras es un mito, que ese hecho no existió. No obstante, a esta afirmación Iriarte en su libro no solo le respondería que sí existió, sino que agrega además dos sucesos no tan mencionados por los historiadores: primero, fue José Gnecco Mozo quien le contaría a Alfredo Iriarte que destructores norteamericanos estaban listos a terminar la misión encomendada al general Cortés Vargas, en dado caso que fueran más fuertes los huelguistas que el general; segundo, que este aguerrido general tuvo que cambiar a los soldados que en principio había llevado, pues también eran costeños, lo que dificultaba que los soldados siguieran a cabalidad sus órdenes debido a que huelguistas y soldados se conocían, era familiares o parientes cercanos, suceso que hizo que Cortés Vargas se viera obligado a solicitar soldados de otras latitudes.

Seguramente a Alfredo Iriarte no le sorprendería que aún se niegue un suceso tan macabro como la masacre de las bananeras, muy posiblemente diría que es claro que quieren ocultar los hechos para así reafirmar su historia oficial, él seguiría desconfiando de los ilustres académicos e historiadores que se empeñan en tapar todo lo que no sea cercano a ellos.

Para hablar sobre la historia colombiana, sin duda alguna deberíamos volver, aunque sea un poco, a autores de la talla de Alfredo Iriarte, su humor e ironía nos van mostrando la forma en que otros se han autoproclamado dueños y señores de la historia oficial.

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Parafraseando un poco a Iriarte, diría que “la mixtificación de la historia y la alteración de la misma son una de muchas formas de oprimir a los pueblos”. Tal afirmación habría que tenerla presente en estos tiempos en que unos pocos buscan narrar la historia del conflicto armado a su manera, o más aún, no quieren reconocer que tal como la masacre de las bananeras, el conflicto armado sí existió.

La ñapa: este libro no solo responde a esos que buscan ser dueños de la historia. En este libro Alfredo Iriarte demuestra por qué El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, más que una fábula puede llegar a ser la fiel muestra de más de un dictador de nuestro continente.

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