Perfil

Alonso Aristizábal: un maestro vital, un amigo inolvidable

Homenaje al escritor, ensayista y periodista colombiano. Un relato desde la perspectiva de una de sus alumnas, que en el texto revela la personalidad de Aristizábal y su forma de ver el oficio de escribir.

Alonso Aristizábal nació en Pensilvania Caldas. Fue reconocido por su trabajo como docente, escritor y ensayista. / Archivo

Escribo desde la perspectiva de alguien que tuvo el privilegio de ser estudiante y amiga del escritor y poeta Alonso Aristizábal, manifestando de entrada que lo que diga en estas líneas será poco para exaltar su grandeza como ser humano.

Lo conocí en mi primer semestre de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional. Recuerdo bien que en una de sus primeras clases nos pidió a cada alumno que leyéramos en voz alta algunos de nuestros propios textos, sin excepción nos hizo a uno por uno todo tipo de observaciones y correcciones. La verdad, una experiencia aterradora, por lo menos para mí, porque me desbarató de principio a fin lo que yo creía que estaba impecablemente escrito. Además, de manera sorprendente, terminó haciéndonos un resumen con las temáticas abordadas, señalando, tajantemente, que ya no se debía escribir de muchos de nuestros temas elegidos. ¡Tremendo chispero de comentarios se desató!

En la siguiente clase que tuvimos, conociendo más a fondo su talante y criterio literario, de una me le acerqué cuando terminó la sesión. Necesitaba explicarle mi trama para que me diera su opinión y tener claro si mi historia valía la pena contarla. Me escuchó paciente, pero esa vez no me dijo nada, sólo me tocó dos veces el hombro y sonrío suspicazmente, se colgó la mochila y se puso su infaltable boina de pana marrón para completar su siempre elegante atuendo. Por supuesto, quedé desinflada creyendo que no le había despertado ningún interés mi proyecto narrativo.

Al otro día sacó de su mochila un libro de hojas amarillentas y me llamó por mi nombre: “Karina, quiero que leas Suburbio, de John Cheever, te lo presto con carácter devolutivo, porque estoy seguro de que la estructura de esta novela te va a servir para que puedas contar tu propia historia; me gustó mucho lo que me contaste ayer”. Yo no cabía de la dicha pensando en semejante especialidad conmigo. Después, me di cuenta de que acostumbraba a tener los mismos detalles con cada uno de sus estudiantes. No sólo prestó muchos de sus libros, también lo vi regalar algunas de sus novelas amadas. De todas las maneras posibles, quería transmitirnos su amor y pasión por la literatura. Tal era su compromiso con su grupo de estudiantes, que armaba jornadas extras en cafés cercanos a la universidad para tener más tiempo de corregir nuestros textos.

Así fuimos gestando una estrecha amistad. Pasé a los semestres finales de la Maestría, ya no hacía parte de mi grupo de docentes asignados como tutores, pero él siguió pendiente de cómo iba avanzando, dándome sin reserva secretos y recursos literarios con los que logré, airosa, terminar mi ópera prima, Las mieles de la bendición. Con ese nombre titulé mi novela y resulté nominada a tesis meritoria. Ahora comprendo bien, que Las mieles de la bendición fue realmente el valioso tiempo compartido con Alonso Aristizábal, la calidez de sus abrazos y la generosidad con que compartía todo lo suyo se han quedado para siempre conmigo. Porque, además, tampoco tuvo reparos en presentarme como nueva integrante a su querido grupo de lectura Carpe Diem, conformado hace más de 15 años bajo su sapiencia, rigor y claridad.

Nos queda su valiosa obra literaria y la delicia que significa leerlo. Termino esta nota citando un verso de su último poemario publicado:

“Hay viajes que se parecen a la muerte por sus despedidas definitivas. Los vivimos y tenemos en la mente un cúmulo de pañuelos, manos, nubes y lágrimas, como una realidad inevitable. Es porque tal vez no volvamos nunca a ver ese lugar y ese encuentro, y la persona de esa vez no existirá más que en la memoria”.

 

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